¡Huir, luchar… o estresarse!

Si hay algo que comparten los seres vivos desde su origen es el estrés, que no es más que una reacción para defenderse de una amenaza. Los seres unicelulares que poblaron las aguas del océano en las épocas más remotas del planeta ya lo padecían, y utilizaron sus defensas para sobrevivir en aquel medio hostil y despiadado. De hecho, el estrés es un elemento básico de la evolución de las especies.

Como bien señala mi amigo el Doctor Horacio Verini, eminente especialista en la materia, el estrés es una respuesta que todo ser vivo tiene ante una circunstancia que lo puede dañar. En función de dicha amenaza                                               se prepara para una doble eventualidad, aparentemente contradictoria: “huir” o “luchar”. Se lucha si la victoria es factible y, si nuestra inferioridad es evidente, huimos. Así de lógica es la naturaleza.

Tanto si la opción es la huida como si lo es la lucha, nuestro organismo se prepara generando diversas sustancias necesarias para que, entre otras reacciones, el corazón bombee sangre a los músculos con la eficacia que precisan la carrera o el combate. Esta preparación genera una tensión que es lo que llamamos estrés.

Después de haber luchado, superando la amenaza, o de haber huido, superando igualmente la amenaza, habremos consumido las sustancias generadas y volveremos a un estado neutro, al punto base en el que nos encontrábamos antes de que apareciera el motivo de estrés. Si no luchamos ni huimos, aparecen los problemas.

Varios tipos de estrés

Existe un estrés físico, que es el que sufre el organismo en una operación quirúrgica y que es superado con las adecuadas adaptaciones fisiológicas, que representan la lucha del cuerpo por la supervivencia.

Hay igualmente un estrés ambiental, que está relacionado con los cambios que se producen en el medio que nos rodea; por ejemplo, una variación térmica de más de 10 grados produce estrés ambiental. En este tipo de estrés suelen influir también la polución, la toxicidad de las sustancias, el ruido, el exceso de radiación, los malos olores, la suciedad…

También hay un estrés psíquico, el que nos generan determinadas preocupaciones. En estos casos es frecuente que, eliminada la posibilidad de huir, tampoco se termine de materializar la lucha, con dilaciones del tipo: “Debería de hacer”, “Tendría que…”. Eso es lo que hace que el estrés psíquico sea tan dañino.

Las relaciones personales son otra fuente habitual de estrés que aparece ante la antipatía, la intransigencia, la agresividad, la exigencia o la animadversión de la gente que nos rodea en casa, en el trabajo o en la calle…

El estrés generado por una causa real y que puede ser resuelta rápidamente  no resulta demasiado peligroso. El problema surge cuando el individuo se ve sometido a un riesgo frecuente y prolongado, y falla en su capacidad para tolerar la situación o para dar respuestas eficaces, es decir luchar o huir.

Tu familia te sacó de quicio o te exigió demasiado, tu jefe te recriminó, el trafico estaba imposible, la camarera fue una antipática… ¡y tú no pudiste hacer nada!

Los humanos somos capaces de estresarnos incluso ante lo que no existe, como cuando te asustas en una película de miedo o lloras en una de amor. Es un estrés simbólico, pero en el que la adrenalina corre igualmente por nuestras venas. La ansiedad enfermiza es algo parecido: vivimos emociones negativas muy desagradables por cosas que no existen en realidad, anticipándonos a peligros potenciales: ¿Y si se cae el avión?, ¿Y si se para el ascensor?, ¿Y si me pongo malo?. De ahí a los ataques de pánico, a las fobias o a los trastornos obsesivo-compulsivos sólo hay un paso. Muchas veces sufrimos por cosas que nunca han ocurrido y que, muy probablemente, nunca ocurrirán.

Por eso es importante estar alerta y reaccionar a tiempo. El estrés no aparece por ensalmo, generalmente se va implantando poco a poco: primero, ante una situación nueva, buscamos antecedentes en la memoria sobre situaciones similares y la forma en la que la superamos; en una segunda fase, el organismo sigue a la defensiva, nos sentimos cansados, pero aún podemos recuperar el estado inicial si el factor causante cesa; en una tercera fase, vamos perdiendo capacidad defensiva, surge el estrés dañino que agota y aparecen los síntomas físicos y psíquicos de ese estrés.

Los investigadores Holmes y Rache han creado una escala de situaciones estresantes que nos ayudará a valorar nuestra propia situación de riesgo. Se trata de una lista con veintinueve sucesos ordenados de más a menos estresante. El más estresante tiene una puntuación 100 y el menos una puntuación 13. Si vas anotando los puntos correspondientes a cada suceso en los que tú te has visto envuelto en el último año, te podrás hacer una idea: si al final sumas más de 150 puntos tienes un 50% de posibilidades de padecer un estrés al que deberías prestar atención. Si superas los 300 puntos, tienes un 90% de posibilidades y debes hacer algo lo antes posible.

Veamos la lista de sucesos y sus puntuaciones: muerte del cónyuge (100), divorcio (73), separación conyugal (65), cárcel (63), muerte de familiar cercano (63), enfermedad grave (53), matrimonio (50), pérdida del empleo (47), reconciliación conyugal (45), jubilación (45), cambios en la salud de un familiar (44), embarazo (40), dificultades sexuales (39), nuevo integrante en la familia (39), cambios en el estado financiero (37), muerte de amigos íntimos (36), cambio de trabajo (35), aumento de las disputas familiares (35), desembolso importante de dinero (31), vencimiento de hipoteca o préstamo (30), problemas con la ley (29), triunfo personal (28), cónyuge que comienza o deja de trabajar (26), cambio de hábitos personales (24), problemas con los superiores (23), cambios en el trabajo (20), cambios en los hábitos de sueño (16), cambios en los hábitos dietéticos (15) y vacaciones (13).

Si sientes fatiga, palpitaciones, contracturas musculares, dolores de cabeza, ansiedad, tristeza, rabia, culpa, baja autoestima, desorientación, mala atención, sensación de incapacidad, descontrol en las adiciones, agresividad, fobias, obsesiones, dificultades en las relaciones sociales… Es muy probable que seas víctima del “distrés”, es decir, del estrés malo, del estrés dañino.

Lo mejor es que veas a un profesional, además, lleva una dieta sana y equilibrada, haz ejercicio físico no competitivo, duerme al menos ocho horas y descansa más, refuerza tus lazos afectivos y familiares, reduce el café, el alcohol y el tabaco, emplea técnicas de concentración, meditación y relajación y busca un buen masajista.

Y, finalmente, sabiendo todo esto, ayuda a que los que te rodean no tengan estrés; y si ya lo tienen, ayúdales a superarlo. 

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~ por kalicom en 12 abril 2009.

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