Transhumanismo y transgénicos

  

El mundo, con sus clones y sus células madre ya está inequívocamente inmerso en un nuevo transhumanismo que, apoyado en las tecnologías, trata de intervenir en las capacidades del hombre para corregir aquellos aspectos de su condición que son supuestamente indeseables o innecesarios, como la enfermedad, el sufrimiento, el envejecimiento y -por qué no-, la propia muerte.

Esta aspiración no es nueva: desde la antigüedad las personas han pretendido poseer cualidades superiores, trascendentes, que quedaron reflejadas en la mitología, en la magia o en la alquimia.

En la era espacial, superadas las limitaciones propias del medio terrestre y la propia gravedad, la imaginación se dispara tratando de anticiparse a las alteraciones y a las inercias naturales. 

Pero, ¿se sabe realmente cuáles serían las ventajas y los peligros en un mundo posthumano? ¿Cómo van a conciliarse los principios éticos con innovaciones de fronteras desconocidas? ¿Dónde están los límites?

La idea es buena en esencia: aplicar la razón, la ciencia y la tecnología para reducir la pobreza, las discrepancias, la malnutrición… El problema radica en el equilibrio: la naturaleza es un compromiso complejo que ha tardado millones de años en establecerse. ¿Qué ocurre cuando introducimos una variable que lo altera?

Tal es el caso de los productos transgénicos, aquellos cuyo material genético es diseñado y manipulado deliberadamente con el fin de otorgarle unas características superiores. Sus defensores apuntan que la tecnología servirá para mitigar el hambre en el mundo, para evitar enfermedades, incluso para crear seres modificados cuyos organismos cumplan un papel terapéutico.

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Pero los ecologistas, entre otros, encienden las alarmas, advirtiendo del peligro de una evolución incontrolada por efecto de los vientos, del agua y del papel portador de animales tan móviles como las aves.

Nada indica hasta ahora, años después de su aparición, que los alimentos transgénicos sean peligrosos o perjudiciales para el entorno. Muy por el contrario parecen ser muy beneficiosos para la agronomía y propician una mejora vegetal en sentido amplio.

Tengo la sensación de que estamos jugando a hacer de madre naturaleza con esta evolución de las especies a nuestro capricho, y esa es, sin duda, una alta responsabilidad.

Los transgénicos permiten producir nuevos alimentos con cualidades nutricionales más ventajosas (ya hay tomates que contienen la vacuna para la hepatitis B). Con ellos es posible mejorar la productividad y calidad de los cultivos, hacerlos más resistentes a plagas y enfermedades, más tolerantes con los herbicidas, con la salinidad… Es factible crear incluso especies capaces de extraer metales contaminantes de los suelos. Esos productos, como en el caso del maíz, admiten plaguicidas específicos y más biodegradables. Además, al posibilitar una mayor producción por metro cuadrado reducen la necesidad de deforestación, que actualmente es la mayor amenaza que pende sobre la biodiversidad mundial.

Pero no todo son bondades porque los agricultores, sabiendo que los transgénicos son resistentes a los herbicidas e insecticidas, los usan de forma excesivamente generosa, poniendo en peligro a especies colindantes no preparadas para ello. Se habla también de que los transgénicos podrían estar relacionados con la aparición de nuevas alergias, fruto de la manipulación genética que encierran.

Se especula igualmente con la posibilidad de que los pólenes de las plantas transgénicas puedan fecundar cultivos convencionales, obteniéndose de ello híbridos también transgénicos pero generados de forma espontánea, “natural”.

Hay advertencias sobre el efecto que tienen en los insectos ya que los plaguicidas específicos para estos cultivos actúan conjuntamente contra lepidópteros, coleópteros y dípteros, y ello podría afectar a la fauna accesoria del cultivo.

Lo cierto es que la irrupción de los transgénicos en el mercado de alimentos es profundamente antidemocrática, ya que incluso se oculta su origen en el etiquetado comercial, como defensa ante un rechazo generalizado a estos productos en todo el mundo.

Y no olvidemos que las mismas empresas que los crean, proveen al agricultor tanto de las plantas como de los insecticidas y de los herbicidas específicos para ellas, con lo que se establece una dependencia absoluta, un monopolio de suministro que conduce a la imposición de precios.

¿Qué dice a todo esto la Organización Mundial de la Salud? Se limita a ponderar sobre la necesidad de estudiar cada caso en particular, dada la variedad de genes insertados en formas diferentes, a señalar que estos alimentos han superado todas las evaluaciones de riesgo y a declarar que, hasta ahora, no se han constatado efectos nocivos sobre la salud humana como consecuencia de su consumo.

Puede que me preocupara menos el tema si las razones de la rápida expansión de los transgénicos fueran altruistas o meramente científicas, pero me temo que aquí pesan mucho más, como en todo, las razones mercantiles. 

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~ por kalicom en 17 abril 2009.

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