Aligera la mochila, que no nos llevamos nada

Hace unos años, cuando mi madre ya se había hecho mayor y barruntaba el final, charlábamos una tarde sobre sus “posesiones”, sus joyitas, sus objetos acumulados durante toda una vida. Creo que para entonces lo que más apreciaba, su mayor tesoro, eran unos pedacitos de papel con notas breves y llenas de ternura que mi padre le había ido dejando encima de los muebles durante sus últimos años. Notitas redactadas con el trazo tembloroso de un anciano, reiterándole su cariño con un discurso adolescente y enamorado. Ella las había guardado todas y las sacaba de vez en cuando, las releía, y las llenaba de besos y de lágrimas.

A esas alturas, las cosas empezaban a tener su auténtica dimensión en la mente de mi madre que, cumplidos los ochenta, estaba aprendiendo a distinguir, por fin, lo importante de lo superfluo, lo trascendente de lo inconsistente.

De pronto, mientras trasteaba en el joyero enseñándome pulseras, añillos y collares que había lucido en épocas mejores, se quedó muy seria, se le perdió la mirada y me dijo: “Bueno, y todo esto se queda aquí cuando yo me muera claro”.

Por primera vez se había dado cuenta de que todo lo que tenemos en la vida es prestado y hay que dejarlo aquí cuando te marchas. Y no es que te vayas desnudo, es que ni siquiera el cuerpo te llevas, que aquí se queda incinerado o pudriéndose.

Lo cierto es que aquello me hizo pensar que la vida es un viaje más o menos largo, y que el viajero inteligente debe procurar que su mochila lleve el mínimo peso posible. Sin embargo la mayoría tenemos la obsesión de acaparar, de acumular, de cargarnos de cosas inútiles que sólo aportan peso, que nunca usamos pero que doblan nuestra espalda.

Todos, en mayor o menor medida, padecemos el famoso síndrome de Diógenes y nos resistimos a regalar o tirar aquello que ya no es útil o que quizá nunca lo fue. Si crees que exagero, quita los ojos de la pantalla y mira en la habitación en la que estás: ¿cuántas cosas tienes que hace meses o incluso años que ni tocas, ni miras, ni usas?

Basura de estantería y armario, basura a la que, todo lo más, le limpias el polvo de vez en cuando. Guardamos por si acaso, porque a lo mejor un día nos hace falta, pero cuando llega ese día ni te acuerdas de que lo tienes y, por lo tanto, resulta perfectamente inútil.

Es algo que comienza en la infancia: con siete u ocho años yo tenía la costumbre de guardarme cosas que encontraba por la calle y que me parecían interesantísimas: un muelle, un cristal, una piedra bonita… Y al hacerme mayor he seguido esa inercia.

¿Para qué guardo todas, absolutamente todas las hojas de paga que me han entregado a lo largo de cuarenta años de trabajo? ¿Para qué conservo discos que nunca escucho y nunca escucharé? ¿Para qué me sirven las guías turísticas de hace seis años? ¿Por qué no he tirado ya ese monitor que arrumbé porque funcionaba mal? ¿Qué hacen en mi armario unos chaquetones voluminoso y pasados de moda que no me he puesto en más de una década?

Guardamos por miedo, por miedo al futuro, a que nuestra vida carezca de sustancia, a no tener recuerdos y referencias del pasado. Pero ese afán nos encadena, nos impide vivir con amplitud el presente y esperar con apertura de criterio lo que depare el futuro. Hay que dejar espacio en nuestra mente, en nuestro armario y en nuestro corazón para lo que vendrá.

Abre los cajones y empieza a tirar, libérate. Coge unas bolsas grandes de basura y llénalas. Te vas a sorprender de la cantidad de cosas que acumulas y que no te sirven ni te servirán nunca para nada.

Ojo, no me refiero a tirar para hacer sitio y así acaparar cosas nuevas. Se trata de liberarte de aquello que te lastra física o  emocionalmente.

En mi casa hay tantos libros que cualquier lector necesitaría varias vidas para leerlos todos. ¡Eso es acaparar!… ¿O quizá los guardo por si me quedo paralítico y entonces sí tengo tiempo para ponerme a ello?

Tú sabes que no necesitas guardar ese vaso tan grande que te regalaron en el “burguer”; no tienes que perder espacio en tu habitación con la caja de esos zapatos que no te pones porque te hacen daño desde el primer día; no tiene sentido que ocupes media estantería con los periódicos de los últimos dos meses, sobre todo ahora que hay Internet.

Tirar es sano, terapéutico, y además te permite comprender que hay muy pocas cosas realmente necesarias para hacer el viaje.

Te propongo un juego: tira cada día una cosa, una sola cosa durante un mes entero. Cuando hayas tirado esas treinta cosas, piensa si estás peor o si te sientes liberado. Luego, de ti depende que intensifiques el ejercicio o lo abandones. ¡Yo ya he empezado!

Por cierto, cuando acabes con las cosas puedes empezar con los complejos, los sentimientos de culpa, los remordimientos, los arrepentimientos, las frustraciones… Porque esos también los acaparamos, y resulta que son tan innecesarios como los periódicos viejos, sólo que mucho más pesados y voluminosos.

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~ por kalicom en 13 septiembre 2010.

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