El tonto del pueblo

Leía esta mañana sobre las múltiples webs de “trueque” online que acoge ya el ciberespacio. He sentido una suerte de escalofrío, porque me han salido del desván relatos de postguerra, de años de hambre y miedo, de épocas de dictaduras, de persecuciones por las ideas, de intolerancia. Años sin futuro en los que hombres ineptos y crueles anteponían sus intereses personales o de grupo a los generales, a los del pueblo, a los de la mayoría.

He visto policías aporreando sin control, sabiéndose respaldados por la autoridad; he visto políticos sin talla pero con malicia; he visto leyes revisadas para favorecer sólo a los ricos.

Vivimos en una España de mentiras electorales pronunciadas sin pudor, que ahora se revelan como tales. Vivimos en un país que ha perdido el marchamo democrático y sufre una dictadura insolente, ejercida con un lenguaje para deficientes mentales: estoy convencido de que este Gobierno considera que gobierna “al tonto del pueblo”, ese tonto que sonríe ante la burla cruel, que asiente sin comprender el desprecio.

Vivimos en un país desahuciado por los J.P Morgan y otros similares que no entienden por qué España no ha pedido ya el rescate, mientas Rajoy y su corte se llenan la boca con la “Marca España” y detraen 900.000 euros del presupuesto de Cooperación para que los grandes partidos se los gasten en un par de meses en hacerles publicidad, ensalzando los valores de la democracia española… ¡Bendito se a Dios, con la que está cayendo!

La dilación de la ayuda no hará más que agravar la situación y, por supuesto, no va a engañar a nadie con dos dedos de frente sobre la manifiesta incompetencia del ejecutivo, cuyo máximo representante se fuma un puro con satisfacción por las calles de Nueva York mientras juega a ser importante.

Pronto estaremos bajo mínimos en empleo, en vivienda, en salud, en cultura, en ciencia, en arte…

Lo gracioso es que los bancos, los ricos, los inversores, los grandes empresarios, no están tampoco contentos, aunque todo lo hecho hasta ahora haya ido en su favor. Ellos se rigen por el código de la ambición, en el que no caben la comprensión y la aceptación, en el que no está contemplado compartir también lo malo.

Hoy, las dos Españas ya no son las derechas y las izquierdas sino los que tienen de todo y los que no tienen de nada, los que acaparan derechos y prebendas y los que sufren necesidades y olvidos.

En este maremagnum los catalanes independentistas, conscientes de la debilidad del Gobierno, aprietan el acelerador. No podía ser de otra manera.

¿Es tan difícil entender que todo este cataclismo es fruto del sistema? ¿Es tan complejo comprender que la clase política debe someterse a una depuración ética para evitar que, como hasta ahora, viva en un mundo hecho de clasismo, simonía, ventajas, picardías y corrupciones?

Tengo la esperanza de que, poco a poco, se vaya materializando una España transversal, integrada por personas de diferentes creencias políticas y religiosas; una España que respete al tonto del pueblo, a los animales, a las minorías. Una España que castigue a los ladrones y ensalce a los hombres de paz y conciencia.

¡Claro que, como yo soy otro tonto del pueblo, a lo mejor es que no me entero!

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~ por kalicom en 28 septiembre 2012.

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