¡La maté porque era mía!

VIOLENCIA MACHISTA-BLOGLos hombres agreden a las mujeres porque temen que el derecho de estas a la libertad, la igualdad, la independencia, la educación, el respeto ajeno y la autonomía de criterio menoscabe unos supuestos privilegios de dominio que ellos se arrogan, heredados de una educación viciada, fruto de sociedades patriarcales obsoletas, sin los que se encuentran perdidos. Cuando estas conductas se exacerban y alcanzan sus cotas más altas se producen los denominados asesinatos por violencia de género, cuya justificación se contiene en aquella vieja y esclarecedora frase popular: “La maté porque era mía”.                

Los agresores machistas son auténticos delincuentes, que actúan amparados en criterios educativos y sociales trasnochados, intolerables e injustificables.

Es demasiado simplista defender que los hombres agreden a las mujeres porque han adquirido un alto grado de independencia, de autonomía y libertad que hace que ellos vean peligrar su privilegiada posición dominante en el entramado social y familiar. La independencia de la mujer no es la causa del problema, de igual manera que su vuelta a la dependencia, a la sumisión y la docilidad no sería la solución.

Aquí de lo que se trata es de un problema de educación, una educación que enaltece la superioridad masculina, en connivencia con las religiones monoteístas en vigor.

Es cierto, por suerte, que hay muchos hombres que no practican el machismo y que abogan por la igualdad entre sexos en el sentido más amplio, pero sigue quedando una gran cantidad de “machos” convencidos de que el dominio de “su” mujer es una conducta inherente a todo hombre que se precie de tal.

Estos individuos no son más que excrecencias de la historia, dinosaurios vivientes, eslabones perdidos, que una sociedad escasamente evolucionada y pobremente educada sigue produciendo.

Ahora que se plantea el problema de los valores, habría que dejar de hablar tanto de los homosexuales y empezar a hablar más de estos machistas, porque ellos sí que son verdaderos desviados sexuales y sociales con unos valores tan trasnochados como peligrosos.

El machismo es una línea de comportamiento que tiene manifestaciones tan tempranas como la bravuconería en los colegios, donde los chicos que no son agresivos, que no se defienden y responden a la violencia con violencia son considerados despreciables y afeminados. La violencia en el mundo natural no es más que una manifestación de miedo ante el peligro, y miedo a las mujeres es lo que tienen los agresores.

En el escaparate de lo lúdico, el cine, la literatura, los comics, los juegos de ordenador, la televisión… presentan una abrumadora mayoría de héroes con comportamientos de corte militar, muy masculinizado.

El machismo es el fruto de una ideología patriarcal y de dominación que genera una visión distorsionada de la realidad. Los agresores lo que buscan es anular a la mujer, acabar con su identidad, poseerla, manejarla, disponer de ella según la tradición. Y es esa tradición la que a sus ojos justifica el maltrato. Estos son los rasgos comunes del maltratador que, por otro lado, puede tener cualquier nivel de educación, cualquier edad, cualquier estatus social, cualquier capacidad económica.

Tengamos una cosa clara: el maltratador no es un pobre enfermo, es un delincuente. Sólo tres de cada cien maltratadotes padecen realmente un trastorno mental. Lo trágico de este tema es que cualquiera puede ser un agresor. De hecho, fuera del ámbito de la pareja, el 70% de los agresores son personas perfectamente integradas en la sociedad.

Para colmo, las precauciones que se están tomando son inadecuadas: la vigilancia policial, cuando existe, se centra en la víctima y no en el maltratador, así que el agresor va donde quiere y hace lo que quiere. Lo que hay que conseguir es que se actúe de forma efectiva sobre la libertad de movimientos del agresor. Bien es cierto que eso no va a evitar muchos de los ataques mortales.

La auténtica solución, de cara al futuro, pasa por crear patrones educativos nuevos en los que ser hombre se identifique con el hecho de ser persona, no con el de ser un macho dominante. Y el caso es que no debería ser demasiado difícil, porque los primeros niveles de la educación infantil son impartidos generalmente por mujeres.

Una sólida educación mixta, basada en la igualdad, la cooperación y el respeto de las diferencias será la única manera de ir cambiando la paleta de colores de la relación entre los sexos.

Del mismo modo, en el seno familiar los padres tienen una grave responsabilidad a la hora de educar a los hijos en la tolerancia. Hoy es habitual que trabajen ambos padres y eso debe facilitar y no entorpecer una educación igualitaria.

Ni las mujeres tienen por qué asumir en solitario las tareas domésticas, ni los hombres tienen por qué ser los garantes de la solidez económica de la casa. Esa rigidez de roles es la que presiona sobre ambos y conduce muchas veces a tensiones y agresiones. El secreto quizá sea, sencillamente, compartir.

Las mujeres agredidas están pagando el precio de una sumisión que ha sobrevivido durante siglos. Hoy la mujer goza de más libertad e independencia; algo que para los integristas del machismo justifica la necesidad de aplicar un castigo. Es incomprensible, pero cierto, que muchos grupos sociales aboguen todavía porque las mujeres vuelvan a quedarse en casa, con la pata quebrada, para garantizar la integridad de la unidad familiar de acuerdo con un código de conducta que ya debería estar en los baúles de la historia, junto a la infalibilidad del Papa, la lapidación y la ablación del clítoris.

Alguna vez tendrán que darse cuenta de que ya nos regimos por un nuevo orden social que adopta como valores fundamentales la igualdad, el respeto, el amor sincero y la tolerancia. Porque todos ellos son compatibles y necesarios en una sociedad en la que hombres y mujeres sean iguales, en la que debe regir un sistema democrático de relaciones y comportamientos.

Quizá, por qué no, sirvan iniciativas como la de Brasil que está empezando a crear grupos de reflexión formados por maltratadores para que, a través del diálogo, puedan verbalizar las razones que les han llevado a esa situación y, con ello, sean capaces de adquirir pautas alternativas de relación que eviten futuras actitudes violentas. Se trata en fin de desarrollar una nueva masculinidad que no tema a la mujer sino que la respete.

El feminismo radical fue en su momento una reacción valiente ante una situación intolerable, pero ya tiene tan poco sentido como el machismo. Lo que hay que plantear hoy es un movimiento que cuestione el papel machista de los hombres, su estatus de dominio, sus estereotipos militaristas trasvasados al hogar.

Cada persona tiene que ser respetada y valorada por ser quien es y como es, y las mujeres no tienen por qué ser obligatoriamente madres o esposas para ser aceptadas por la sociedad.

Pero, de momento, hay hombres que se han fosilizado, que no aceptan, que no entienden estos cambios y que, muertos de miedo, defienden lo que les fue imbuido por su familia, su escuela, su iglesia y su sociedad, y creen que en la violencia está la solución. Que a veces, tristemente,  es la “solución final”. 

 

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~ por kalicom en 27 mayo 2009.

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