La pesca con caña no es tecnología

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Cuando yo era pequeño, me refiero a cuando tenía once o doce años, los domingos eran días de aventura. Todo empezaba con un obligado madrugón, porque entre Madrid y el pantano de San Juan, nuestro sempiterno destino, había unos ochenta kilómetros, y eso suponía todo un reto para el Seat 600 de espantoso color carne –te tocaba el que te tocaba- cuyo radiador solía exigir mantenimiento a medio trayecto, asfixiado por el peso de los cuatro ocupantes.

Nos hacinábamos con la alegría y resignación propias de aquellos años sesenta en los que arrancaba la gran recuperación económica española, en los que sólo unos pocos sabían lo que era el lujo y la mayoría del país entendía mejor conceptos como ahorro, subsistencia, economía o “estirar la paga”.
Una vez en carretera el aire acondicionado era el que entraba por las ventanillas a 80 kilómetros por hora. En San Martín de Valdeiglesias, último núcleo civilizado antes de llegar a los pinares que rodean el pantano, parábamos a comprar pan de pueblo y algo de fruta. La comida no, porque esa se hacía en casa: maravillosas tortillas de patatas, espléndidos filetes empanados, bocadillos de chorizo o de jamón. El agua, el vino y la casera los llevábamos fresquitos en la nevera portátil, gracias a un tolondro de hielo que se había moldeado en la cazuela que mi padre metía el día antes en el congelador.

Mi Seat 600 era de este color

Mi Seat 600 era de este color

Cuando por fin llegábamos, la adrenalina me tamborileaba en el pecho porque afloraban viejos atavismos: el instinto cazador y el instinto pescador.
El primero se limitaba a la caza lagartijas con la escopeta de perdigones, para lo que mi código de honor respetaba la ecológica y caballerosa ventaja de no disparar si el animalito estaba tranquilo tomando el sol en la piedra, así que primero lo asustaba y, cuando trepaba frenéticamente buscando un escondite, el depredador que había en mí intentaba acertarle con uno de aquellos balines de plomo del cinco y medio. Doy fe de que no era fácil y de que las más de las veces volvía el cazador sin su ansiada presa.
Mientras andaba de montería, mis padres habían sacado la mesa plegable, las sillas y demás aperos; todo necesariamente pequeño porque el maletero del coche lo era en grado sumo.

Luego nos bajábamos a la orilla, a alguna de las playitas atestadas y nos dábamos un baño que no dejaba de tener su peligro porque allí en cuanto te descuidabas ya no hacías pie.
Cumplido el rito subía corriendo al coche a montar mi caña de bambú de tres tramos, con su hilo, la veleta, los plomos y un par de anzuelos. Era mi “kit” de pescador, con el que bajaba de nuevo al agua triscando por las piedras. ¿El cebo?, un trozo de pan –de la parte de la molla- que mojaba muy levemente y con el que iba haciendo pelotillas que amasaba en torno al pequeño anzuelo.
El carrete era innecesario porque ataba el hilo al primer aro de la caña de manera que el aparejo me quedara a la altura de las manos. Así, todo consistía en balancear la caña hacia delante para depositar el cebo en el agua y hacerlo hacia atrás cuando la veleta anunciaba una captura.
Para mí eran momentos mágicos. Me quedaba paralizado mirando el agua, que era como una especie de “Stargate” tras la que se ocultaba un mundo misterioso habitado por seres que respiraban agua y comían mosquitos y gusanos. Realmente la superficie sobre la que flotaba mi veleta, que estaba mitad aquí, mitad en aquella otra dimensión, era una frontera peligrosa que marcaba los límites entre la vida y la muerte, tanto para ellos, los peces, como para mí. Y yo vigilaba sin parpadear aquel corcho colorado, porque hasta sus movimientos más sutiles eran un idioma perfectamente inteligible para mí, un idioma que me permitía distinguir si el pez que andaba rondando era una carpa, un barbo o una boga, si sólo estaba probando mi bolita de candeal o si esta a punto de zampársela.

En aquellos años las actividades humanas eran sostenibles y aún no se había inventado el concepto de “pezqueñines”, cualquier captura era digna de ser transportada con aire triunfal al campamento montado junto al 600. Allí mi padre teatralizaba con cariño un “qué barbaridad”, mientras que mi madre, mucho más práctica, preguntaba aquello de “les habrás quitado las tripas para que no huelan”. Cuando volvíamos a casa, ella sabía que me tenía que freír los tres o cuatro pececillos atrapados, que me sabían gloria.

pesca_BLOGAyer me fui “de pesca” con unos amigos. Pescar no pescamos, pero me enteré de que en este país hay 59 especies de las que 21 han sido introducidas desde otras “Stargates” de América del Sur, de Europa o incluso de ecosistemas españoles extraños, y que eso está destrozando la vida en nuestros ríos y lagos. Les escuche hablar de pesca sostenible, de pesca responsable y de bajo impacto, de fluctuaciones medioambientales y de estrés de los medios acuáticos, de conservación y ordenación. Mientras miraban sus veletas, comparaban las cañas de fibra de vidrio con las de fibra de carbono, cada una con su resistencia y coeficiente de flexibilidad.
Y pensé que no, que eso no es la pesca, que la pesca no es tecnología. La pesca es un sencillo juego de astucia, atención y paciencia, un juego tranquilo con un puntito de azar que hace que un novato, con la caña más cutre, pueda sacar la mejor pieza, pero en el que hay mucho que aprender de los viejos, porque la pesca también es un arte.
La profundidad y la temperatura del agua, el viento, la incidencia de la luz, los ciclos lunares, la hora del día, las corrientes que se ocultan bajo una superficie aparentemente tranquila. Cosas naturales, sencillas, reales… Eso es la pesca.
A estas alturas no voy a usar una vieja caña de bambú de tres piezas, pero sigo guardando en el corazón la esencia de aquella aventura sencilla e hipnótica que era pescar con bolitas de pan.

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~ por kalicom en 19 octubre 2009.

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