Haciendo amigos: Ericsson

Cuando hace unos meses empecé a colaborar como voluntario para rehabilitar perros en la asociación Alba, mi primera duda era qué podía aportar realmente.

Allí había de todo: cachorritos, perros viejos, perros tullidos por accidentes o palizas, perros enfermos, perros tímidos, perros asustados… No tuve muy claro el tema hasta que Beatriz, una de sus cuidadoras y ahora buena amiga, me dijo con cierta tristeza: “Mira, hay un par de ellos que casi nadie se atreve a sacarlos porque son muy brutos, dan tirones, y a las voluntarias que vienen les dan muchos problemas y yo creo que hasta un poco de miedo.”

En ese mismo momento supe que aquellos iban a ser justamente mis perros: Botellón y Ericsson, dos tipos de armas tomar a los que me estoy dedicando con todo el cariño del mundo.

Hoy os voy a hablar de Ericsson, que es del que me siento más orgulloso. Es un precioso Pastor de Brie con unos tres años y algo menos de 20 kilos. Tiene ese nombre tan nórdico porque cuando lo encontraron en la calle, abandonado, llevaba atado al cuello el cable de un cargador de móvil Sony Ericsson (mejor no saber por qué).

Hay quien dice que era el perro de una familia de las afueras de Madrid, pero el caso es que lo pusieron de patitas en la calle, tuvo que pasar mucho miedo, se volvió desconfiado y enseñaba los dientes con facilidad. Por lo demás es un animal sano y fuerte que se lleva bien con perros y gatos, muy inteligente y con ganas de aprender.

Cuando empecé a trabajar con él nunca me miraba a la cara, tiraba del arnés hasta quedarse a dos patas y, en cuanto me descuidaba, mordía la correa y me retaba a quitársela dando unos tirones secos de los que te arrancan el codo y el hombro. Tenía una obsesión enfermiza por los juguetes en general y por la pelotas en particular. He llegado a verle con dos pelotas, un aro y un kong en la boca, todo al mismo tiempo. En esas ocasiones viene hacia ti y te reta a quitárselo, sin la menor intención de que lo consigas.

Este tema de los juguetes y las correas me preocupó desde el principio, porque me di cuenta de que cuando los tenía en la boca temblaba de una forma extraña, descontrolada. Lo que en otros animales es sólo un juego, en él es un comportamiento obsesivo.

Bueno, como veis era todo un reto convertir a este peludillo en un perro obediente, relajado y tratable. En eso estoy.

Lo primero que hice fue leer sobre los perros de esta raza y me encontré con que son animales de defensa y guarda a los que hay que empezar a educar desde muy pequeños, porque si no acaban siendo demasiado independientes y desobedientes.

El retrato que hacían las informaciones encajaba perfectamente con mi Ericsson: vital, alegre, juguetón, necesitado de mucho ejercicio, exigente, caprichoso y totalmente a su bola.

Antes de que yo lo conociera, Marina, otra voluntaria de Alba, había empezado a trabajar con él, pero había optado por la vía del cariño y de los mimos, lo que acentuó ese carácter de niño malcriado que tiene Ericsson. Ahora estamos tratando de unir criterios para ser más efectivos.

La primera vez que entré en su chenil estuvo un rato saltándome encima como un auténtico gamberro y cuando intenté ponerle la correa se volvió, me la arrancó de las manos antes de que pudiera reaccionar y se puso a destrozarla. Si trataba de quitársela daba tirones retándome a que yo también los diera. Fue muy frustrante.

Cuando finalmente pude ponérsela, lo saqué a un recinto cerrado muy grande que tiene Alba para que puedan corretear. Allí, todo su empeño era que le tirara la pelota para ir a por ella, pero luego no la soltaba. Inventé un truco con dos pelotas con el que conseguía un ciclo continuo de idas y venidas que a mi me agotaba y a él lo enardecía hasta hacerlo temblar. No era el camino.

Mi único recurso era convertirme en macho alfa, en jefe, así que, siguiendo los estupendos consejos de unos especialistas en educación canina de la Asociación Oye, empecé a trabajarme a Ericsson por el estómago, premiando sus buenas actitudes con pequeños trocitos de salchicha. ¡Funciona!. Con paciencia y autoridad, he conseguido que me respete y le estoy enseñando rutinas como “siéntate”, “túmbate”, “mírame”,“quieto”, “espera”, “ven”…

¿Qué logro con eso? Desde luego no se trata simplemente de que obedezca sino de que su energía baje a un nivel tolerable, porque lo que no pierdo de vista en ningún momento es que mi meta es transformarlo en un animal sociable, manejable, que pueda vivir con una familia en el futuro, que pueda ser adoptado.

En este proceso de enseñarle a estar relajado, una cosa que hago siempre que lo saco es cepillarle el pelo, que es algo que le gusta y lo tranquiliza.

Mi compañera Marina se está esforzando igualmente muchísimo por conseguir que Ericsson sea un buen chico con el que pueda convivir la gente. Tengo que agradecer especialmente la colaboración de todo el personal y voluntarios de Alba, que han quitado de en medio los juguetes para evitar que él se los encuentre por el recinto, cosa que no conviene a su reeducación.

Hoy Ericsson me mira a los ojos, obedece las órdenes, intenta que esté contento con lo que hace y está aprendiendo a andar a mi lado sin dar tirones. Hemos avanzado muchísimo, pero aún nos queda todo un mundo de cosas por mejorar… Esta última semana, sin ir más lejos, por descuido mío se hizo con la correa y volvió a las viejas convulsiones. La trituró y yo tuve que armarme de paciencia y no tratar de quitársela para evitar alimentar su compulsión. Ya veis, esto va así, poquito a poco.

Recuerda que si tienes un perro debes tratarlo con cariño pero con energía y confianza en ti mismo, dándole órdenes concretas, claras y que no sean contradictorias. Tu perro lo que querrá es agradarte para que estés contento con él y por eso debe tener claro qué es lo que te gusta que haga y qué no, qué esperas de él y qué quieres evitar. También es fundamental que tenga definida su posición en el grupo familiar (que por supuesto debe ser la última, incluidos los niños) y debe respetar unas normas mínimas de convivencia.

Si hoy le permites hacer una cosa y mañana le regañas por lo mismo, lo desconcertarás, estará nervioso y dudará de tu liderazgo. Hay que ser coherente y constante. No lo olvides: un perro que sabe cuál es su lugar en casa es un perro feliz.

A mí todavía me queda mucho camino con Ericsson, pero con paciencia, constancia y buena energía, voy a sacar el maravilloso perro que sé lleva dentro. Ya os contaré.

Por cierto, las protectoras de animales siempre andan escasas de voluntarios para trabajar con los perros; ¡Anímate!

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~ por kalicom en 25 noviembre 2010.

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