Sensaciones envueltas en sensaciones

El olfato es el sentido que más rápido activa el cerebro, despertando los sentimientos y emociones más profundos. Es algo en lo que ni la vista ni el tacto pueden competir con él. Sin embargo siempre se lo ha considerado como un sentido de segunda fila porque, cuando falta, nuestra percepción del mundo exterior no se altera demasiado.

Al menos es así ahora, porque en los comienzos de la historia del hombre sí debía resultar vital, permitiendo detectar la caza y el peligro o discriminar los alimentos en mal estado.

Durante miles de años todo fue sencillo: había cosas que olían bien y cosas que olían mal. Pero nuestros antepasados, al hacer sus hogueras fueron descubriendo que ciertas maderas y plantas despedían al quemarse un aroma especialmente agradable. Y algunos les parecieron tan exquisitos que los convirtieron en ofrendas a los dioses “por el humo”, que de ahí viene la palabra “perfume”.

El incienso, por ejemplo, es una mezcla de resinas que se viene quemando en ceremonias religiosas desde hace cinco mil años. De la misma manera, ya desde la antigüedad se despedía a los muertos cubriéndolos con perfumadas flores, tal como lo seguimos haciendo hoy.

El nacimiento de la perfumería probablemente hay que situarlo en la India, en la que se hacían sutiles preparados con almizcle, incienso, ámbar, mirra y jazmín. De allí pasó a los mesopotámicos y de estos a los egipcios, que convirtieron la perfumería en arte con sus fumigaciones, bálsamos y ungüentos que, inicialmente, estuvieron destinados al culto. Y como no conocían el alcohol y la destilación, los elaboraban con una base de productos grasos.

Poco a poco, además del uso religioso se pasó al uso cosmético. De hecho hubo un gran desarrollo de la perfumería para la hora del baño y para el cuidado de la piel, y fueron ellos, los egipcios, los primeros en emplear perfumes para el cuidado personal.

Los hebreos también preparaban los perfumes, pero no para uso personal sino para las ceremonias religiosas y funerarias. Sus composiciones preferían otras sustancias como los áloes, la canela, la madera de sándalo, el alcanfor, la nuez moscada o el clavo.

Los griegos, que heredaron de los egipcios el gusto por los perfumes, se lo transmitieron a los romanos que, muy aficionados a la higiene y al cuidado del cuerpo, crearon preparados diferentes para las diversas partes del cuerpo y especialidades para impregnar las casas, la ropa, las cortinas, los muebles e incluso a los animales.

Más tarde, en la Edad Media se llevaban más los ungüentos a base de ámbar, musgo o civeta, que desprendían un olor fuerte, quizá para tapar la escasa higiene de la época.

La Revolución Francesa estancó el mercado del perfume porque les recordaba a la odiada nobleza. Pero la llegada de Napoleón, que era un amante de los buenos aromas, lo cambió todo. La perfumería pasó de manos de unos pocos artesanos a las de ambiciosos industriales que la convirtieron en una de las industrias más dinámicas y lucrativas del mundo. A partir de ese momento, la fragancia pasa a ser sólo parte de un conjunto, de un universo en el que convive con el frasco, el envoltorio y la publicidad.

En los siglos XVIII y XIX los aromas extraídos de los animales pasaron de moda y se volvió al agua de flores.

Hoy la industria del perfume es un gran complejo en el que trabajan miles de agricultores, químicos, transportistas, impresores, vidrieros, diseñadores, publicistas, artistas y, por supuesto, los hombres y mujeres “nariz”, capaces de discriminar miles de aromas distintos, en una búsqueda permanente de la fragancia perfecta.

El tema es complejo porque cada persona tiene su propia idea de lo que es la fragancia ideal. Por eso los diseñadores de perfumes producen una variedad tan inmensa. Incluso la concentración es un elemento fundamental: hay quien prefiere usar un intenso “perfume”, que lleva entre un 15 y un 40% de esencia aromática. Otros apuestan por el “Eau de Perfume”, con aproximadamente un 15%. Los hay que se inclinan por la concentración del 10% del “Eau de toilette”. Y el “Eau de Cologne” es el apropiado para los que buscan el predominio de los aromas cítricos, con una concentración de en torno al 5%. Finalmente están los exquisitos que exigen la mínima concentración del 1% que lleva el “Splash perfumes”.

Por cierto ¿Sabéis que de las mujeres europeas las que más se perfuman son las españolas, seguidas de las francesas? ¿Y que las que menos son las italianas?

El perfume es ya parte de nuestras vidas, eleva la autoestima y favorece las relaciones sociales. Hoy, perfume, ciencia, moda y arte van de la mano y las sustancias naturales se hermanan con elementos sintéticos, que se emplearon por primera vez en el Chanel nº5, diseñado por Ernest Meaux.

Ahora el gran reto es la aplicación de la genética, pero no hay que olvidar que aquí hay tanto de instinto como de química, de magia, de arte y de marketing.

Lo cierto es que la ciencia del siglo XXI permite crear aromas que, curiosamente, constituyen un retorno a la naturaleza: olor a mar, a rocío, a algodón, a tabaco, a chocolate. Sensaciones envueltas en sensaciones.

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~ por kalicom en 19 marzo 2010.

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