Aquel noviembre que fue primavera (ficción)

PRIMAVERA-BLOG

Nadie habría dicho que era noviembre, porque los árboles seguían estando llenos de hojas verdes, agitadas por pájaros cantarines que trinaban historias primaverales.
El sol, que en esa época solía volverse perezoso y distante, calentaba con una furia propia del verano. Cuando llovía lo hacía a chaparrones intensos y cortos, la gente no sabía con qué ropa salir a la calle, y el cielo y el calendario no acababan de ponerse de acuerdo.
Los meteorólogos andaban preocupados porque se generalizaba el rumor de que iban dando palos de ciego, y lo cierto es que aquello superaba sus conocimientos y su experiencia. Cuando trataban de congeniar las estadísticas, las imágenes de los satélites y los datos llegados de las estaciones de muestreo, obtenían un batiburrillo que estaba fuera de toda lógica.
Mi gata, que con la mejor intención ya había echado su pelo de invierno, no soportaba que la cogiese en brazos y andaba como loca buscando sombras y rincones frescos.
Y el caso es que agosto había sido más bien corto y septiembre rodó de forma previsible, pero no ocurrió lo mismo con octubre, que resultó una especie de año resumido con sus cuatro estaciones: empezó suave y templado como una primavera, siguió con unos días tórridos típicamente caniculares, pasó al agradable frescor de un otoño húmedo y cerró con una nevada de treinta centímetros acompañada de estornudos y tiriteras.
Para entonces ya no dudábamos de que algo andaba mal y nos pasábamos el día mirando hacia arriba, intentando leer en las nubes y en los tonos de azul del cielo, como el que trata de descifrar los misterios del universo en los posos del café.
El tiempo se convirtió en tema único de conversación y todos andábamos desempolvando a nuestros abuelos para ver si recordaban algo parecido. Sólo hubo un señor muy mayor que dijo que sí, que él se acordaba de otro noviembre como aquel, pero pronto terciaron su mujer y sus hijos y aclararon que el buen hombre andaba de la memoria tan mal como de la mayoría de sus demás órganos y eso lo llevaba a fantasear sobre los temas más diversos.
Como corría el año 2006, los numerólogos hicieron ver a la población que la suma de los dígitos daba ocho, numero mágico donde los haya, y alguno se atrevió incluso a predecir la llegada de grandes desgracias antes de que el año se despidiera.
Vaticinios aparte, lo que sí es cierto es que todos íbamos por la calle con los biorritmos alterados y eso afectaba a cada uno de una manera particular y distinta. Yo me sentía relajado y lleno de energía, pero mi madre estaba irritada y exigía más seriedad al termómetro, insistiendo en que ya era tiempo de estrenar un chaquetón precioso que se había comprado en las rebajas de julio y que de momento le resultaba imposible ponerse.
Las aves migratorias andaban como zombis por los parques, los campos y los lagos. Estaban delgadas y apenas podían graznar porque en quince días se habían hecho dos veces el trayecto de ida y vuelta a sus cuarteles de invierno.
La situación acabó siendo tan caótica que el Consejo Municipal convocó una reunión extraordinaria a la que se citó a las fuerzas vivas en pleno y a la que se permitió la asistencia de los ciudadanos, si bien en calidad de espectadores.
Abrió la sesión el señor alcalde, que quería saber si aquello iba a durar porque los servicios de mantenimiento le acosaban con preguntas incontestables como si tenían que preparar sal para las heladas o estiércol para abonar el césped.
El cura apuntaba que desde San Blas las cigüeñas se habían aposentado en el campanario y no parecían tener intención de abandonarlo, lo que estaba creando graves problemas de higiene por tanto como obraban los animalitos sobre el techo de la iglesia y sus alrededores. Cuando terminó su intervención hubo murmullos de desaprobación por lo escasamente trascendente de sus comentarios.
La presidenta de la asociación de damas defensoras de la honestidad, la moral y las buenas costumbres, enrojeció al plantear el problema que causaba la persistencia de un clima tan primaveral, que tenía alterada a la juventud y en general a los hombres de todas las edades, por lo que solicitaba una solución inmediata para que el pueblo recuperara tanto la normalidad climática como ética. Interpelada por el doctor, que intentó hacerle ver que el clima no era un tema que pudiera regularse a golpe de disposición municipal, arremetió contra éste, tachándolo de liberal y descreído, rematando su intervención con un “…y ya me gustaría a mí saber por qué sigue usted soltero a su edad”.
Terció don Timoteo, el maestro, que adoptó una posición netamente científica y, entre bostezos del respetable, trató de exponer su teoría sobre el deterioro generalizado del clima como consecuencia del calentamiento de la biosfera y la creciente incidencia de las manchas solares.
Siguieron las intervenciones del jefe de policía, del jefe de bomberos, del farmacéutico y de un catedrático jubilado cuya opinión siempre era recibida con respeto, pero que se perdió en una disquisición absurda sobre las ideas de Eratóstenes de Cirene en relación al clima y sobre la particularidad topoclimática del momento que vivía el pueblo, indicando que había que buscar el origen de ésta en alguna actividad ilegal e incontrolada que sin duda se estaba desarrollando en el término municipal.
Este comentario marcó un punto de inflexión en el desarrollo de la reunión ya que el público de la grada rompió la disciplina y, de forma tumultuaria y descontrolada, exigió intervenir y opinar, llenándose la sala de gritos incomprensibles que obligaron a cerrar la sesión con intervención de la fuerza pública.
Esa misma noche cambió el tiempo, empezó el fresquito y todo volvió a la normalidad. Nunca se ha sabido por qué aquel noviembre fue primavera, pero se han construido miles de teorías al respecto. ¿Sabéis cuál es la mía? Que el tiempo está un poco loco, simplemente eso.

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~ por kalicom en 15 septiembre 2009.

Una respuesta to “Aquel noviembre que fue primavera (ficción)”

  1. …más raro fue aquel verano
    que no paró de nevar
    (Joaquín Sabina)

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