Te doy mi palabra

Muchas veces, cuando hablo con mi hermana, que vive en Francia desde hace más de treinta años, le hago notar cómo su español va “contaminándose” con expresiones y construcciones que pertenecen claramente al francés. Ella es consciente de que vivir fuera de España le impide ese reciclaje diario que requiere evolucionar al ritmo al que lo hace en la calle el propio idioma. Esa es una de las características esenciales de las lenguas vivas, que cambian constantemente, que arrinconan palabras o expresiones y adoptan otras nuevas. Cuando ya no lo hacen, cuando se estabilizan, es porque han dejado de utilizarse y se han convertido en lenguas muertas.

Otra cosa distinta es “el habla”, que es la recreación que cada individuo hace de su lengua. Es algo personal y, como tal, susceptible de innumerables variaciones y matices, tanto en el lenguaje hablado como en el escrito. El que habla utiliza la lengua para comunicarse y lo hace a su manera.

Tampoco es lo mismo lengua que “lenguaje”. El de lenguaje es un concepto más amplio, que se refiere a la capacidad de los seres humanos para comunicarse. El lenguaje tiene componentes fisiológicos y psíquicos e implica tanto al ámbito individual como al colectivo. Gracias a él estamos capacitados para la abstracción, para crear conceptos y para comunicar.

En ocasiones las personas sufrimos trastorno físicos o mentales que nos dificultan o incluso nos impiden que podamos disponer normalmente del lenguaje. Es el caso, por ejemplo, de  la “afasia”, que es fruto de una lesión cerebral e impide cualquier posibilidad de comunicación mediante lenguaje hablado, leído o escrito. Menos graves son la “dislalia”, en la que se sustituyen o se omiten ciertos fonemas, y la “disartria”, que es una dificultad para articular sílabas.

También pueden producirse “disfemias”, que crean problemas para pronunciar las palabras, como ocurre en el tartamudeo o en el balbuceo. Cuando la alteración afecta al tono o al timbre, como le sucede a los alcohólicos o a las personas deprimidas, hablamos de “disfonías”.

El lenguaje escrito también tiene sus problemas: hablamos de “disgrafía” cuando hay irregularidades graves en los trazos de la escritura; de “agrafía” cuando es imposible expresar los pensamientos por escrito, y de “alexia” cuando hay dificultad para reconocer las letras.

Hasta el lenguaje de los gestos tiene sus alteraciones, como ocurre con la “hipermimia” en la que se da una mímica exagerada; la “hipomimia” en la que, por el contrario, tenemos una reducción drástica del lenguaje gestual, e incluso la “paramimia” en la que los gestos no se corresponden con el estado de ánimo de la persona.

Hay quien sugiere también que los mensajes SMS y el spanglish deberían tener su lugar entre estas patologías, pero ahí no estoy de acuerdo. El habla empleada en los teléfonos móviles no es más que una variante moderna de los telegramas, que han funcionado con eficacia durante casi tres siglos. En cuanto al spanglish, me atrevería a considerarlo una lengua mestiza que nace en zonas fronterizas en las que se encuentran dos lenguas tan poderosas como el español y el inglés.

Pero dejemos todos estos conceptos linguísticos y médicos y centrémonos en esa gran maravilla que es la palabra.

En el diccionario de la Real Academia hay miles de ellas, pero en nuestra vida diaria apenas si empleamos unas trescientas.

Lo bonito, lo mágico, es coger las palabras y mirarlas como se mira una flor, o escucharlas como se oye una sinfonía, porque las palabras tienen música y ritmo. Las hay bonitas y feas, tristes y alegres, sucias y limpias. ¿No notáis que la palabra “arruga” casi tiene tacto? ¿No os parece que casi se percibe el aroma de la palabra “perfume”? Se trata de jugarretas del cerebro, que evoca olores y tactos que están en la memoria.

Podemos expresarnos con palabras como “electroencefalografista”, que con sus 23 letras es la campeona de longitud del diccionario, o con palabras cortitas como “yo”, que abre la puerta de nuestro mundo interior.

Para gustos se hicieron los colores, pero a mí hay palabras que me hacen sentir bien como “pan”, “sí” o “tú”. Hay palabras sonoras y evocadoras como “Samarcanda”, infantiles como “tripa” o “pataleta”, y que dan miedo como “congrio” o “abismo”.

Existen palabras excitantes como “respingo”, refrescantes como “frondoso”, y repelentes como “sobar” o “babear”. No faltan las cursis como “pipí”, que se complementa con el cursilísimo “popó”, y se siente bien acompañada con interjecciones como “cáscaras” o “córcholis”.

Hay palabras cargadas de simbolismo como “paz”, entrañables como “mamá” o que huelen a posguerra como “naftalina” o “pololo”. Y qué me decís de las palabras pretenciosas como “misántropo”, “escatológico” o “ineluctable”.

A mí hay un grupo de palabras que, sin ser excesivamente fuertes, cuando te las dedican pueden llegar a hacerte mucho daño; me refiero a “estúpido”, “simplón”, “simple”, “necio” o “ridículo”.

También hay palabras feas, desagradables y ordinarias. Personalmente todas las que terminan en “rea”, excepto “correa”, me dan bastante asquito, llevándose la palma quizá “seborrea”. Tampoco me seduce la palabra “chuche”, por más que se haya convertido en sinónimo de “caramelo”. Una de las más ordinarias que conozco es “chocho”, excepto cuando se aplica a los ancianos decrépitos… E incluso en ese caso.

¿Y no os parece que también tenemos muchas palabras que si la oyes aisladamente son bastante raras? Hablo de “tronco”, “bigote”, “talud”, “amo”, “ñoño”, “feo”.

De las palabras probablemente haya que decir como de las mujeres: “No hay palabras feas sino bellezas raras”.

Pero todo lo dicho aquí es lo que opino yo. Así lo veo, así lo siento y lo percibo. Esto de las palabras es un tema que cada uno valora con la subjetividad de su corazón. Me encantaría que quienes lean este comentario se animaran a enviar y comentar sus propias palabras preferidas o rechazadas. A fin y al cabo, en eso consiste la comunicación.

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~ por kalicom en 6 marzo 2010.

12 comentarios to “Te doy mi palabra”

  1. Así de repente, porque si lo pienso más ya se me olvida, me gusta mucho, y la tengo asociada a la infancia felíz es “cachibache”.
    Si no te suena como a mi, te recomiendo que veas la película de “la sirenita” de la factoría Disney.
    Vinicio, aunque es nombre propio, me suena a miedo y Clint, ahora me suena a tierno, aunque hace unos años olía a polvora.
    “Cuna” es una palabra que suena tierna, huele a colonia “nenuco” y me pone cara de lelo.
    Renacuajo, culebrilla, tirachinas, suenan a adolescencia rural, a otros tiempos, a historia.
    Besos siempre suena bien.

    • Impagable aportación querido Alberto.

      Leyéndote me doy cuenta de lo corto que es un artículo para recoger tantas maravillas.

      “Cachibache” es magnífica. En cuanto a Clint ¿Por qué tenía olor a pólvora? ¿quizá por Clint Eastwood?
      Fíjate, a mí “cuna” me suena a palabra amazónica.
      Y sí, “besos” siempre suena bien. Y “abrazos”, como el que ahora te mando.

      Kalicom.

    • A mi hay varias palabras de las que tú dices que señalaría. Por orden de aparición:
      Samarcanda: me transporta mentalmente a colores, calor, viento, esencias, volar, desierto, droga, paz….
      Ineluctable: comiquísima palabra de la cual desconozco el significado, pero me encanta!!!.Típica palabra para soltar en una reunión de amigos entre risas y exageraciones. Perfecta para llamar la atención y quedarte con la gente.
      Escatológico: me suena a catástrofe, apocalipsis… algo aburrida.
      Necio: ufffff, terrible que te llamen así, un golpe duro para uno mismo.
      Me encanta emplear la palabra “celebrar” y sueño con aquellas que me transportan a algún concepto oriental, ya sea por el significado o por el significante…

      • Querida Patricia,

        Lo de que Samarcanda te transporte a un mundo de ‘volar’ y de ‘droga’… Te lo tienes que hacer mirar; lo mismo que el hecho de que el Apocalipsis te resulte aburrido.

        Aparte de eso, creo que has leído ‘ineructable’ en vez de ‘ineluctable’, por eso te da tanta risa, no me extraña. Sin embargo ‘ineluctable’ se refiere a “Aquello contra lo que no se puede luchar”; algo que nos supera, y eso más que de risa da penita.

        Un beso fuerte.

        Carlos.

  2. Pasmado me he quedado ante tanta sabiduria. He sufrido un cortocircuito neuronal ante el esfuerzo mental realizado para apreender, que no es lo mismo que aprender ese texto tan lleno de inteligencia y erudición. Gracias .

    • Querido Sir Ditiking, en cuanto te repongas… sigo esperando tus palabras preferidas y tus palabras rechazadas de este precioso idioma.

      Un abarazo.

      Kalicom.

  3. Tejeringo. Son los churros de grosor medio que se cortan en tallos de una rueda.

    La palabra que más me llega cuando veo la cantidad de personas que conjuntas y conozco con tus eruditos escritos es amigo/a

    • Sí que es bonita Luis. Es saltarina y alegre.
      De tu comentario me quedo muy especialmente con la palabra “tallo” que utilizas para describir los trozos en los que la churrera va cortando la rueda de los tejeringos. Es un símil magnífico.

      Un fuerte abrazo “amigo”.

      Kalicom.

  4. Hace unos años, un periódico en Argentina (diría que Clarín, pero no sé si porque me acuerdo o porque no recuerdo otro) pidió a sus lectores que eligiesen la palabra más bonita del español (de Argentina, que casi, casi es otro idioma)
    La palabra elegida fue ALFAJOR, no sólo por su espléndida sonoridad y belleza (que la tiene) sino por los recuerdos de merienda infantil que tiene para casi todos los argentinos.

    Mi palabra favorita del castellano son varias. Todas tienen algo en común, y es que son sonoramente armoniosas; el significado de alguna de ellas no va en consonancia con su belleza:

    ALCAUCIL…….. (alcachofa) Y más aún pronunciada en plural y andaluz (¡¡alcaucileh!!)

    ALCANFOR…….. que más que a producto para que las polillas no se coman las mantas, a mí me ha sonado siempre a caricia.

    Y sobre todas ellas:

    ALJOFIFA ……. ¿Cómo es posible que una palabra tan hermosa tenga un significado tan feo?

    Y si, todas ellas son palabras derivadas del árabe. Al fin y al cabo estuvieron aquí casi 800 años. Perdón; fuimos aqui casi 800 años.

    • Querida amiga Ana,

      Me resulta curioso que desde Argentina, que es una auténtica encrucijada lingüística hayas seleccionado tantas viejas y hermosas palabras enraizadas en el mundo hispano árabe.
      Alfajor, por ejemplo, es una evolución de la palabra hispano árabe al-hasú, que significa ‘el relleno’.
      Por cierto, los alfajores andaluces no son como los vuestros. Son una especie de rollitos de unos tres centímetros de largo y un centímetro y medio de grosor, hechos de masa de almendras, nueces y miel, y se toman en Navidad.
      Tú percepción de la palabra “alcanfor” es una de esas típicas interiorizaciones. Pero sin duda es una palabra sonora y especial. Yo tengo la palabra “alcanfor” asociada inseparablemente a su olor, y me sugiere cosas viejas y abandonadas, así que me produce cierta tristeza.
      En cuanto a “aljofifa” te confieso que he tenido que coger el diccionario porque hace tantos años que no la escuchaba que había olvidado que era la bayeta de fregar el suelo.
      ¿No es maravilloso este idioma?

      • Desde Argentina llega la anécdota. Yo estoy algo más cerca. Me ves cada miércoles, majete

  5. Vaya, así que eres Ana Brunswick (de los Brunswick de toda la vida).
    ¡¡Jo que corte!!
    La verdad es que tampoco me había chocado porque mantengo correspondencia con mucha gente de Baires.
    Pero ahora entiendo mejor tus preferencias, todo sea dicho.

    Besos.

    Carlos.

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