El mundo está plastificado

cuervo con plastico 

Están a punto de cumplirse los 150 años de la aparición en este planeta de una amplia familia de productos que conocemos con el nombre genérico de “plásticos” y que hoy nos rodean dentro y fuera de casa, integrados totalmente en nuestra vida diaria… ¿De qué es si no el ratón que estás tocando con la mano en este momento, de qué es el teclado, de qué la mayor parte de tu ordenador? ¿Y tus discos, y el enchufe fe la luz, y el bolígrafo…?

En los últimos años los plásticos han invadido materialmente la Tierra en forma de protectores para los cultivos agrícolas intensivos, de envases para bebidas y alimentos en general, bolsas de transporte, embalajes y todo tipo de objetos de uso cotidiano, hasta el punto de haber desplazado prácticamente al vidrio y a otros materiales tradicionales.

Los plásticos utilizados en una casa normal tienen un ciclo de vida muy corto y eso supone una gran pérdida de energía (la que ha hecho falta para fabricarlos) y la producción de mucho material de desecho no renovable y muy contaminante.

Pero lo que más nos debe preocupar son las inocentes bolsas de la compra, esas que te dan en el súper, que están hechas de polietileno, un derivado del petróleo. Hoy en el mundo hay en torno a un trillón de bolsas de plástico tiradas, y menos del 1% serán recicladas.

¿Dónde va a parar esa inmensa masa de plástico? A todas partes, pero fundamentalmente al mar, tras bajar por los ríos, o ser arrojada directamente por la borda de los barcos, que cada año tiran al agua ellos solos cuatro mil toneladas de plásticos. Lo cierto es que el 10% de los desechos flotantes que llegan cada año a las costas son envases y bolsas de plástico.

Las aparentemente inofensivas bolsas de la compra invaden ciudades, terrenos, ríos, lagos y mares, siendo ingeridas con frecuencia por los animales que, al captar el olor y el sabor de los alimentos que han contenido, terminan comiéndoselas, lo que les provoca oclusiones intestinales y muchas veces la muerte.

Sabido esto uno se pregunta si es que las bolsas de plástico no se degradan nunca. La respuesta es sí, y eso constituye un gravísimo problema añadido. Efectivamente, con el tiempo las bolsas se degradan por efecto de la luz, descomponiéndose en polímeros más pequeños que tienen una gran toxicidad y que penetran en los terrenos contaminando las aguas subterráneas y de superficie. Esas partículas microscópicas tóxicas pasan a formar parte también de la cadena alimenticia y su efecto es catastrófico porque actúan como un auténtico veneno. A ello se añade su acción “cepo” ya que las bolsas de plástico, con sus asas y su forma de saco, son auténticas trampas para aves, peces, tortugas y mamíferos, que mueren a millares apresados en ellas.

Mención especial merecen las planchas de arillos de plástico para empacar latas de aluminio, en las que quedan atrapadas cada año miles de aves y de tortugas. De hecho, cuando llego a casa con una de estas planchillas de aros, lo primero que hago es coger la tijera y cortarlos minuciosamente hasta que queda convertida en un montón de inofensivos flecos sueltos.

Qué se puede hacer ante esta situación tan dramática. Una buena solución es optar por las bolsas multiuso de tela como las que usaron nuestras abuelas, que sirven una y otra y otra vez. Aunque eso nos obligue a salir con la bolsa de casa, haciéndolo dejaremos de utilizar una media de seis bolsas a la semana, es decir 24 al mes, 288 al año, casi 22.200 a lo largo de nuestra vida. Y por efecto multiplicador, los 46 millones de personas que vivimos en España eliminaríamos algo más de un billón de peligrosas bolsas de plástico.

Si de verdad queremos parar este desastre hay que conseguir como mínimo que las bolsas no sean gratuitas como ya ocurre en China, que cada año ahorra 37 millones de barriles de petróleo sólo por esta decisión. Pero lo ideal es que se prohíban totalmente, como ya se hizo en Rwanda en el 2005. Países como Israel, Canadá, India, Bostwana, Kenia, Tanzania, África del Sur, Taiwán, Singapur y otros ya las han prohibido o están en curso de hacerlo.

Y con las que tenemos lo mejor es recogerlas e incinerarlas. Hace unos años la incineración no estaba bien vista porque producía emisiones tóxicas, pero los procesos se han perfeccionado y hoy contamos con filtros eficaces que permiten un buen control de la incineración. Y de paso, se puede emplear el calor resultante para procesos como el calentamiento de agua o la generación de vapor.

En general, el tratamiento de residuos se rige por la norma de las tres erres: reducir, reutilizar y reciclar. Reducir es disminuir la cantidad de residuos producidos. Reutilizar supone volver a emplearlos con el mismo propósito para el que fueron creados. Reciclar es convertirlos en materia prima para hacer otros nuevos.

Pero en el caso concreto de los plásticos, el reciclado es un proceso muy complejo porque se deben separar en la planta procesadora de acuerdo con el tipo de resinas empleadas en su fabricación, ya que si formamos un totum revolutum obtenemos un material de una calidad tan baja que no tiene utilidad industrial ni comercial.

En ese proceso de separación hay que emplear grandes cantidades de agua que luego debe ser tratada para librarla de sustancias tóxicas. Como, por otro lado, en el proceso se emplean calentadores alimentados con energía eléctrica, al final, el impacto que tiene sobre el medio ambiente el reciclado no compensa en absoluto el beneficio.

Ante estos problemas muchos abogan por los plásticos “biodegradables”, pero aquí también hay que pensárselo. Una bolsa de plástico biodegradable tirada en medio del campo tarda años y años en desaparecer, de igual manera que una cáscara de plátano tarda de uno a tres años en hacerlo.

Además, la biodegradación de los plásticos requieren unas condiciones muy especiales: microorganismos, temperatura y humedad adecuadas, y si no se procede de la forma correcta el resultado puede ser incluso más nocivo para el medio ambiente que los plásticos convencionales. Por ejemplo, si los plásticos biodegradables se entierran, producen durante su descomposición gases de efecto invernadero muy peligrosos.

A esto añadiría que la etiqueta “biodegradable” puede inducir a la gente al error de pensar que ese plástico se va a deshacer en un pispás y va a desaparecer como por milagro, con lo que quizá se dejen de respetar adecuadamente las normas de procesado de residuos.

Mi conclusión final es que la solución pasa por eliminar los plásticos en la medida de lo posible, por sacarlos del proceso de nuestra vida diaria, porque sólo así lograremos reducir su impacto en el entorno y actuaremos de una manera realmente ecológica.

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~ por kalicom en 17 mayo 2009.

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