¿Cómo evoluciona el concepto de espectáculo taurino?

Cataluña ya se ha pronunciado contra las corridas de toros, y otras comunidades autónomas se plantean seguir el mismo camino. Politizado o no, el futuro de la tauromaquia es incierto –a Dios gracias- y los aficionados adoptan actitudes numantinas cuando no ridículas, como lo de convertir esta actividad salvaje y trasnochada en “bien de interés cultural”.


Hace unos días me topé con una información de finales del siglo diecinueve que hoy heriría la sensibilidad de la inmensa mayoría de los ciudadanos, pero que entonces se veía como algo entretenido, curioso, anecdótico: un toro y un elefante enfrentándose en el ruedo… Al fin y a la postre un espectáculo taurino, que hoy nos parece tan trasnochado como lo parecerán las corridas dentro de pocos años.

Duelo de titanes

El domingo 13 de febrero de 1898, la plaza de toros de Madrid anunciaba en sus carteles “¡Un gran acontecimiento, un espectáculo sensacional!” “La lucha feroz entre un toro de cinco años y un magnífico elefante”.

Sombrerito, que es como se llamaba el toro, tenía que desfogar su bravura en el pobre elefante Nerón, que estaría atado por una de sus patas traseras con una cadena de 16 metros de larga. Habría un único asalto de 15 minutos. El exótico espectáculo llenó la plaza.

El auténtico Nerón no tenía nada que ver con el elefante del cartel.

El manso y asustadizo Nerón, que era poco más que un cachorro sin colmillos, se puso nervioso, rompió la cadena y se fue camino de la barrera con gran pánico por parte del respetable. Reducido el paquidermo y vuelto a encadenar se abrió el portón para que saliera Sombrerito que, a la vista del gran volumen del elefante, embistió sin mucho ánimo un par de veces, hiriendo a Nerón en las patas delanteras, lo que causó una nueva rotura de la cadena y una nueva huída del “cachorro” en busca de la protección de sus cuidadores. Eso fue todo porque el resto de los quince minutos ambos animales se ignoraron demostrando una inteligencia mayor que la de los espectadores. En las gradas estalló en una bronca monumental porque habían pagado para ver sangre. La presidencia, viendo venir el tumulto, decidió que se soltara otro toro que fuera algo más animoso.

El nuevo morlaco en verdad salió más bravo, para desgracia de Nerón que recibió múltiples embestidas con sus correspondientes cornadas, de las que trató de escapar en todo momento.

Finalmente el toro fue ovacionado y Nerón resultó abucheado y despedido con una lluvia de naranjas. El cronista redondea aquí el relato con unas frases ingeniosas: “A pesar de sus heridas, el elefante cogía las naranjas que le arrojaban con la trompa y se las zampaba sin más.

¿Os parece demencial?… Pues igual de demenciales son las corridas de toros, pero mucha gente carece de la perspectiva necesaria para darse cuenta.

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~ por kalicom en 31 agosto 2010.

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