Charlas en los confines del mundo

foto-blog-beagle2Acabo de terminar una de esas novelas que gusta leer y luego aconsejar; una de esas que te dejan la cabeza llena de detalles interesantes, de personajes increíbles, de nuevos conocimientos y, lo que es más enriquecedor, de preguntas nuevas.
El libro, que se titula “Hacia los confines del mundo”, es la primera obra de ficción del fallecido escritor londinense Harry Thompson. Se trata de un trabajo poliédrico que nos ofrece tanto un excelente retrato biográfico como un análisis social, un relato de viajes, un tratado científico y un encendido diario de enfrentamientos intelectuales entre dos hombres inteligentes.
Podría decirse que esta obra de Thompson es una suerte de juego de matrioskas, esas muñecas rusas tradicionales que encajan las unas dentro de las otras. En la parte exterior de este puzzle concéntrico está la sociedad británica de la primera mitad del siglo XIX, en plena transformación de las viejas estructuras e instituciones medievales a la luz de una revolución industrial que enriquece a la alta burguesía, hunde a los trabajadores rurales y crea un proletariado que sufre todo el peso del crecimiento salvaje, de la industrialización frenética y del expansionismo colonial.
Es una sociedad que bulle inquieta, necesitada de espacio, y dispuesta a abandonar el refugio insular para viajar a otros continentes y fundar un gran imperio; un imperio que debe estar perfectamente cartografiado para que sus barcos puedan moverse por él con seguridad y eficacia.
Dentro de esta muñeca encontramos otra que es la historia de una extraordinaria aventura naval que se inició el 27 de diciembre de 1831: el viaje del Beagle, un buque de la armada británica comisionado por el Almirantazgo para trazar las cartas costeras de la sudamericana Tierra del Fuego. Se había previsto que el viaje durara dos años, pero en realidad el Beagle tardó cinco en regresar a su puerto de origen, tras haber vivido multitud de peripecias que fueron mucho más allá de su misión inicial.
Dentro del Beagle un camarote asfixiantemente pequeño y dentro de él dos hombres excepcionales: el capitán de la nave, Robert FitzRoy, oficial de la marina desde los 19 años, que ya había cumplido los 23 en el momento de iniciarse la expedición, y Charles Darwin, un joven biólogo de 21 años que acababa de abandonar sus estudios de medicina con el ánimo de convertirse en ministro de la iglesia de Inglaterra. Ambos iban a protagonizar dos extraordinarias aventuras científicas.
FitzRoy topografió con precisión los contornos de unas tierras hasta entonces desconocidas; mientras, Darwin se adentró en el continente para reunir especimenes y constatar la diversidad de la fauna y la flora en función de las características de cada lugar, lo que le permitió comprender que la separación geográfica y las condiciones de vida implicaban desarrollos independientes y específicos de la flora y de la fauna.
De estas constataciones dedujo su teoría sobre el desarrollo de las especies, que implicaba una evolución natural. Su idea chocó frontalmente con la concepción creacionista de FitzRoy, que se sintió ofendido por las revolucionarias propuestas de su compañero de viaje.
Las discusiones, a veces agrias e incluso violentas de ambos científicos, constituyen la matrioska central de esta novela. Una divergencia de criterios que haría que lo que había llegado a ser una sincera amistad entre dos jóvenes y brillantes científicos, terminara convirtiéndole en un enfrentamiento abierto que los distanciaría para siempre.
De vuelta en Inglaterra, a FitzRoy le fueron reconocidos sus méritos, pero pronto quedó relegado a labores administrativas y, si bien llegaría a considerársele con los años como el auténtico padre de la meteorología moderna, su enfrentamiento con Darwin lo relegó a una zona ignorada y gris de su momento histórico, mientras veía como su antagonista se convertía en una celebridad científica reconocida, cuyas obras embelesaban a la sociedad de su época, trazando un marco de ideas que aún hoy siguen vigentes. FitzRoy, decepcionado, terminaría suicidándose de forma trágica.
Todo esto y mucho más es lo que cuenta “Hacia los confines del mundo”, un libro que bien es verdad que no se lee en una tarde, pero que en sus más de 800 páginas recoge de forma amena y vibrante un momento crucial del desarrollo del conocimiento humano.
De hecho, la polémica que nace en aquellas charlas en el camarote del Beagle sigue vigente. Aún hoy pervive la controversia entre la concepción evolucionista, que considera que las especies superiores se generan a partir de otras inferiores por causa de las mutaciones genéticas y de la selección natural, y la creacionista –que ha rebrotado con virulencia entre los conservadores radicales durante los últimos años-, que sostiene que el universo ha sido creado por una mente inteligente y que esa mente es Dios.
Frente a lo que muchos piensan, Darwin no es el creador del evolucionismo, que es anterior a él, pero su aportación a la concepción evolucionista del mundo natural es clave.
Después de él, importantes científicos profundizaron en el tema hasta elaborar en los años treinta lo que se denomina la “Síntesis Evolutiva Moderna”, conocida por algunos como Neodarwinismo, que consiste en la integración de la teoría de la evolución de las especies por selección natural propuesta por Darwin, la teoría genética de Mendel como base de la herencia biológica, la mutación genética aleatoria como fuente de variación y la genética de poblaciones, de esencia netamente matemática.
Ahora que se cumple el ciento cincuenta aniversario de la publicación del tratado de Darwin “El origen de las especies” (1859), es un momento más que oportuno para leerse este magnífico libro de Thompson, que podéis encontrar en la editorial Salamandra (también está ya en edición de bolsillo) y que espero que disfrutéis.

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~ por kalicom en 3 mayo 2009.

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