De vuelta a la caverna

Cómo estará la cosa que hasta Obama ha pedido que para vestir de Navidad la Casa Blanca se empleen adornos reciclados. La crisis está echando unas raíces gruesas y profundas y nos va a costar mucho arrancarla.
Dice la experiencia que las vacas gordas y las flacas se suceden en el proceso eternamente ondulatorio de la historia. Lo que pasa es que hoy vivimos en un mundo de onda corta en el que lo bueno y lo malo se atropellan y se entremezclan de tal manera que es difícil determinar la realidad de cada ciclo.
De cualquier forma, no es necesario ser un experto para saber que estamos en la zona más profunda de la onda y que, de momento, carecemos de la inercia necesaria para remontar.

En la foto robot esta sociedad no sale muy favorecida: políticos ambiciosos que usan su poder y su influencia para llenarse los bolsillos como vulgares rateros, olvidando que quienes los pusimos ahí seguimos esperando que hagan algo útil; políticos que juegan a políticos, que convierten la política en una entelequia, perdiendo toda su energía en descalificar a los contrarios, en imponer sus colores, en creerse en posesión de la Verdad, en perpetuarse en el poder; banqueros y financieros corrompidos por el dinero que no están dispuestos a vivir en el mundo real y a los que sólo importa comparar las esloras de sus yates; empresarios que han perdido su capacidad de empatía social y ven en los trabajadores “recursos” que pueden coger o dejar, poner en marcha o parar sin ningún escrúpulo, y que encima se consideran salvadores de la economía y próceres de la patria.

Junto a ellos, debajo de ellos, lejos de ellos, está la mayoría que hace que todo se mueva, la mayoría que con sus ocho horas diarias engrasa la maquinaria, la mayoría que con sus impuestos sostiene todo el tinglado.

Y un poco más abajo estamos los “intocables”: los parados, los jubilados, los jóvenes que nunca han cotizado a la Seguridad Social, las castas más bajas de esta herida sociedad de la crisis, hija de la sociedad del bienestar que tantas ilusiones creó, que tantas expectativas generó pero que tenía los cimientos de barro, o quizá de ladrillo, y terminó desmoronándose dejándonos sin empleo, sin casa, sin sueldo, sin ilusiones, sin proyectos, sin futuro y sin ganas.

Con la que está cayendo fuera, los que no podemos navegar, ni bucear en las prístinas aguas del Mar Rojo, ni comer en los estrellas Michelin, ni ir de compras a New York, ni pasear en el BMW, ni vestirnos de Chanel, ni descorchar una botella de Château de Yquem del 75, estamos condenados a encerrarnos en casa porque, facturas aparte, es el único sitio medianamente llevadero. Y allí, en el seno protector de nuestra “caverna”, vemos pasar la vida resguardados de las inclemencias del tiempo laboral, social, político y económico, en los que resuenan los truenos de una tormenta que no cesa.

Allí, en casa, en la caverna, la generación “ni ni” ve alejarse la juventud con indolencia, sin trabajo, sin ambición por mejorar, sin proyectos ni perspectivas. Allí están sus padres prejubilados a los cincuenta y tantos, precisamente cuando estaban en plena madurez profesional. Allí están igualmente los hermanos mayores que, después de quince años en una empresa, han sido arrojados al agujero negro del paro.

Es la vuelta a la tele, a la radio, a la Play, a Internet… a los psicotrópicos de andar por casa. Porque salir a la calle para ver cómo viven los que viven bien es muy doloroso. Y cada vez son más los que renuncian a pensar, a protestar, a rebelarse, a buscar, a intentarlo.
Van dejándose llevar por la llamada cutre de los realitys, viven las miserias ventiladas ante la cámara por otros “don nadie” como ellos o se extasían con las intimidades de los telefamosos.

De todos estos nuevos cavernícolas los que más pena me dan son esos chicos y chicas entre los dieciocho y los treinta y tantos cuyos rasgos distintivos son la apatía, el todo vale y el mínimo esfuerzo.
Algunos han estudiado, incluso carreras superiores, pero ven cómo se menosprecia su preparación. Muchos han terminado el bachiller y ni se plantean el esfuerzo de ampliar sus estudios porque ven a amigos suyos, licenciados universitarios, que se presentan a oposiciones para barrendero.

Vivimos en una sociedad de la precariedad en la formación, en la vida de familia, en el trabajo, en los ingresos, en las perspectivas. Los buenos currículos ya no abren puertas y los que fueron alumnos distinguidos se sienten traicionados por una sociedad que banaliza su esfuerzo. Lo tremendo es que, según Metroscopia, nada menos que el 54% de los españoles entre 18 y 34 viven en esta parálisis en la que no caben proyectos, intereses ni ilusiones.
Las personas jóvenes no quieren ser eternos adolescentes, eternos dependientes, pero la crisis no les permite salir de casa de sus padres e incluso les obliga a volver a ella. Hemos pasado de hablar –no hace tanto- de un mundo futuro en el que pagarían a la gente por no trabajar, a un mundo en el que no se paga a la gente porque no hay trabajo.
¿Dónde está la combatividad, el espíritu de lucha de los jóvenes? ¿Cómo es posible que tiren la toalla y se sometan en el mejor de los casos al infraempleo y al mileurismo? ¿Quiénes serán entonces los emprendedores del próximo decenio?

Estos son los lodos de una sociedad en crisis económica y moral. Antes estudiabas, empezabas a trabajar, te situabas, te casabas, ibas progresando, formabas una familia… Eso suena a música celestial para nuestros “ni ni”, que sonríen con sarcasmo cuando sacas el tema, firmemente establecidos en la frustración, el aburrimiento, la desmotivación, la apatía y la incredulidad ante un mundo que les ha vuelto la espalda. La generación “ni ni” es una de las caras más tristes del fracaso social.

¿Os acordáis de los JASP (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados)? ¿Os acordáis de aquella pregunta recurrente en las discotecas de “¿estudias o trabajas?”, cuando querías empezar una conversación? Nuestros “ni ni” contestarían con gesto impotente: ¡Ni lo uno, ni lo otro!

Hemos creado una sociedad más rica y tecnológica, más moderna y tolerante, pero en la que poner en marcha un proyecto vital con futuro es realmente difícil. Hasta no hace tanto los adultos preguntaban a los niños: ¿Y tú que vas a ser de mayor? Y siempre había una respuesta, más o menos fantasiosa, pero una respuesta. Hoy posiblemente te miren a la cara, se encojan de hombros y vuelvan a la consola.

Para que cambie esta situación tendrá que hacerlo el modelo de sociedad, pero también será necesario que los jóvenes cambien algunos de sus valores y recuerden que la desesperanza se basa en lo que sabemos, que es muy poco, y la esperanza en lo que ignoramos, que es casi todo.

¡Desmontad vuestra frustración y retomad las viejas esperanzas! ¡Y si no encontráis el camino, trazad uno nuevo con vuestra imaginación y vuestra intuición!

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~ por kalicom en 6 diciembre 2009.

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