La Iglesia no puede seguir apoyando la ley del silencio en el tema de la pederastia

La Iglesia Católica está viviendo un auténtico drama “urbi et orbe”. Cientos de denuncias presentadas en los juzgados y ventiladas en los medios de comunicación destapan que, durante décadas, ha habido sacerdotes católicos que han violado, maltratado, prostituido y vejado a niños y jóvenes.

Los hechos son tanto más graves por cuanto muchos de estos delitos se han producido en instituciones educativas y de acogida, en las que los sacerdotes pederastas ocupaban puestos de responsabilidad y eran depositarios de la confianza de las familias y de la sociedad.

Asunto complicado este porque, en mi opinión, los sacerdotes que han abusado de menores no sólo han cometido actos punibles sino que, además, han traicionado a quienes los conceptuaban por defecto como referencias morales.

¿Con qué fuerza se va a oponer ahora El Vaticano al aborto, al matrimonio homosexual, a la fecundación in vitro o al empleo de células madre? ¿Con qué argumentos va a convencer a los contribuyentes de que le sigan asignado los cientos de millones que cada año obtienen del IRPF?

Además no estamos ante algo excepcional; cada día aparecen más y más denuncias con nombres y apellidos, y nos enteramos de que muchos de estos delincuentes actuaban al amparo de la “omertá” de los obispos y de la jerarquía Romana.

Si resulta que es cierto ese silencio denunciado, serían encubridores de delitos muy graves. Y no me vale que apelen a una obediencia debida a normas de régimen interno, porque eso supondría creerse al margen de responsabilidades que afectan al común de los mortales.

Cuando leo sobre estos casos, cuando veo a los obispos defenderse a duras penas lanzando contradenuncias que apelan a supuestos complots contra la persona del Papa, me entra una tristeza profunda porque me da la sensación de que la Iglesia está noqueada, su magisterio hace aguas y su autoridad se resquebraja por momentos.

Yo no soy una persona religiosa, pero sí creo que las religiones ayudan psicológicamente a muchas personas a soportar las dificultades de esta vida; y si los católicos se quedan sin referencias, si se ven defraudados por quienes eran su ejemplo y su guía, va a haber mucha inseguridad, mucha desorientación, mucha tristeza y mucha decepción, que en nada van a beneficiar al cuerpo social. Se avecinan buenos tiempos para la psiquiatría.

Es cierto que algunos implicados fueron cambiados de destino, probablemente para evitar con ello el escándalo, pero no en todos los casos fueron convenientemente apartados de funciones que les permitían seguir cometiendo perversiones.

Hemos tenido que escuchar en estos últimos meses declaraciones tan peregrinas como que no se trataba de “pedófilos” sino de “efebófilos”, como si eso quitara hierro a la triste realidad.

Quizá debiera el Papa meditar con criterio abierto sobre la lógica del celibato, sobre los desarreglos que determina en ciertas personas y sobre la conveniencia de, al menos, permitir que los sacerdotes puedan elegir si desean mantenerse solteros o si optan por el afecto de una pareja para estar psicológicamente equilibrados.

Resumiendo, creo que en este gravísimo tema de la pederastia todos debemos ser prudentes, porque hay en juego cosas importantes. Pero, al mismo tiempo, los curas, los obispos y toda la jerarquía de la Iglesia tienen que aceptar luz y taquígrafos, asumir sus responsabilidades con humildad y sinceridad, y responder de sus delitos cuando los haya. Es lo único que les haría recuperar esa credibilidad que hoy percibo tan maltrecha.

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~ por kalicom en 3 abril 2010.

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