¿La higiene de los bares hace que seamos más resistentes a las enfermedades?

HIGIENE BARES-BLOGEste país ha mejorado muchísimo en lo que a higiene se refiere, pero los bares siguen estando a eones de lo que sería deseable. No digo todos, pero sí demasiados. Cuando voy al servicio en uno de ellos se me plantean ciertas dudas: ¿Es mucho pedir que no tengan el suelo encharcado de forma sistemática? ¿Es mucho pedir que en el soporte del rollo haya rollo y en la jabonera jabón? ¿Tan compleja y delicada resulta la tecnología de los seca manos de aire caliente para que casi siempre estén averiados?

Por cierto, probablemente sea torpeza mía, pero hay un tipo de secador que funciona sólo cuando le acercas las manos. La idea parece buena de cara a economizar energía, pero en la práctica es un desastre porque en la mayoría soy incapaz de saber dónde demonios se supone que tengo que colocar las manos para que se pongan en marcha. En el mejor de los casos hacen un amago y vuelven a pararse. El problema está en que si, después de mil aproximaciones, localizas el sitio exacto en el que el ingenio funciona, te tienes que quedar ahí, paralizado. Pero entonces te abrasas y el lado instintivo de tu cerebro le dice a los músculos de tu brazo que la mano se te está churruscando y que más vale que la muevas; y cuando la mueves… el chorro se para.

Finalmente, aguzas el ingenio y decides cambiar de táctica y secar tus achicharradas aunque todavía húmedas manos con el rollo del water. Pero claro, compruebas que esa iniciativa maravillosa ya la han tenido veinte personas antes que tú, y que lo único que queda del rollo anhelado es el canuto marrón y un montón de papel mojado amontonando en el suelo al lado de la taza. Porque como se supone que te vas a secar con el secador de aire, a nadie se le ha ocurrido poner una papelera.
Digo yo que si el señor del bar cuando va por la noche a adecentar el servicio se encuentra sistemáticamente el papel higiénico tirado allí, debería deducir que su secador no marcha o, si no es capaz de hacer deducciones tan complejas, al menos debería gastarse dos euros en una papelera para que la gente pueda tirar el papel higiénico… ¡Pues no!
Al final ves salir del baño a los clientes secándose las manos en la ropa, procurando hacerlo por los lados para no ir por ahí con goterones en zonas que dan más apuro.

Otro tema con enjundia es el de la barra, siempre húmeda de líquidos desconocidos, con tazas, vasos, copas, platos y cubiertos de los que estuvieron antes, con servilletas arrugadas que limpiaron otras bocas y palillos que hurgaron en otras dentaduras… ¡Hermoso espectáculo!
Entonces tú, cuando pasa un rato y ninguno de los profesionales que hay al otro lado de la barra parece tener intención de retirar todo aquello, empiezas a dar empujoncitos a las cosas con dos dedos y pones cara de “Quítame esto de aquí”. Si tienes suerte, un camarero que te mira como si lo hubieras ofendido y con un tono de voz acorde, te pregunta “¿Qué va a ser?”. Y tú, que querrías decirle: “Va ser que soy inspector de Sanidad y que se te va a caer el pelo”, te oyes claudicando con un “Uno con leche y un cruasán”, mientras miras las tazas con manchas de carmín, los restos de cerveza sin espuma, los platos de aperitivo arrasados y el resto de la parafernalia.
Por fin lo retiran todo, haciendo un ruido que te suena a huelga activa, y vienen con un paño tan húmedo como renegrido que pasan por la barra con violencia, tirándote encima todas las migas. Cuando termina, aquello huele a humedad recocida y tú sigues sin poder apoyarte porque está todo pestilentemente mojado, así que optas por coger dos o tres servilletas de papel, las juntas y las pasas con la minuciosidad de un cirujano por donde antes lo hizo el paño infecto. Para entonces el camarero te está fusilando con una mirada de artista ofendido que no augura nada bueno. Al terminar de pulir la barra con las servilletas miras buscando una papelera. ¡Vana ilusión!; en su lugar hay una capa de varios centímetros formada por cáscaras de gamba, servilletas, palillos, huesos de aceituna, colillas, sobres de azúcar y serrín. Sí, serrín, porque como esto de tirar todo al suelo es una tradición, el del bar pone serrín para que empape y luego sea más fácil barrerlo todo.
En ocasiones he coincidido con la hora en la que las normas higiénicas de la casa aconsejan pasar la escoba por el estercolero de la barra. Entonces el camarero viene como un quitanieves arreando la montaña de inmundicias y tú, si eres prudente, te apartas para facilitar la tarea, durante la cual se detienen las conversaciones y todos dejan de comer y de beber. Naturalmente el camarero procura dejar siempre un cierto rastro de suciedad para que la gente sepa que ése y no otro es el sitio de tirar todo lo que no sea vajilla o cubertería.

Después de vivir todos esos momentos maravillosos, siempre me planteo qué pasará dentro, en la cocina, y en el almacén, y en la cámara. Esos sitios que no fiscaliza la mirada del cliente. ¿Qué floras y faunas podríamos encontrar? ¿Tendrán los productos unas fechas de caducidad dignas de ser analizadas por arqueólogos gastronómicos?

Supongo que lo que hay que hacer es ver el lado positivo de todo esto: considerando que en España hay unos cien mil bares y que demasiados de ellos responden al perfil de higiene que he apuntado, estamos expuestos a tal cantidad de patógenos que seguramente nuestro sistema inmunitario debe ser ya de una eficiencia realmente pasmosa.

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~ por kalicom en 23 septiembre 2009.

2 comentarios to “¿La higiene de los bares hace que seamos más resistentes a las enfermedades?”

  1. La mayoría de veces tiene la culpa el cliente, que deja todo echo una mierda.

  2. que asco me dan algunos bares cuyas cristaleras están llenas de mugres, buaaaaaa, que asco.

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