Una galaxia muy lejana llamada “años sesenta”

En ocasiones, cuando voy por la calle, tengo la sensación de proceder de una galaxia muy lejana, aquella que se llamó “los años sesenta” y en la que fui un niño con amigos, inocente, explorador, curioso, intuitivo, sensible y natural, que pasaba media vida en la calle.
Fuera de mi barrio eligieron a Kennedy, los rusos pusieron en órbita a Gagarin, se levantó el muro de Berlín, estalló la crisis de los misiles y se celebró el Concilio Vaticano II, pero en Madrid, en la calle del Oráculo, la vida de un niño de diez años era sencilla y feliz.

Con las cinco pesetas que nos daban a la semana, sabiamente administradas, tomábamos pastillas de leche de burra y raíz de palodú, que te dejaba toda la boca manchada de amarillo, circunstancia que aprovechabas para ir sacándole aquella lengua asquerosa a las niñas, que daban grititos y ponían cara de espanto.

Fumábamos cigarrillos de anís, hechos con planta de anís machacada, sin colorantes, ni conservantes, ni saborizantes… ¡A pelo! Aquel humo ecológico entraba por la laringe, la tráquea y los bronquios como si fuera el raspador del queso. Mareaba y sabía mal, pero era iniciático, porque los chicos, como nuestros padres, fumábamos.
El siguiente paso era el tabaco de verdad. El pipero vendía los cigarrillos sueltos: Bisonte, Luky, Celtas… Corría entonces un versillo sobre el tabaco que decía “Verde fue mi nacimiento, amarillo mi vivir, en una sábana blanca me lían para morir “
Los que fumábamos, para que nuestra madre no nos descubriera llevábamos un kit que consistía en una cajita metálica (las mejores eran las de aquellos cigarrillos turcos ovalados de la marca “Abdulah”) en la que metíamos los pitillos que teníamos (uno o dos a lo sumo), un caramelo Saci y un tubito de muestra de colonia. Todo eso nos permitía –al menos así lo pretendíamos- ocultar el olor a nicotina de la boca y de la cara. Esto último era importante, porque cuando yo era pequeño al entrar en casa le dabas un beso a tu madre, y cuando llegaba tu padre de trabajar también le dabas un beso a él.

Comprábamos manojos de diez petardos y los hacíamos explotar de uno en uno por los portales, después de haberles raspado la mecha para que tardara más en consumirse y así te diera tiempo a alejarte un poco. Había igualmente unos petardillos muy chicos (llamados garbanzos) que explotaban cuando los estrellabas sobre algo duro. Consistían en un pequeño hatillo de papel blanco que envolvía una mezcla misteriosa. Cuando lo tirabas, hacía una pequeña explosión que sonaba muy aguda. Lo típico era tirárselo a las niñas o hacer guerras entre los chavales. También vendían unos petardos de impacto con forma de paquetito (llamados bombas), hechos con papel de estraza marrón y atados con cuerda de bramante, que eran mucho más potentes. Esos sólo se hacían estallar tirándolos contra las fachadas. Producían una explosión enorme que te hacía pitar los oídos y dejaban un cerco negruzco de unos 10 ó 15 centímetros de diámetro… Imponían un poco de respeto.

Los cines daban sesiones dobles (ejemplo: “Esa voz es una mina” y “Mogambo”) y los actores eran dioses de los que se editaban fotografías muy retocadas que adoraban las adolescentes.
El cine era un espacio social y un sitio para matar la tarde (carecíamos de televisión, de consolas, de ordenadores, de móvil…). En el cine se hacían amigos y, sobre todo, se ligaba. Y cuando ya habías ligado y la cosa iba en serio, te alejabas un poco de la panda y te ibas atrás, a la fila de los mancos, para envidia de tus amigos. Bien es cierto que el acomodador pasaba de vez en cuando el foco de su linterna para preservar la moral.

La merienda consistía en un cacho de pan con algo dentro como fuagrás, chorizo, mortadela, queso… A mi me gustaba meterle una onza de chocolate de la marca “Vitacal”, cuyo trabajado eslogan decía: “Chaval, toma Vitacal”. Entre los amiguetes del barrio se hacía la versión: “Chaval toma Vitacal que tu culo huele mal”. Quiero aclarar aquí que entonces se decía “chaval” en vez de “tío”, pero era lo mismo.

Nuestro chicle era el “Bazooca”, que era un cilindro rosa, muy azucarado, con unas hendiduras que permitían que eligieras si te lo metías de una sentada o lo administrabas para varias veces. También estaba el Cheiw, más caro, que decían que venía de la base de Torrejón y que formaba parte de la cantinela de los piperos: “Piiiipas, carameeelos, chiiicle americanoooo”.
En aquellos tiempos no existía la palabra “chuches” como genérico, aunque sí se hablaba de “chucherías”, que en realidad significa lo mismo. Para vender chucherías estaban los puestos de pipas, que tenían en su menú caramelos envueltos, caramelos sin envolver, regaliz, pipas, cacahuetes, altramuces, palodú y tabaco. También solían vender peonzas y cuerdas de peonza, que se ajustaban a la mano con una moneda de dos reales (que tenían agujero central) atada en un extremo. Los horteras de la época (el equivalente a los frikis de ahora) se ponían las monedas de dos reales sujetas con tachuelas en el cinturón.

Los críos de ocho o diez años nos pasábamos el día en la calle sin miedo a los pedófilos ni a los violadores, especialmente en verano. De hecho bajábamos a jugar incluso después de cenar, y a eso de las doce de la noche siempre había alguna madre que se asomaba al balcón y llamaba a gritos a su Juanito, o a su Sergio, y entonces, conscientes de la hora, salíamos todos de espantada para casa.
Sí que había bandas, pero nunca llegaba la sangre al río. Si te habías metido con alguien y “te estaban esperando” procurabas no dejarte ver unos días hasta que se enfriara la cosa, y mandabas “emisarios” para que te contaran cómo estaba el patio o para que pactaran la paz.
Las disputas entre barrios o entre los de una calle y los de otra, se dirimían en los descampados, a terronazos, en lo que se llamaba una “drea”, que era una guerra en la que te tirabas tolondros de barro más o menos seco, entre los que siempre había algún cabrón que camuflaba una piedra. Entonces la cosa acababa en brecha, en sangre y en ir a la farmacia para que te cosieran. Pero a nadie se le ocurría presentar una denuncia. Todo lo más “no te ajuntabas” durante unos días con el que te había descalabrado.

Por mi calle, que era de adoquines, pasaba el tranvía, y una de nuestras diversiones era poner chapas de Cocacola o de Shweppes sobre los raíles, que se quedaban planitas al paso del vehículo. Pero lo que más nos gustaba era poner monedas de diez céntimos y ver cómo quedaban delgaditas, lisas y mucho más grandes. Bien es verdad que, pasado el momento de euforia, se te ponía cara de tonto por haber desperdiciado aquella moneda con la que podrías haberte comprado un caramelo o un regaliz.
En aquellos años las pipas eran un deporte nacional. Por una peseta tenías para echar la tarde. Las buenas eran las que venían con sal, pero luego te dejaban la boca acorchada. Cerca de la plaza de toros estaba el Cine Ventas, que era conocido como “el palacio de las pipas” por la alfombra de cáscaras que quedaba entre las butacas después de cada sesión.

En verano, cuando llegaba aquel calor que derretía el asfalto y te hacia ir saltando de sombra en sombra, pedías a tu madre “una pela para un polo de palo”, que si lo sorbías a conciencia, extrayéndole todo el colorante, se convertía en un cacho de hielo translúcido, incoloro e insípido.
Cuando no tenías pelas para comprarte helados, te acercabas al camión del hielo a pedirle un trozo al hombre poniendo carita de niño pobre. Solía hacerse el duro con un “Venga chavales, quitaros de aquí”, pero siempre tenía el detalle de picar algún trozo que estuviera suelto y dejar los fragmentos a nuestro alcance. He de aclarar que el camión del hielo llevaba unas barras de sección cuadrada, bastante largas, que la gente metía en el congelador de la nevera, que por entonces en su mayoría no eran eléctricas. Yo era un privilegiado porque en mi casa había una enorme Westinghouse americana que mis padres trajeron de fuera.
En todas las casas, incluida la mía, había otra cosa que era “la fresquera”, una especie de armario de cocina bajo que se abría al patio a través de una rejilla y que en invierno servía para conservar frescos los alimentos.

No sé si era un mundo mejor pero era más empático, más humano, más social, más real, y me alegro de haberlo vivido. Aunque quizá no era tan especial porque fueran los años sesenta sino porque yo era un niño y eso siempre es mágico.

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~ por kalicom en 13 enero 2010.

7 comentarios to “Una galaxia muy lejana llamada “años sesenta””

  1. Yo también tiré bombas y petardos a las niñas y hasta fume cigarros de anís, pero mi especialidad como la de todos los de mi pandilla era tirarnos piedras en las guerrillas.

    Oye creo que eres el segundo por la derecha ¿es cierto?

  2. Nosotros debíamos ser algo más moderados, porque hacíamos las “dreas” (que, por cierto es abreviatura de “pedreas”) con barro.
    Efectivamente soy el segundo por la derecha en el año 61… ¡Buena vista!

  3. Querido hno.en Buda San Carlos de Luis y Santaliestra: Me has hecho emocionar con tu blog , so ladrón. Me has devuelto la infancia que me quitó la vida. Cuan sensibilidad derrocha una narrativa tan precisa y bien construida sobre esa epoca tan mágica que fue nuestra infancia a caballo del Plan de Estabilización, la posguerra de los cincuenta y el desarrollismo de los 60. Todo lo que has descrito lo suscribo 100% y para que luego se piense que los sátiros no tenemos sensibilidad. Un Abrazo. Sir Ditiking del C.E.M.A.

    • *Hay ms cosas, pero con esas que he puesto queda suficientemente * *claro que hablo de una galaxia muy, muy lejana. * * * *Jopeta que viejos somos….!* * * *Maese Charles Boyes (de los Boyes de toda la vida)*

  4. Es un tiempo no tan lejano, pero que a veces parece de otro siglo (¡y en verdad, lo era!) Yo creo que la infanacia son nuestros recuerdos; y si mi apuras, parafraseando a Ismael Serrano y algun otro cantautor latinoamericano, “la patria son nuestros recuerdos”. Enrique

  5. Lo preocupante del tema es que sí es un tiempo muy muy lejano.
    Porque nuestra infancia, cuando ya tenemos años, es un terreno
    fronterizo que separa generaciones.
    En cualquier caso los recuerdos patrios de aquella época ya tienen
    un toque rancio… ¡¡¡¡Me pido estar al día!!!!

    Un abrazo.

    Carlos.

  6. cualkiera tiene recuerdos bonitos de su infancia sea la epoca ke sea…

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