Más allá de la frontera de mis sentidos

FONTERA SENTIDOS-BLOGLas viejas culturas daban por supuesto que había personas y animales capaces de comunicarse con los espíritus y con los dioses. Hoy esas ideas son tachadas de supersticiones y se rechazan por indemostrables y por alejarse del universo científico.
Presentimientos, clarividencia, telepatía, precognición. En los años veinte el médico alemán Rudolph Tischner lo denominaba “externalización de la sensibilidad”. Antes que él, muchos otros científicos ya habían manifestado sus sospechas de que existe un “sentido escondido”, lo que muchos han dado en llamar el “sexto sentido”.

Hay teorías que mantienen que la “Percepción Extrasensorial” tiene sus orígenes en algo llamado “inconsciente profundo”, y que es ahí donde se almacenan las memorias, las esperanzas y los miedos, donde se establece el contacto entre la mente y el mundo objetivo. El doctor Jung defendía que la mente consciente tiene acceso subliminal psíquico al “inconsciente colectivo”, que sería algo así como un enorme depósito que contiene toda la sabiduría y la experiencia de la raza humana.
¿Cómo se produce ese contacto? Según una teoría de la doctora neozelandesa Hilda Gertrud Heine, las células “macrófago” del tejido conectivo, los nódulos linfáticos y la médula ósea son órganos con los que el cuerpo puede establecer conexiones extrasensoriales, captando impresiones que están por debajo del umbral de percepción física normal. Pero estas células, que según ella están activas en la niñez, terminan por atrofiarse a causa de nuestra deficiente alimentación.

Y la percepción extrasensorial no es privativa de los humanos. Cualquiera que tenga un gato o un perro habrá vivido una escena parecida a esta: el animal, que está tranquilamente tumbado, cómodo y relajado, da un respingo, se pone en guardia, se le eriza el pelo, arquea el lomo, aplasta las orejas hacia atrás, se le dilatan las pupilas, tensa sus músculos, bufa o ladra y mira fijamente hacia un punto en el que nosotros no somos capaces de ver absolutamente nada.

La investigación psíquica considera la percepción extrasensorial como una especie de sentido primordial que hemos ido perdiendo o que está en evolución. En realidad se cree que todos nacemos con una capacidad, más o menos acusada, de vivir estos fenómenos y que, de hecho, prácticas como la meditación, el yoga o el uso de alucinógenos que alteran el estado de la mente potencian esa capacidad.

Lo cierto es que los chamanes, los brujos, los sacerdotes… las personas capacitadas para ponerse en contacto con los espíritus, existen desde la madrugada de la humanidad y los arqueólogos han encontrado sus inconfundibles ajuares en cuevas prehistóricas y lugares de enterramiento. Ellos llevan miles de años conectando su mente con el inconsciente colectivo mediante cánticos, percusiones o pociones, buscando respuestas y soluciones frente a la enfermedad, al miedo, o la simple curiosidad, que han acompañado al hombre en todos los lugares, en todas las épocas y en todas las culturas.
Los mensajes del inconsciente colectivo son el fondo mientras que la forma no deja de ser una interpretación de cada contexto cultural: magia, chamanismo, religión.
En la lucha del hombre contra la hostilidad de la naturaleza, las experiencias de percepción extrasensorial han supuesto, como mínimo, un gran apoyo psicológico, ayudándole a conjurar los temores e infundiéndole valor para progresar y sobrevivir.

Anteayer falleció la madre de un buen amigo, cuyo perrito permaneció en casa al cuidado de una de sus hijas durante sus últimos días en el hospital. Según me ha contado, la misma noche en que murió su madre, a la hora precisa en la que ocurrió, el animalito empezó a aullar desconsoladamente.
No sé si fue casualidad, si lloraba simplemente porque se encontraba solo, pero me gustaría creer que realmente fue capaz de percibir que su dueña lo había dejado definitivamente. Me fascina pensar que pueda haber un mundo más allá de lo tangible, una dimensión en la que se conserven tantas sensaciones, tantos sentimientos, tanto amor, tantos sufrimientos, tantos desvelos, tantos esfuerzos, tanto conocimiento.
Me molesta la idea, aunque la lógica lo defienda ante mi yo fabulador, de que toda una vida pare en nada y nada quede de ella. Creo que me apetece seguir pensando que puede que haya algo ahí afuera que mis sentidos me ocultan, de momento.

(Dedicado a Miguel)

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~ por kalicom en 12 septiembre 2009.

Una respuesta to “Más allá de la frontera de mis sentidos”

  1. Es curiosa la idea que lo mágico (o chamánico o místico) hace surgir a veces acerca de un mundo “más allá”, de un algo trascendente. Demasiado a menudo se convierte en una esperanza como de muerte, que pretende dejar atrás este mundo. Pero aparte de eso creo que no es sostenible considerar la existencia de algo más allá. Y no lo digo porque no pudiera estar ladrando aquel perro, sino porque el que ladrase implicaría mecanismos de la naturaleza que desconocemos, pero que estando dentro de ella podrían ser descubiertos algún día por nuestra ciencia; es decir, que pertenecen a este mundo y no a otro.
    En la tradición mágica occidental es más habitual encontrar la idea de que no hay nada ajeno a la “naturaleza”, que no hay nada más allá porque si existiera automáticamente estaría en nuestro más acá: si acaso hay cosas que nos cuesta captar, o que no entendemos, o que no hemos experimentado, pero eso no las hace residir en un dominio literalmente trascendente. Por ejemplo la cuestión de “Dios”: para la tradición mágica occidental si lo encontrásemos al final de la vida habría que cuidarse de que no fuera nuestra mente fabricando lo real acorde a nuestras expectativas, “libres” del sustrato material que tanto odia el cristianismo pero muy posiblemente esclavas de otros sustratos sometidos a nuestras creencias y miedos. Bromeaba Terry Pratchett con que hay que disparar a los misioneros en cuanto se los ve, porque quien no ha oído hablar del infierno no acaba en él.
    La idea en esta magia/mística occidental es una de desenmascarar el gozo en la vida (al contrario que el sufrimiento que predican cristianismo, budismo, etcétera), batalla continua donde las derrotas hacen valorar las victorias, y triunfo en la muerte. La vida es concebida más como una guerra a librar, en una concepción un tanto “vikinga”, y no como una carga que arrastrar. Así, si nos encontramos separados del resto del universo es por el gozo y el éxtasis de la unión. Escribe por ejemplo Aleister Crowley, “pues me encuentro dividido por y para el amor, por la oportunidad de la unión. Esta es la creación del mundo, que el dolor de la división es como nada, y el gozo de la disolución es todo”.
    En todo caso, mi experiencia al respecto -aún si escasa y sujeta a cambios, como no podría ser de otra manera, pues la realidad es una cosa extremadamente rara en su forma de comportarse- resulta en que esa experiencia que nuestros toscos antepasados llamaron burdamente “Dios” no es nada trascendente sino más bien una Vida que lo impregna todo, y que por lo tanto también soy yo, y eres tú. Se decía antiguamente que “todo es mente”, y esa es una afirmación bastante coherente con la experiencia de como funciona esa Vida inmanente a toda la realidad: lo “divino”, lo “sublime”, no es algo que esté más allá mientras que este mundo está muerto, sino al contrario, está aquí y ahora, en la materia, entre las líneas.
    Por supuesto, el único objetivo de la religión organizada es alejarte de eso. Quiero decir, mira lo vacías que están las iglesias. No es que no haya gente, que cada vez hay menos, es que tampoco hay dioses en ellas. Los matan enviándolos a otras vidas y a estúpidos paraísos, y nombran como mediadores a unos sacerdotes que en realidad sólo opacan la experiencia del mundo vivo. Son una estructura que sólo se interpone entre el hombre y la vida, unos curas que olvidaron de qué trataba lo suyo: que jamás han visto dioses más que interpretando torpemente un libro polvoriento escrito para pastores de hace dos mil años.

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