¿Qué queremos que sea Internet, un ágora o un guateque?

El martes pasado leí un artículo del editor de Lumen, Andreu Jaume, que abría con el título “El ágora digital”. Y lo cierto es que a estas alturas aún no sé si interpretarlo como un grito de angustia, como un desahogo añorante o como una retadora amenaza.

En cualquier caso, su visión de Internet como un “universo caótico y acrítico” me pareció tan corporativista, tan de barrer para casa, que me pasé un rato buscando por la página alguno de esos recursos que emplean hoy los periódicos para identificar (sin que se note mucho) los contenidos pagados. Pero lo único que encontré, escrita en letras capitales, fue la palabra OPINIÓN. Y como tal me lo tomo, como opinión, ya que no puedo darle otro mérito ni otro alcance.

Al hilo de la eclosión inminente del libro digital, el señor Jaume y sus  compañeros mártires están viviendo una fuerte marejada que parece arrojar contra las rocas las viejas máquinas de Gutenberg, los derechos de autor y el omnímodo poder de los críticos y los profesionales de la lectura editorial. Están aterrorizados e imaginan desperdigados por alguna playa remota del ciberespacio sus prebendas, su control de la cultura, sus trasnochados criterios, su capacidad para hundir o encumbrar, para premiar o rechazar sin fiscalización ni limitaciones.

El señor Jaume se ve a sí mismo, ve a los editores, como una casta superior que cumple la sagrada misión, la inestimable función social, de mediar con su criterio entre el autor y su público, posibilitando así la configuración del ágora, de ese espacio de encuentro en el que se transmiten los conocimientos, las propuestas, las ideas. Un espacio en el que unos hablan y otros escuchan.

Por eso les aterroriza un ágora Internet atestada de creadores sin editor que vocean sus mensajes –así lo ven ellos- como en un mercadillo, sin orden ni concierto, sin una organización regulada. Un mercadillo en el que los autores se convierten en blogueros, compartiendo ese “oficio” con millones de diletantes que escriben sin censura, que censuran sin tasa y que tasan sin criterio. Mucho me temo que al señor Jaume no le preocupa la cultura sino el negocio editorial.

Para dar verosimilitud a sus tesis, el autor del artículo hace girar todos sus argumentos en torno a la figura del crítico, al que revindica como garante de la calidad sin cuyos asentados criterios “la cultura no puede aspirar a elevarse y perpetuarse”.  Vuelve así al terreno del elitismo, porque para él el crítico está dotado de un don natural largamente cultivado que le permite captar al instante las esencias de la realidad, alcanzando el deleite de lo bello frente a la repugnancia de lo imperfecto. Por lo tanto, el crítico lo es porque posee una sensibilidad y delicadeza de espíritu que están vedadas al común de lo mortales, incluidos los internautas.

Con la muerte del crítico él ve llegar la deslegitimación del principio de autoridad, que es arrebatado por una democratización de la opinión que, en realidad, supone “una perversión y aun una degradación de la idea de democracia”. Algo así como: sin mí el caos y la confusión.

Creo que es evidente a estas alturas que Internet es un reflejo de la sociedad de su tiempo y en él caben todos los defectos y todas las virtudes, todas las sabidurías y todas las ignorancias.

Yo veo Internet como una especie de guateque universal en el que hay gente de diversos criterios, ideologías, religiones, valores morales, niveles de formación, características culturales… Y lo mejor de este guateque es que siempre tiene las puertas abiertas y en él todos pueden hablar con libertad y elegir con esa misma libertad a sus interlocutores.

El ágora única, el ágora de las elites, ha sido reemplazada por millares de ágoras interactivas en las que la gente se reúne de acuerdo con sus inquietudes y sus intereses, sin que ningún editor ni crítico filtre las decisiones ni modele las apetencias.

Los críticos están agonizando, señor Jaume, porque se han convertido en herramientas controladas por los editores, porque son gente que come tres veces al día y necesitan la plácida seguridad que da el dinero. Eso sin contar con algunos especímenes de críticos en los que la hinchazón del ego conduce a una soberbia que ahoga toda objetividad.

Hasta ahora, el criterio era seleccionar para poner orden, y es lógico porque había que evitar que el número de obras publicadas superara la masa critica y terminara haciendo explotar el mercado editorial. Pero éste, insisto, es un tema comercial, empresarial, no cultural.

Me temo señor editor que la llegada de Internet les exige a ustedes, a los críticos, a los escritores y a los lectores, reciclar sus criterios y buscar su lugar en la gran fiesta de libertades que es Internet.

Y conste que no soy en absoluto partidario de leer Anna Karenina en un trozo de cristal luminoso; prefiero sin duda sentir el tacto del papel y el olor de la tinta. Pero es que las cosas están cambiando, y ustedes tendrán que cambiar también, aunque sea a costa de perder el monopolio de la cultura y el buen gusto.

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~ por kalicom en 27 febrero 2010.

2 comentarios to “¿Qué queremos que sea Internet, un ágora o un guateque?”

  1. ¡Uy, uy, uy! !Qué tema tan conflictivo! Internet puede ser muy útil para liberarnos de los críticos “comprados” y de la dictadura de los editores, pero también nos deja en manos de una masa que se opone a lo establecido sin ofrecer ninguna alternativa interesante o enriquecedora. El reciente ejemplo de lo sucedido con la selección del representante español en Eurovisión tendría que hacernos meditar.

    • Querida amiga,

      Evidentemente tienes una enorme dosis de razón, pero cuando me planteo estos temas siempre recuerdo aquellas palabras de Ramón Llull: “La libertad del pobre confunde la avaricia del rico”. En realidad creo que el editor de Lumen se apunta a la tesis de Balmes. “Sin orden no hay obediencia a las leyes, y sin obediencia a las leyes no hay libertad, porque la verdadera libertad consiste en ser esclavo de la ley”

      Yo lo siento mucho pero soy partidario de las libertades sin corsé. Y lo digo en plural añadiendo que no creo que sea obligatorio acogerse a todas ellas sino a las que nos parezcan más acertadas o acordes con nuestra conciencia, nuestra sensibilidad y nuestros gustos.

      En resumen: si quieres ser anarquista, hazte anarquista, si quieres ser conservador, estás en tu derecho… No hay un solo camino, como no hay una sola conciencia o una única opinión.

      ¡Ni en manos de la masa ni en las de la elite! ¿Quién necesita estar en manos de alguien?

      Nadie ha dicho que la libertad no tenga sus riesgos; el riesgo forma parte de su sustancia.

      Un abrazo.

      Carlos.

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