La conspiración de los depredadores

Parece como si, poco a poco, nos fuéramos distanciando de la civilización, de los valores humanos, de la cultura, de la empatía, del respeto, y hubiéramos regresado a la brutal esencia de la ley natural, a la supervivencia sin conciencia, a la depredación. En este orden de cosas los depredadores son unos pocos, mientras que los sacrificables, los comestibles, los prescindibles, somos la inmensa y aplastante mayoría.

Nos hemos pasado los últimos años viendo cómo aquellos pilares en los que tratábamos de apoyar nuestra civilización no eran más que frágiles “burbujas” que han ido explotando sin dejar más que deudas, desesperanza, pobreza, paro, hambre, dolor, enfermedad y muerte.

Hemos estado más de un siglo creándonos necesidades nuevas perfectamente innecesarias. Nos convencieron a los pobres de que podíamos ser ricos; entonces los bancos empezaron a prestarnos un dinero que no podríamos devolver, alentados por las grandes corporaciones que tenían que mover estocks o apoderarse de minerales estratégicos. En El Dorado del siglo XXI hay cobre, plomo, zinc, estaño, platino, uranio, plata, manganeso, niobio, cobalto, cromo, coltrán, berilio, molibdeno… Por no hablar del petróleo, los diamantes, la madera o el gas.

Todos son necesarios para alimentar las industrias tecnológicas, las industrias armamentísticas o, simplemente, para contar con recursos de negociación o de dominación.

¿Somos unos idiotas porque nos parece inadmisible que la economía del mundo dependa de que unos señores en Nueva York o Londres decidan comprar o vender acciones porque tal político dicen que parece que tiene intención de hacer tal cosa?

¿Es razonable que nuestra supervivencia dependa de las decisiones del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico o de la Organización Mundial de Comercio, que sólo velan por la buena salud de las grandes corporaciones multinacionales y que actúan para mayor gloria y beneficio de Estados Unidos?

La mayoría de estos organismos han nacido de la Segunda Guerra Mundial, en el momento más dulce del endiosamiento americano, y los demás siempre hemos participado en ellos como segundones.

Hemos vivido en un mundo que se basaba en la ambición, en la apariencia: aparentábamos ser ricos, tener casas y coches, pero era sólo un truco de espejos, ilusionismo de dimensiones planetarias. Creímos que necesitábamos lo que no nos hacía falta y nos olvidamos que mirar bajo nuestros pies, cegados por las luces de colores y los mensajes hipnóticos elaborados con profesionalidad.

Y mientras nos entregábamos al consumo y al “tener” se nos fue olvidando el “ser” y otras cosas tan básicas como la lógica, de manera que en la nueva aritmética dos y dos sumaban mil, y a nadie le extrañaba.

Si alguien nos alertaba lo llamábamos agorero y seguíamos adelante, siempre adelante, nuevos créditos, nuevas dependencias. Como el oso del cíngaro, bailábamos al son que nos tocaban las grandes empresas, las grandes financieras, las grandes industrias, incapaces de darnos cuenta de que legislatura tras legislatura, guerra tras guerra, dictador tras dictador, democracia tras democracia, la situación nunca cambia porque, al final, el número de depredadores es el mismo y todos los demás no somos más que carnaza.

Ellos crean la necesidad y ellos prestan el dinero para satisfacerla; un dinero que recuperan inmediatamente porque son también ellos los que fabrican, los que proveen. Por el camino nosotros quedamos embargados, arruinados, parados. En eso consiste: ellos prestan a un país que tiene algún recurso que les interesa y luego lo arruinan, y cuando ya está ahogándose en su deuda externa vienen de salvadores pero, lógicamente, se trata de una salvación condicionada que pasa por tener preferencia y buenos precios a la hora de hacerse con aquellos recursos a los que ya les habían echado el ojo desde el principio. Es así de simple, así de cruel.

¿Nadie los puede parar? Pues desde luego para un político o un gobierno es impensable, porque no dudarán en matarlo o desprestigiarlo y sustituirlo por otro más afín, comprensivo y complaciente.

Mientras nosotros hacemos acopio de cervezas para ver jugar a La Roja, ellos juegan a dejar que los chinos entren en la partida, dan permiso a los japoneses para seguir masacrando ballenas, pintan de política su rapiña de recursos en Afganistán, se sientan para estudiar cómo hacerse con el litio de la Bolivia Evo Morales y dejan morir de sida a millones de africanos cuyos cuerpos se pudren sobre riquísimos yacimientos que terminarán en su poder.

No hablamos de teorías “conspiranóicas”  sino de pura y simple conspiración para arrasar, sin dar crédito a la preocupación de los científicos, o comprando directamente su opinión como en el caso de la última pandemia de gripe.

Son muy peligrosos, porque guardan el horizonte en el banco, porque no les importa el medio ambiente, ni lo que le pasa a la humanidad, ni lo que piensa la gente…

¿Qué ocurriría si de pronto dejáramos de hacerles el juego, si desempolváramos la sencillez, la ética, la solidaridad, la modestia, el ahorro, lo natural, lo auténtico…?

El problema es que necesitaríamos un líder, y los líderes los fabrican ellos. Tendría que ser un movimiento tan clandestino como  justo, legítimo, universal y mayoritario, pero me temo que serían ellos los que redactarían la carta de legitimidad.

Si a alguien se le ocurre una salida, que lo diga.

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~ por kalicom en 2 julio 2010.

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