Se nos acaba el futuro

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El respeto, básicamente, es el reconocimiento de que algo tiene valor y, por lo tanto, es la base de toda moral y toda ética. Cuando respetas, sabes que estás haciendo las cosas bien y te sientes a gusto contigo mismo. El respeto es una actitud con la que buscas no causar daño al entorno, a los demás seres y a ti mismo. Además, es una base sólida para el entendimiento y la aceptación de la diversidad. La mentira, el engaño, la violencia, la calumnia y la intolerancia hacen nido allí donde no hay respeto.

El que respeta se mantiene en perfecto equilibrio entre el miedo y el abuso, y valora con justeza los intereses y necesidades de los demás. Respetar es sin duda una actitud inteligente porque la vida no es más que una sucesión de elecciones, y cada elección modifica el camino, cumpliéndose las más de la veces la vieja sentencia que dice: “Aquello que siembres recogerás”.

Hay quien simplemente quiere vivir sin obstáculos, pero es un comportamiento absurdo porque los obstáculos son inherentes al acto de vivir. La vida es como un río que, desde que es un manantial de montaña hasta su desembocadura en el mar, tiene que doblar recodos, hacer rodar piedras, salvar cascadas, arrastrar troncos y fertilizar las tierras que va encontrando a su paso.

La vida en comunidad, la propia amistad, necesitan imperiosamente del respeto, porque sólo con él sabemos identificar y aceptar nuestros defectos y las limitaciones ajenas, así como las propias virtudes y las de los demás.

Una faceta fundamental del respeto es la que concierne a nuestra relación con la naturaleza. En tiempos de Descartes, hace sólo cuatro siglos, los occidentales defendían que la naturaleza era algo sin vida que no merecía ninguna consideración especial. Se pensaba que los animales eran simples máquinas y que sus gritos no eran una expresión de sufrimiento sino un simple ruido. La naturaleza vista así es algo que está a nuestra disposición, un almacén del que extraer aquello que necesitamos y al que arrojar los desperdicios que ya no nos sirven. Pero hoy sabemos que esta es una idea peligrosa y absolutamente equivocada.

El respeto de la naturaleza es, en primer lugar, una cuestión de sentido común: si destruimos el entorno en el que se desarrolla la vida ponemos en peligro a todas las especies del planeta, incluida la nuestra. Por lo tanto. Más allá de la ética, cuando hablamos de respeto hablamos de supervivencia.

Pero la sociedad actual se basa en dos grandes pilares que son la producción y el consumo ilimitados. Somos adictos al consumir, queremos más cosas y más de cada cosa. ¿Y quién lo paga? En parte nosotros mismos, pero sobre todo los países pobres y la propia naturaleza, que es esquilmada sin miramientos, sin perspectiva y sin visión de futuro.

Hemos creado un modelo de sociedad tremendamente egoísta, porque no es generalizable: si todos los países del mundo tuvieran tantos coches, tantas fábricas, tantos aviones y tantas calefacciones como los más desarrollados, la atmósfera se colapsaría de forma instantánea. Por lo tanto la universalización de la riqueza es una utopía… ¡Y lo sabemos! Simplemente apartamos la vista y seguimos adelante.

Hace pocos días leía que hoy somos unos seis mil millones de personas y que en el 2050 sumaremos cerca de diez mil millones. Pero resulta que el planeta sólo está capacitado para que vivan en él de forma sostenible unos mil millones de seres humanos. ¡El desequilibrio no puede ser más tremendo!

Muchas culturas antiguas, y algunas actuales, ven el mundo como un gran organismo del que todos dependemos y con el que estamos absolutamente vinculados. Lo cierto es que no respetaremos la naturaleza hasta que aprendamos a verla así, como un ser vivo del que nosotros formamos parte mientras andamos, respiramos y hablamos.

Lo que me preocupa es que en esto del respeto al planeta hay más voluntarismo que voluntad. Tengo la sensación de que las decisiones se van dejando para mañana, de que los políticos están demasiado ocupados con el día a día, de que la mayoría de los hombres cultos y sabios ya no son líderes de opinión y de que es la inercia la que engrasa una maquinaria obsoleta que nadie se atreve a cambiar. Y alguien va a tener que hacer algo al respecto porque el tiempo se nos va consumiendo en una inexorable cuenta atrás. 

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~ por kalicom en 29 abril 2009.

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