Los “ejecutores” de la música callejera

MUSICO CALLEJERO CON SEÑAL-BLOG-'

El músico callejero es un clásico. Siempre ha habido hombres y mujeres que se instalan en sitios de paso para entretener a los transeúntes a cambio de unas monedas. En su repertorio dominan viejas melodías muy conocidas que hasta el público con menos oído es capaz de tararear.
Desde los trovadores que tañían laúdes y zanfoñas en las plazas y mercados de la Edad Media a los organilleros que atemperaban con su manivela los compases de un chotis o un pasodoble en tiempos de nuestras abuelas, la calle ha tenido siempre a sus músicos. Gente discreta, paciente y agradecida, curtida por el calor, el viento y la lluvia; gente bohemia, como aquellas familias de zíngaros que montaban su performance de la cabra escaladora al son de una trompeta afónica y una pandereta que luego servía para recoger las voluntades del distinguido público que se paraba a admirar la maestría del animalito.

Con la llegada de la música envasada y la disolución de las orquestas de toda la vida, cientos de profesionales se quedaron en paro y muchos buscaron en las aceras lo que les negaban las salas de baile, las bodas y las romerías. Aterra pensar que aquellos profesores tuvieran que conocer la vida perra de la calle y cambiar a Vivaldi por Paquito el Chocolatero.
Luego llegó una generación de jóvenes que habían conocido el éxito de los Beatles y los Rolling y que, convencidos de su arte, cambiaron la oficina por el túnel del metro. Muchos son gente de talento que derrochan vitalidad en brazos del jazz o el rock, soñando con un cazador de talentos musicales que un día, por casualidad, decida cambiar el BMW por el suburbano y se tope con ellos.
Con la inmigración latina desembarcaron en nuestras aceras la música andina, las rancheras y los tangos, generalmente interpretados en grupo y muy celebrados por los paseantes, que hacían hueco en su trajín para escuchar y relajarse.
La calidad de los músicos callejeros era desigual pero aceptable y hasta los ayuntamientos y otros organismos empezaron a considerar a estos artistas, ofreciéndoles la oportunidad de protagonizar encuentros como el Musikale del País Vasco o las veladas en el Círculo de Bellas Artes madrileño. Unas iniciativas que reflejan cierta tendencia mundial a investir de dignidad profesional de estos sin techo de la música.

Pero de repente a Europa le empezaron a apretar las fronteras y decidió expandirse, incorporándose nuevos territorios salidos del rastrillo de la antigua Unión Soviética. Ahí empezó todo. De la noche a la mañana, miles de personas que vivían en la pobreza, la incultura y la persecución tenían ante sus ojos “el dorado” europeo: Alemania, Italia, Francia, España, Holanda, Bélgica… Venían por autobuses, por trenes completos, huyendo hacia delante. El problema es que muchos practicaban una cultura de la mendicidad que los condenaba a ser marginales, que impedía su integración. Invadieron los semáforos y las aceras, nos enseñaron miembros amputados o infectados y silenciosos bebés reclamo de mirada ausente como recurso para dar más pena a los que la autoridad terminó por prohibir la estancia en las calles.
La invasión fue tal que alcanzó su masa crítica y el rechazo social resultó inevitable, produciéndose incluso escenas violentas. Pero si algo enseña la vida de la calle es a adaptarse, así que muchos de los que antes embadurnaban parabrisas en los semáforos o se sentaban en el suelo entonando salmodias lastimeras, decidieron reciclarse y subir un peldaño en la escala social convirtiéndose en… músicos callejeros.
Dicho y hecho, unos desempolvaron el saxofón o el acordeón del abuelo, otros los compraron en mercadillos de viejo y, tras unos pocos días de ensayo, se buscaron una zona de paso concurrida y empezaron a tocar.

Cuando apareció el primer “saxofonista autista” por el barrio me dio pena. Al fin y al cabo el hombre sólo quería ganarse una perras decentemente. Escuchar las incoherencias sonoras -que no musicales- que salían de aquel fuelle me generaba un sentimiento que estaba más cerca de la ternura que de otra cosa.
Pero con el paso de los meses llegó también un violinista que “ejecuta” obras irreconocibles, y varios acordeonistas que quizá deberían plantearse el paso al triángulo, a la pandereta, al tambor o a cualquier otro instrumento más sencillito.
Sus acordeones parecen asmáticos bipolares que tratan de interpretar varias canciones distintas al mismo tiempo y que laten con una arritmia que pasa del tres por cuatro al dos por ocho sin romper ni manchar la inexistente partitura.
Cuando paso junto a alguno de ellos, cosa inevitable porque ya hay cerca de media docena repartidos por el entorno, no puedo evitar cierta irritación en la zona de mi cerebro donde viven la armonía, el ritmo y la coherencia del tono, la intensidad, la duración y el timbre, y acelero el paso para alejarme lo antes posible, pidiéndole a Apolo, dios de la música y de las bellas artes, que aquel hombre pare un momento para echarse un cigarrito mientras me alejo.

Creo que los ayuntamientos están moralmente obligados, por el buen equilibrio mental de los ciudadanos, a exigir a los músicos callejeros –como ya lo ha hecho París a los suyos que quieren tocar en el metro- un mínimo de calidad. Otra solución podría ser que se montaran cursillos de saxo y acordeón para acabar con esta tortura.
Y el problema no es sólo español, toda Europa esta desesperada con estos diletantes que te machacan los oídos cuando estás en una terraza intentando charlar, relajarte y tomar algo. En la ciudad holandesa de Haarlem han inventado incluso una señal de prohibición para alejarlos que aparece en la foto con la que ilustro este comentario.

Por cierto, la semana pasada apareció un nuevo acordeonista que se ha colocado justo enfrente de casa. Este sí, éste toca de maravilla y además tiene sentido del humor porque el lunes lo escuché jalear con unos compases de Cavallería Rusticana a un chaval que pasó a su lado haciendo footing. Hoy he tenido el gusto de darle unas monedas y el hombre se levantó de la silla en un gesto de educación y, sin dejar de tocar, me soltó un “Muchas gracias caballero” que me esponjó el corazón y me recordó cómo era esto antes de que llegaran los “ejecutores”.

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~ por kalicom en 27 septiembre 2009.

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