Carta abierta al Toro del Acerico

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Querido hermano mío,

 Sé que ibas andando tranquilamente por la calle y, de repente, has empezado a sentir pinchazos por todo el cuerpo. Pinchazos que te producen un dolor intenso, que te hacen sangrar. Y cuando miraste hacia los lados, viste que estabas rodeado por un populacho enloquecido que apuntaba hacia ti una especie de cerbatanas, de las que salían dardos puntiagudos que se te han ido clavando en la espalda, en las patas, en el vientre, en las mejillas, en las orejas, en la nariz, en los labios, en los ojos… Se reían y gritaban triunfantes cada vez que te acertaban en el cuerpo.

De repente te has dado cuenta de lo que estaba pasando: aunque no entiendes por qué, es evidente que quieren matarte y, además, quieren que sea poco a poco, con mucho sufrimiento, haciéndote perder la vida lentamente por cada una de las pequeñas heridas que ya se extienden por todo tu cuerpo.

Has intentado alejarte, correr, huir. Pero la muchedumbre te persigue implacable, te rodea vociferante, lanzando esos dardos que también te llegan desde los balcones, desde los portales, desde las azoteas. Algo tremendo ha debido pasar, supones, para que toda esta gente se haya vuelto loca.

La tortura se ha prolongado varias horas. Te duelen las patas de correr, la piel te hierve y notas la sangre caliente resbalando desde tus cientos de heridas. Ha llegado un momento en el que ya no podías más, en el que te ha faltado el aire, las fuerzas y el ánimo para seguir aguantando la tortura. Te has dejado caer al suelo, exangüe, incapaz de dar un paso más. Al derrumbarte, has notado aún con más intensidad los cientos de agujas clavadas que te desgarran en todas direcciones. Si pudieras hablar, que no puedes, pedirías la muerte para salir de esta pesadilla.

Te han leído el pensamiento: a tu lado alguien te mira y comenta con desprecio que estás acabado, que ya no tiene gracia el acoso, que te has rendido… ¡Mátalo, venga, mátalo!, grita un coro salvaje que no terminas de saber si está enfurecido o simplemente se divierte. Al fondo, hay hombres, mujeres y niños que gritan triunfantes: ¡Viva Coria, Viva las fiestas de San Juan!

Sí, querido amigo, eres el “Toro del Acerico”. Ya sé que hace sólo unas horas te paseabas mansamente, libre y sano por la dehesa de tu Extremadura. Pero este año te ha tocado a ti divertir a las buenas gentes de Coria, que están celebrando la llegada del solsticio de verano.

Ellos, necios y primitivos, están convencidos de que la suya es una tradición ancestral, auténtico “patrimonio cultural” que se desarrolla en un “ambiente de incertidumbre, valor y riesgo”. Pero tú y yo sabemos que aquí lo que hay es una certidumbre absoluta: vas a morir. También sabemos que no hay valor, porque en ese torbellino que ha sido la tortura de los dardos poco podías hacer salvo correr para intentar alejarte. Quizá sí sea cierto lo del riesgo, porque hubo varios tarados a los que el alcohol les infundó el valor necesario para acercarse hasta tu lomo a clavarte los dardos con la mano.

Al final te han dejado el cuerpo como el acerico de un sastre, por eso te llaman así, el Toro Acerico. ¡Qué ingeniosos!

Ya sé que es tremendo, chocante, incomprensible e inadmisible, que pase todo esto en pleno siglo XXI, pero las autoridades de Cáceres no sólo lo consienten, lo subvencionan. Más aún, todo esto que te han hecho forma parte de las “Sanjuanadas”, unas celebraciones que están declaradas de interés turístico.

No te preocupes, si se cumple la tradición ahora vendrá uno de estos salvajes con una escopeta y te rematará de un tiro en la testuz. Luego… no sé si decírtelo… probablemente te corten los testículos para reforzar su hombría y garantizar su fertilidad. Bueno, a ti ya te dará lo mismo.

Consuélate pensando que todo esto ha traído mucha gente al pueblo, gente de aquí que vive fuera y turistas. Y eso es dinerito para los de Coria; ya sabes, progreso y bienestar. Así están las cosas querido toro. Venga, descansa que ya ha pasado todo.

Los chinos, que ya eran sabios hace miles de años, tienen un proverbio que dice: “Cuando es otro el que sufre, es madera la que sufre”. 

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~ por kalicom en 26 abril 2009.

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