¡Dios mío, mándame una catástrofe terrible para que alguien se fije en mí!

Me resultó tremendamente doloroso leer el pasado día 16 de enero un titular de El País que decía: “Haití ya no existe”. Por un lado me molestó el tono sensacionalista de la frase, pero sobre todo me hizo pensar que, muy por el contrario, probablemente sea la primera vez que Haití existe de forma neta en la conciencia de los habitantes de este planeta.

Lo que pasa es que casos como el de Haití resultan vergonzosos para el próspero primer mundo, que prefiere mirar para otro lado y dejar en manos de unas cuantas oenegés la gestión de los problemas. Lo mismo que hacen las ciudades cuando dan la espalda a sus chabolas, a sus asentamientos de inmigrantes, a los hipermercados de la droga, a las favelas, a los sin papeles, a las minorías étnicas.
Los trapos sucios sociales se esconden bajo las vulnerables y raídas alfombras de la cooperación internacional y todos seguimos con nuestra visión de túnel, hablando de política partidista, del paro, del cambio climático, de ir de viaje, de cambiar de móvil.

Ha hecho falta un terremoto destructor para que en estos últimos días millones de personas hayan descubierto que Haití, un minúsculo país que está pared con pared con la República Dominicana, enfrente de La Habana y a dos pasos de Estados Unidos, es el más miserable del mundo, después de Zimbabwe.

Y hablando de miserables; en los miles de artículos de prensa escritos desde que la tierra empezó a temblar en Puerto Príncipe se han utilizado indistintamente los términos pobreza y miseria, pero lo cierto es que no tienen el mismo significado. Los pobres, aunque carentes de recursos para satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, educación, protección o salud, conservan cierto potencial de reacción, cierta capacidad para actuar que es inherente a todo ser vivo. Sin embargo, los que se ven arrastrados a la absoluta miseria pierden incluso esa capacidad y quedan avocados a la extinción salvo que reciban ayuda ajena, convirtiéndose así en seres dependientes.

Esa es la situación de Haití que, como consecuencia del determinismo geográfico, de la voracidad y el revanchismo colonialista y de la insensibilidad del capitalismo, ha caído en un pozo negro del que sólo la solidaridad internacional puede sacarla.
En este sentido, me hubiera gustado ver una movilización importante de la Francia del Sr. Sarkozy, que al fin y a la postre fue la potencia que exprimió Haití durante la época colonial. Pero temo que habré de conformarme con presenciar un teatrillo en el que los USA de Obama se enseñorean para evitar que lo haga la cercana Cuba o sus socios del otro lado del Atlántico.
Haití ha pagado con creces la rebelión de los esclavos no cabe duda, pero no es el único país que está para la UVI. Hoy, en este mundo de los cruceros, la alta definición y las sondas espaciales, hay más de 1.000 millones de personas que viven en una situación de pobreza extrema, y de ellas el 70 por ciento son mujeres.

Por cierto, ¿No es sangrante que una panda de políticos y economistas determinen, desde los mullidos sillones de sus climatizados despachos, que el umbral de pobreza es de un dólar diario por persona, cantidad que consideran “suficiente” para comprar los productos necesarios para sobrevivir? La realidad es que la mitad de los habitantes de este mundo, que se dice pronto, tienen que vivir con menos de dos dólares al día.

¿Qué le pasa a esta sociedad que no reacciona cuando hay más de 1.800 millones de seres humanos que no tienen acceso al agua potable. Cuando hay 1.000 millones que carecen de una vivienda digna. Cuando 840 millones están desnutridos. Cuando 2.000 millones padecen anemia por falta de hierro. Cuando 2.000 millones de personas carecen de medicamentos esenciales y 880 millones no reciben servicios básicos de salud?

La historia de Haití, la pobreza de Haití, su incapacidad para recuperarse por sí misma es el fruto de un montón de despropósitos sociales, económicos y políticos que ya son historia. Ahora hay que actuar, apoyar, poner dinero, expertos, recursos, proyectos, ilusión y esfuerzo.
A lo que parece, este pequeño país del Caribe va a convertirse en tribuna para quienes desean acallar conciencias y recuperar votos; para unos políticos que dentro de unos meses se harán la foto junto a los reconstruidos colegios y los flamantes hospitales, y entonarán cantos de generosidad y amor fraterno.

Me alegro muy sinceramente por los diez millones de haitianos que, quizá, si luego no hay racaneos y se cumplen las promesas hechas en caliente, van a tener una oportunidad histórica de recuperar su dignidad. Pero no puedo evitar acordarme del resto de los desheredados, del resto de los “miserables” que, a lo mejor, cargados de sentido práctico, ya están rezando: “Dios mío, mándame una catástrofe terrible para que alguien se fije en mí”.

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~ por kalicom en 23 enero 2010.

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