Luis Candelas: bandolero de coplas en el viejo Madrid

Luis Candelas Cajigal fue uno de los bandoleros más famosos de Madrid y protagonizó coplas, rumores y piezas literarias que relataron sus andanzas. Nació en marzo de 1806 en la calle del Calvario, en el seno de una familia acomodada. Su padre, Esteban Candelas, tenía una carpintería y era considerado buena persona y gran profesional en el barrio de Lavapiés.

Dicen que la comadrona que lo trajo al mundo le vio debajo de la lengua una extraña marca en forma de cruz, de aspecto y color nacarado, una especie de “signum diavoli” que anunciaba una vida poco común.

Luis, temperamental y rebelde, se negó a seguir la profesión de su padre y apenas fue dos años a la escuela de los jesuitas de San Isidro, que se lo devolvieron a sus progenitores porque no hacían carrera del niño.

Peleón, chulo, golfo, agresivo y pandillero desde muy joven, pronto cambió las piedras y los palos por la navajas de Albacete.

Su primer lance lo tuvo con Paco “El Sastre” un muchacho que tenía fama de fuerte y mandaba una banda de maleantes. Lo retó a un duelo. Luis aceptó y tuvo la suerte de hacerle a Paco un corte en la cara con su navaja, lo que zanjó la cuestión. Tiempo después Paco llegaría a ser gran amigo, hombre de confianza y lugarteniente de Candelas cuando éste tuvo su propia banda.

Muerto su padre, que era el único que le ponía freno, Luis Candelas se convirtió en ladrón.  A los 16 años, en 1827 fue capturado por la policía y encerrado en la cárcel del Saladero. Esto pareció hacerle cambiar y  pasó a dedicarse a una profesión más normal ya que su madre le consiguió un puesto de agente del fisco, de “matutero”,  que consistía en evitar que la gente pasara mercancías “de matute” a la ciudad sin pagar los debidos impuestos al Fisco, es decir a las arcas reales.

Podría pensarse que eso era poner al zorro al cuidado de las gallinas, pero al parecer Luis desempeñó honestamente su trabajo, aunque tuvo que abandonarlo por un “escandaloso asunto de faldas”. Quizá aquella cruz nacarada de su lengua nunca le permitiría tener una vida normal.

Aunque fue hombre de muchas mujeres, se enamoró sinceramente de una viuda de 23 años. La boda se celebró un lunes de Carnaval en la Parroquia de San Cayetano, pero el matrimonio apenas superó la luna de miel y Luis volvió a su carrera en la delincuencia, que ejercía con la innovadora máxima de “No herir ni matar a nadie”, algo que parece que cumplió durante toda su vida. Cambió la brutalidad por habilidad, por firmeza, gracia y buen estilo.

Se reunía la banda de Luis en La Taberna del Cuclillo, en la calle Imperial, muy cerca de la Plaza Mayor y del restaurante que lleva hoy en su recuerdo el nombre de “Las Cuevas de Luis Candelas”.

El dueño del Cuclillo había sido un maleante y aventurero que escapó de una cárcel francesa forzando los grilletes, y lo hizo con tal empeño que se produjo una grave herida en un pie que le dejaría cierta cojera toda su vida. El local tenía una puerta trasera muy oportuna para el escape y el patrón se ocupaba en despistar a la autoridad cuando era preciso, recibiendo por ello una parte de las ganancias de Candelas.

Pero no era el Cuclillo el único punto de encuentro para la banda, que también frecuentaba otros locales como “La Taberna de Jerónimo Morco”, “La Taberna de la Paloma”, la de “Traganiños” o la del “Tío Macaco” siempre provista de buenas hembras para alegrar la noche y propiciar la juerga.

Candelas fue un héroe romántico cantado por el pueblo al que se achacaron muchas hazañas que son más invención que realidad.

Según la ficha policial que se le abrió al poco de su boda, Luis era un “hombre de 21 años, estatura regular, pelo negro, ojos oscuros, nariz regular, boca grande, mandíbula prominente y dientes iguales y blancos. Sin bigote ni patillas y de complexión recia y bien formado en todas sus partes” .

Por los testimonios que quedaron en su ficha policial, Candelas era un avezado “espadista”, es decir, un ladrón que usabas llaves falsas y ganzúas para robar, así como un fino “tomador del dos”, que es como se llamaba a los que hurtaban de los bolsillos.

Luego se convertiría en asaltante de diligencias, un trabajo en el que se prodigaría de tal manera que se volvió demasiado famoso, animando a la Justicia a enviar en su búsqueda a los escopeteros reales, que terminarían deteniéndolo en las proximidades de Tarancón.

La Real Audiencia de Madrid lo condena por sus innumerables asaltos a la pena de trabajos forzados durante un período de 20 años que deberá cumplir en el penal de Alhucemas.

El recorrido de Madrid a Alicante, donde estaba previsto el embarque, lo inicia en noviembre de 1929. Va andando, enganchado a una cuerda de presos. Al llegar a Alicante Candelas usa de sus habilidades y valiéndose de una hebilla se libra de las cadenas. Seguidamente provoca un incendio, con lo que los guardias se deben emplear en sacar a los reclusos de la cuadra en la que estaban. Luis aprovecha el tumulto y escapa. Regresa a Madrid y allí se entera de la muerte de su madre y de que ésta le ha dejado en herencia una fortuna de 62.000 reales.

Tan inesperada riqueza le permite crearse una doble personalidad y adquirir una vivienda en la calle Tudescos y convertirse en el elegante y fino hacendado Luis Álvarez de Cobos, atendido siempre por Román, su criado de confianza. Como tal y hecho un pincel, el irreconocible Luis Candelas frecuentaba el Salón del Parado y las plateas del Teatro de la Zarzuela,  los salones de La Fontana de Oro y el elegante café Lorencini, situado en la mismísima Puerta del Sol.

Su nueva fortuna le permitió también abrir una taberna en las cercanías de la calle Jacometrezo, que además le servía de lugar de reunión con sus compinches y de vestuario para transformarse de ladrón en señorito y viceversa.

Sus golpes fueron creando cierta inquietud social, lo que le llevó a decidir tomarse un descanso. En 1937 viajó a Valladolid con Clara, una muchacha de la que andaba enamorado, que lo denunció al enterarse de su condición de delincuente.

Detenido de nuevo es trasladado a Madrid, a la cárcel de Corte del Palacio de Santa Cruz. Es juzgado por más de 40 delitos a los que se une como agravante la acusación de ser un liberal y es condenado a garrote vil.

Cuando subió al patíbulo se le preguntó si quería decir unas últimas palabras y el bandolero respondió: “Sé feliz, patria mía”.

Ese día el mito de Luis Candelas se convirtió en leyenda.

 

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~ por kalicom en 21 febrero 2011.

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