La fauna del gim

musculacionCasi todos los días, a última hora de la mañana, voy a un gimnasio que está dos pasos de casa. Allí trato de obrar el milagro de transmutar lo adiposo en fibroso, lo mantecoso en pétreo, lo orondo en curvilíneo.
Durante los primeros meses, los de invierno, llegaba, me ponía las zapatillas, me enchufaba los pinganillos del “Ipod” y echaba a andar canturreando; luego abdominales, aparatos, estiramientos… y a casa. La relación con el entorno se limitaba a pequeñas sonrisas de compromiso y amables movimientos de cabeza. Lo cierto es que tampoco tenía yo el resuello como para charlas sobre el sentido de la vida.
Pero al empezar el calor todo ha cambiado. Como resulta que con el bochornazo no aguanto los pínganos, me he pasado al sonido en directo: a la música ratonera de la megafonía, al desagradable ronroneo de las cintas de andar, a los penetrantes chasquidos metálicos de las pesas y las barras.
Desde la cinta de andar hacia ninguna parte he descubierto un microcosmos muy peculiar, el gimnasio.
Lo primero es el olor. Un olor mestizo, complejo y penetrante, mezcla de sudores, feromonas, polvo y aceite de las máquinas recalentadas.
Durante la media hora que paso en la cinta, buscando a 130 pasos por minuto mi juventud perdida, me convierto en una especie de voyeur. Al principio lo hacía por aburrimiento, pero ahora le cogido el gusto y trabajo como un entomólogo: clasifico, analizo, deduzco… Imagino a qué se dedica cada uno, si es casado o soltero, sus gustos, su tendencia política.
La fauna del gimnasio está integrada por cuatro especies diferentes: la más abundante es la de los vigoréxicos, que suelen ser jóvenes musculados de aspecto gorilesco, que se pasean por el recinto con los hombros echados hacia adelante y los brazos balanceándose sin control aparente. También hay alevines de esa especie –los vigorines-, chavales de menos de veinte, flacos y frágiles, que se miran con atención los bracillos después de cada serie, para comprobar si el bíceps o el tríceps ejercitado ha sufrido alguna transformación repentina. A unos y otros les encanta hacer sus ejercicios frente a los grandes espejos que cubren las paredes, como si fueran bailarinas clásicas puliendo la estética de sus movimientos.
Me dan pena, porque dentro de unos años van a tener lesiones de columna, artrosis y otros problemas derivados de los excesos que cometen ahora.
Hay una rara subespecie de vigoréxico que es el segurata, un tipo de entre 30 y 40, rapado, con cara de malote, mirada huidiza, supermusculado y que suele vestir un pantaloncillo elástico ajustado que delata unos atributos minúsculos. Eso no impide que haga los ejercicios usando siempre el peso máximo. Da miedo. Los días que viene el segurata (que intuyo que es guardaespaldas) se me quitan las ganas de estar cachas. Digo yo que debe ser por lo de la pérdida de los atributos.
Entre los hombres están también los gorditos, sudadores de camisetas con cara de perdedores. Siempre me pregunto si hay alguna posibilidad de que haya saltos evolutivos y algún gordito pueda terminar siendo un tipo musculoso.
Otra especie fundamental son las chicas, más conocidas en el vestuario como “las tías”. Unas vienen porque se han pasado un poco y quieren recuperar tipo; otras simplemente tratan de mantenerlo. Entre ellas hay diversas subespecies: las serias y displicentes, las naturales, las simpáticas, las que se lo toman con empeño y las que lucen prendas especiales para gym, que marcan con astucia las zonas esenciales del body como los muslos perfectos, el vientre con tablitas o las caderas torneadas y sin grumos.
También están las llenitas en busca de milagros, con culos excesivos, muslos celulíticos y cinturas michelínicas. Son grandes luchadoras y las admiro sinceramente.
No menos importantes son las cincuentonas, muchas de ellas con tipos aún aceptables, que se interesan vivamente por combatir la flaccidez de los tríceps y la caída inaceptada del culete.
Hay una tercera especie, cada día más abundante, los jubilados, que tras décadas de despacho, coche y sofá, tratan de recuperar un estado físico que los aleje de la rigidez articular, del infarto o la diabetes. La mayoría son prudentes y sobrios en el esfuerzo, pero siempre hay alguno que cae en las garras de un ardor juvenil anacrónico que les lleva a pasarse de pesas, de ritmo y de tiempo.
Y para completar este repaso a lo que veo desde mi cinta, la cuarta especie, la genuina, la indiscutida, la dominante… el monitor.
El monitor tiene una edad indefinida, una conversación caudalosa y un físico de lo más normal, pero las tías revolotean a su alrededor rotas en sonrisas, le cuchichean al oído, le dan achuchones cómplices.
Habla poco con los vigoréxicos, con los gordos, con los flacos y con los jubilados, porque no tiene tiempo el pobre. Las chicas, jóvenes y mayores, lo acaparan. Pero ellas saben que todo es provisional, que todo puede cambiar, porque si llega una chica mona, “la nueva”, las abandona a todas y se dedica a ella en cuerpo y alma, de aparato en aparato, de la bici a la cinta, de la elíptica a la tabla de abdominales. Nada es suficiente para la nueva un día y otro y otro.
Y cuando ya te vas a marchar y te despides casi gritándole, se vuelve con expresión ausente y te dice: “Ay sí, hasta mañana Carlos, que no te había visto…”

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~ por kalicom en 2 agosto 2009.

Una respuesta to “La fauna del gim”

  1. Hola Carlos! Me ha encantado tu “descripción” del Gim. Creo que es muy común al resto de los gimnasios de casi toda España. Me he reído mucho porque has “dibujado” a la perfección, lo que uno puede ver al entrar en uno de ellos. También me ha gustado el texto de las bolsas del Carrefour…por los dos: Chapeau!! 😉 Un saludo. R.Romero

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