La única posesión (ficción literaria)

 

Gampopa Tsongkhapa miró hacia la ventana, entornó los ojos y me respondió en un tono suave mientras esbozaba una sonrisa.

– “Mi querido Sohi’nam, tu pregunta es como esa pequeña semilla que un día llegará a ser un árbol frondoso y gigantesco. Ahora se pierde en la palma de tu mano, pero cuando se desarrolle, cuando despliegue sus ramas buscando la luz, año tras año, ni diez hombres juntos serán capaces de abarcar su tronco.”

No entendí nada de lo que decía el maestro, pero me daba vergüenza preguntar, así que me mantuve en silencio. Él se dio cuenta y soltó una carcajada que estremeció los surcos profundos de su piel de color aceituna.

– “¿Cuántos años tienes?”

– “Nueve maestro.”

– “¿Y cuántos llevas con nosotros?”

– “Dos maestro.”

Por un momento se quedó en silencio como valorando mis respuestas, quizá intentando adivinar cómo funcionaba mi mente a mi edad y con mi escasa experiencia.

– “¿Sabes lo que significa tu nombre?”

– “Sí maestro, significa -buena suerte-”, dije contento de saber al fin algo.

– “Vaya, es estupendo que la buena suerte de tu nombre te acompañe toda tu vida.”

-“Supongo que sí”, murmuré bajando los ojos.

Benga Cerin, el lama que auxiliaba al viejo maestro entró con una bandeja con dos tazones de bronce y una jarra de té con manteca de yak. Dejó la bandeja en la mesita baja y después de hacer una ligera inclinación de cabeza se alejó.

Gampopa Tsongkhapa extendió la mano hacia la bandeja.

– “¡Sirve el té, por favor!”

Llené un tazón levantando mucho la tetera para que el chorro hiciera espuma y volví a mi cojín.

– “¡Dos tazones! Hoy beberás conmigo” añadió el maestro.

Estaba asustado, era sólo un niño que debía estar con los otros niños, no compartiendo el té con el hombre más sabio que conocía. El maestro, que parecía adivinar todos mis pensamientos, me miró fijamente a través de sus párpados hinchados y ya casi cerrados.

– “¿Sabes qué diferencia hay entre tú y yo para el universo?”

Dejé de respirar. Ni siquiera fui capaz de emitir un sonido, y más que ninguna otra cosa en este mundo esperaba una respuesta sencilla, que yo pudiera entender.

– “Ninguna”, dijo al fin, apretando luego los labios y levantando la barbilla trunfante, seguro de que me había sorprendido.

– “¿Ninguna? Pero, maestro yo… yo sólo soy un niño y usted es…”

– “¿Crees que me llevaré mi sabiduría cuando muera, crees que me llevaré mis recuerdos, mis pertenencias, mi cuerpo, mi alma? ¡No!. Y lo mismo te ocurrirá a ti cuando llegue el momento.”

– “¿Entonces qué tenemos?” Dije espantado.

– “Somos inmensamente afortunados porque lo tenemos todo. Tenemos el universo a nuestro alrededor y una misión que cumplir en él. Cada día de nuestra vida, en cada instante.

Tengas la edad que tengas, hagas lo que hagas, seas lo que seas, poseas los conocimientos que poseas y estés donde estés, ama intensamente lo que te ha sido dado, ya sea un paisaje, un sonido, una palabra, un conocimiento, un animal o una persona. Ese amor es tuyo, es lo único que es y será tuyo. El pasado sólo son recuerdos, el futuro es una pura especulación. Sólo el presente tiene sentido y es plenamente real. Aprovéchalo.

Ahora ve a hacer tus tareas.”

Comprendí que aquella era la respuesta a la pregunta con la que yo había abierto la conversación, así que me levanté satisfecho y dispuesto a meditar sobre ella. Hice un reverencia, anduve unos pasos hacia atrás y me marché.

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~ por kalicom en 6 enero 2011.

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