Héroes, antihéroes y criaturas inocentes

   

Aunque no sean los semidioses pretendidos por la mitología griega, los héroes existen… yo los he visto.

He visto a esos arquetipos del inconsciente colectivo que aprietan en sus puños lo mejor de nuestra cultura; con habilidades indiscutibles, con un arrojo fuera de lo común, con un ánimo abierto a la hazaña y al sacrificio.

He visto en ellos la esencia más pura de las cuatro cualidades humanas fundamentales: el altruismo, la compasión, la alegría de vivir y el equilibrio emocional.

Los he visto salvando a unas pobres criaturas inocentes de las manos de antihéroes enajenados, obtusos, antisociales y torpes, que dirigen sus vidas con brújulas morales equivocadas, que actúan con una crueldad que a veces es un medio, a veces una meta y a veces la consecuencia de su propia ignorancia.

Mis héroes no son creaciones literarias ni viven entre las bambalinas de la historia, hablo de un grupo de personas que conocí el pasado 2 de abril, con motivo del desalojo de un hacinamiento de perros, en un pueblo del extremo más occidental de la provincia de Madrid; un grupo de voluntarios de la Federación de Asociaciones Protectoras y de Defensa Animal.

En honor a la verdad debo matizar que en su abrumadora mayoría se trataba de mujeres, mujeres jóvenes y menos jóvenes, con una fortaleza y una decisión que, si por la mañana se me hacía extraordinaria, al llegar la tarde me pareció casi sobrehumana.

Cerca de ochenta perros flacos, llenos de pulgas, hartos de tener que tumbarse a descansar sobre sus propias heces, eran las víctimas que esperaban, sin saberlo, su liberación. Pero no unas víctimas sumisas y fáciles de manejar, sino unos seres feroces en su miedo, acostumbrados a la incomprensión y al abandono, cuando no al maltrato y al dolor. Animales dispuestos a defenderse por temor a ser llevados a un lugar aún peor: con más sufrimiento, con más hambre, con más suciedad, con menos ternura, con menos cariño, con menos humanidad.

Ellas, mis heroínas, entraron en los recintos con los lazos en la mano, dominando su temor al peligro, a las fauces abiertas, a los rugidos de advertencia, a las acometidas de la desesperación. Y fueron “cazando” con mano firme y el corazón lleno de ternura a aquellos perros de más de treinta kilos que saltaban por las mismísimas paredes para que les dejaran en su mundo miserable, incapaces de entender que sus cazadoras querían llevarlos a un sitio más limpio, más sano, donde iban a disfrutar de unas atenciones que jamás habían recibido.

Fueron horas de una tensión extrema, siempre rozando el peligro físico, esquivando dentelladas, montando trampas, cargando camiones… Desde las doce de la mañana a las ocho de la noche. La sed, el agotamiento. Escasamente un alto a mediodía para sacar el bocadillo. ¡Rápido y a seguir!

Cada camión lleno salía inmediatamente camino de las instalaciones de las protectoras donde esperaban veterinarios que los iban desparasitando, que les sacaban sangre para hacerles análisis y poder así valorar su estado. Allí, en aquel sitio tan limpio, con aquella gente tan cariñosa y dedicada, la finca del terror me parecía muy lejana.

Tenemos lista de espera para hacer desalojos como el de hoy” me dice una voluntaria consciente de mi asombro. “¿Y no te han mordido alguna vez?…” Se ríe. “¿Alguna?… ¡Muchas tío!; pero es igual, estamos todas vacunadas contra la rabia. Es que a veces no se puede evitar porque los pobres están asustados”.

Creo que ya no me preocupa tanto que haya mala gente por el mundo; al menos ahora sé que hay personas maravillosas que equilibran la balanza.

 Por cierto, hay un montón de fantásticos perritos mestizos deseando que alguien los mire a los ojos y les diga: “¿Te vienes a casa conmigo?”. A cambio están dispuestos a dar toda la ternura, toda la amistad, toda la compañía y toda la fidelidad que seas capaz de asimilar.

Si quieres un perro, no lo compres, adóptalo. Salvarás su vida y la del que ocupe su lugar en la residencia de la protectora. ¡Piénsatelo!

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~ por kalicom en 8 abril 2009.

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