Ya está aquí la maldita Navidad

 

Vivía yo tan tranquilo, casi recuperado el ritmo tras el verano, superado apenas  el síndrome de la falta de luz solar, centrado de nuevo en esas rutinas que llamo vivir la vida, cuando, de repente, de forma prematura, inadecuada en tiempo y manera, ha llegado la primera avanzadilla de la maldita Navidad.

Hablo de la Navidad de principios de diciembre, que es una elucubración mercantil que cada año en fechas más tempranas se va acercando poco a poco, disimuladamente, como en aquel juego del “un dos tres, escondite inglés” de nuestra infancia.

De pronto un día bajas a la tienda y dónde estaban los pañuelos y los rollos de cocina ahora están los polvorones, las mantecadas, los mazapanes, los turrones y el resto de las armas de destrucción masiva con los que nos obsequian los pasteleros.

Tú los ves y tus neuronas se frotan las sinapsis mientras el departamento de lógica se imagina los sacrificios que vas a tener que hacer luego para aliviar a la báscula. De todos es sabido que con una semana de hambre adelgazas cuatrocientos gramos y que con una cena con los amigos engordas un kilo y pico.

Esos adolescentes y niños que no soportas durante el resto del año porque van a lo suyo y te pisan sin esbozar una disculpa, o te adelantan amenazantes por la acera con el monopatín, o vociferan entre ridículas carreritas, demuestran ahora sus dotes histriónicas y con voz atiplada de zángano hormonado se tiran encima del timbre de la puerta y, cuando abres, escenifican un “Feliz Navidad”, un “¿Nos da el aguinaldo? o, lo que es peor, berrean con desgana un villancico que ni siquiera se saben correctamente.

Luego están los petardos. Cómo es posible que haya tarados que se pasen toda la noche atronando las calles sin pensar en quienes ya se han acostado. Mi única esperanza es que unos cuantos resulten mal heridos y la policía tome cartas en el asunto de una puñetera vez. Bien valdrá unos cuantos dedos perdidos la tranquilidad de la ciudadanía y de los pobres perros, que se pasan las malditas navidades a base de calmantes caninos porque a la gente de dos patas les viene el instinto dinamitero.

Las navidades deberían de durar dos días: Nochebuena y Navidad, quedando prohibido bajo pena de deportación a Marruecos manifestar nada sobre el tema fuera de esas cuarenta y ocho horas. A santo de qué se me acerca a mí ese señor que casi no conozco y me echa una sonrisa de oreja a oreja y me desea una feliz Navidad. Por qué ese empeño; yo ya soy moderadamente feliz todo el año y no necesito que se declare oficialmente el “Día mundial de Ser Feliz por Cojones”.

Además, los adornos luminosos cuestan una pasta, tanto los municipales como los particulares. Los frikis y los horteras ven el cielo abierto para llenar los balcones de bombillitas parpadeantes y papás noëles trepadores. Pero si hasta ponen el árbol en el balcón, exportando al vecindario su insoportable espíritu navideño.

Si no fuera por los niños yo prohibiría terminantemente la Navidad por lo que tiene de falsa, de hortera, de plasta, de ñoña y de trasnochada.

¡Feliz Navidad!

 

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~ por kalicom en 6 diciembre 2010.

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