Cuando la vida es ajena

Compramos lo que nos dicen los anuncios, leemos lo que los críticos nos aconsejan, vemos las películas que la industria considera rentables, nos vestimos de acuerdo con las normas que dictan las pasarelas… Incluso nuestras ideas políticas se generan por afinidad familiar o cultural.

¿Entonces, cuál es nuestro papel en toda esta maraña? ¿Tenemos criterio propio?

Si somos capaces de bajarnos un momento, si conseguimos parar en el arcén y ver pasar la vida tal como es, podemos llevarnos una sorpresa mayúscula.

Nuestra “educación” no ha sido orientada a satisfacer de forma coherente nuestras necesidades personales y sociales, sino que pretende que nos integremos en lo global, perdiendo parcelas de individualidad, de contestación, de independencia de criterio, de rebeldía, de pensamiento propio.

La popularidad, que siempre ha sido una cualidad privativa de personas que desarrollaban una labor destacable y de interés social, se ha devaluado y deformado. Ahora se trata de “popularidad a cualquier precio”, como la que encontramos en esos programas degradantes de la televisión en los que personas normales desnudan sus corazones ante la cámara y nos cuentan sus miserias, sus tristezas, sus enfrentamientos familiares, su sexualidad y sus taras, convirtiéndose en un bien de consumo cuya vida es tan efímera como la propia duración del programa.

A granjeros solitarios y desconfiados que buscan esposa, se acercan mujeres frustradas, heridas, que no tienen pudor en reclamar su última oportunidad ante una cámara.

Acaparan audiencia grandes hermanos en los que los peores de cada casa exhiben sus carencias, su incultura y sus defectos para regocijo del respetable.

Programas llamados “del corazón”, conducidos por personajes que hace unos años habríamos considerado marginados, enseñan la basura que hay bajo las alfombras de los famosos y, cuando estos escasean, tiran de desconocidos y desconocidas dispuestos a cualquier cosa con tal de lograr unas horas, unos días o unos meses de fama y dinero. Hasta se ha acuñado la palabra “famoseo” para referirse a estos advenedizos de fama injustificada e injustificable que ocupan horas de televisión y hectáreas de papel couché.

Nunca hemos tenido tanto acceso a la información y nunca hemos estado tan desinformados, tan carentes de lógica y de criterio, de gusto y de cultura.

Creo que los medios de comunicación han cometido un error muy grave al permitir que la cantidad prevalezca sobre la calidad, adaptando sus contenidos a una sociedad de escaso nivel cultural, cuando lo que tenían que haber hecho es captar el interés de esa sociedad para acercarla al conocimiento, a la música, al arte, a la literatura, al teatro, al humor de calidad, al debate, a la ciencia…

Es muy difícil ver más allá de las apariencias cuando estamos sometidos a la pobreza de los mensajes que sustentan la dictadura de la mediocridad, esa que quita los espejos de la pared para que no veamos en qué nos hemos convertido, para que no seamos conscientes de que escondemos nuestras frustraciones detrás de las de los otros.

Somos consumidores inconscientes y anestesiados de bisutería cultural en un mundo de todo a cien en el que la ansiedad, la frustración y la falta de discernimiento echan raíces profundas. Vivimos las vidas ajenas para no tener que enfrentarnos a la nuestra, lloramos con las miserias de los demás sin asumir las propias y opinamos sobre Cristiano Ronaldo, sobre Lady Gaga o sobre Belén Esteban, pero no tenemos nada claro cómo enfocar nuestra vida privada, cómo preservar nuestra relación de pareja o cómo gestionar nuestro entorno familiar.

Demasiada gente vive alienada, desposeída de su personalidad, desorientada, controlada y teledirigida, actuando al dictado de otros.

Ya va siendo hora de que suene el despertador y miremos el espejo para ver lo que somos en realidad. Si lo que ves no te gusta, cámbialo. Analiza lo que piensas y lo que haces porque a lo mejor te estás dejando liar y eso no te va a llevar a ningún lado.

Pon tu cabeza en orden, piensa, rebélate, infórmate, decide qué es lo importante y actúa. Sólo entonces estarás viviendo tu propia vida.

Por cierto, repite el ejercicio constantemente porque es muy fácil dejarse arrastrar.

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~ por kalicom en 24 septiembre 2010.

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