CO2: vital, mortal y negociable

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El CO2 es un elemento esencial en la ecuación de este planeta. Lo generan la quema de combustibles fósiles, la deforestación para crear superficies agrícolas y pastos ganaderos, la respiración y la descomposición; a cambio, la fotosíntesis vegetal lo consume.

En el mar también se producen muchas reacciones químicas que en su mayoría absorben CO2 y emiten oxígeno. La resultante final de este cúmulo de procesos es un aumento neto anual de un millón y medio de toneladas de CO2 en la atmósfera. Y eso no es bueno, porque el dióxido de carbono es uno de los principales inductores del efecto invernadero y del calentamiento global.

El CO2 es vital y mortal a la vez. Mortal para los animales, que no lo pueden respirar, pero vital para las plantas que lo necesitan en su proceso de fotosíntesis, en el que lo mezclan con agua para formar los azúcares que las alimentan, y del que se desprende oxígeno. Ese mismo oxígeno luego lo consumimos los animales al respirar  y nos permite quemar azúcares y lograr así la energía necesaria para vivir, exhalando CO2 como residuo. Por lo tanto, animales y plantas desarrollamos procesos contrarios y complementarios.

El problema llega cuando se rompe el equilibrio, que es lo que ha venido pasando a lo largo del siglo XX y sobre todo en las últimas décadas, en las que la concentración atmosférica de CO2 se ha disparado.

¿Por qué? La razón es obvia: antes de la Revolución Industrial, me remonto al año 1750, la concentración de CO2 en la atmósfera era de 280 partes por millón (0,028%). Ahora, a comienzos del siglo XXI ya es de 375 partes por millón (0,037%).

La medición puede variar mucho de unos años a otros, porque no sólo depende de la acción del hombre sino también de anomalías en la atmósfera y en la temperatura del suelo, del espesor de la nieve invernal o del grado de sequía que traiga el verano. En 1997, por ejemplo, el incremento se duplicó por la simple razón de que en Indonesia los incendios arrasaron un millón de hectáreas ricas en turberas tropicales de alto contenido en carbono.

Afortunadamente, sólo la mitad del CO2 que se emite a la atmósfera queda acumulado en ella ya que la fotosíntesis del plancton oceánico y de la vegetación terrestre absorben la otra mitad.

En diciembre próximo está prevista una macro reunión en Copenhague, a la que podrían acudir hasta 10.000 expertos de todo el mundo, en la que se espera alcanzar un pacto mundial que sustituya al protocolo de Kyoto. En la capital danesa nacerá una nueva ley de alcance mundial que tratará de evitar el calentamiento del planeta por culpa del CO2. Y no vendrá mal que se llegue a un acuerdo eficaz porque, según los expertos de la ONU, en los últimos 30 años han muerto no menos de 166.000 personas por causas directamente relacionadas con el incremento de las temperaturas.

Pero el CO2 no es sólo un problema científico también es un argumento comercial y un producto financiero. “Si me compras este coche, yo plantaré árboles y así compensaré lo que contamina” es lo que se llama ‘compensación voluntaria’, un negocio que mueve miles de millones de euros al año. El problema aquí no está en la fórmula sino en el control para que haya un cumplimiento real del compromiso.

En España se emiten más de 400 millones de toneladas de CO2 al año, y para compensarlas tendríamos que multiplicar por siete la superficie de nuestros bosques. Como esto es poco probable, se ha creado todo un mercado en el que uno puede pagar por lo que contamina o, dicho de otra manera, en el que uno puede comprar el derecho a emitir cierta cantidad de CO2. Se trata de algo legal, reconocido y aceptado, que incluso cotiza en bolsa.

¿Qué se hace con ese dinero que paga el contaminador? Hay distintas fórmulas como crear instalaciones generadoras de energías limpias en países en vías de desarrollo o plantar árboles, que absorben CO2.

Claro que la compensación plantando árboles tiene sus peros: sólo funciona hasta que arde el bosque y cuando el bosque se incendia emite mucho CO2 de golpe. Además, los árboles tardan tanto en crecer que es una solución para el futuro, no para el presente.

La empresa estadounidense Planktos, por poner otro ejemplo, vende bonos para fertilizar con toneladas de hierro una zona muerta del Atlántico que, con ello, registraría un crecimiento masivo de su plancton marino, que necesita consumir grandes cantidades de CO2 atmosférico para prosperar.

El sistema de compensaciones es éticamente dudoso. Es preferible “evitar” que compensar. Acepto que la contaminación es una servidumbre del mundo civilizado, pero aquí no debería valer el dinero sino la previsión, el desarrollo tecnológico, la responsabilidad social y la implantación de normativas muy restrictivas.

El nuevo protocolo sobre el cambio climático que se está gestando en Bonn y que verá la luz en Copenhague entrará en vigor en el año 2012.

Por cierto, ¿Os dais cuenta de que todo se está dejando para el 2012… es que saben algo que nosotros ignoramos?

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~ por kalicom en 6 junio 2009.

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