Donde no podamos verles

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La amenaza del ébola probablemente será la última palada en el entierro del Partido Popular, que nos viene obsequiando desde hace mucho con acciones y omisiones de verdadero escándalo.

Hoy, ahora mismo, este país ha sido abandonado por su Gobierno, que se esconde tras un velo de silencio porque no sabe por dónde coger el tema.

Mientras Mariano Rajoy se fuma el puro de la felicidad asegurando que no hace más que recibir felicitaciones, el consejero de Sanidad de Madrid echa balones fuera con una torpeza que ni siquiera su partido es capaz de respaldar.

Javier Rodríguez ha buscado una salida fácil acusando a la enfermera infectada de haberse tocado la cara con un traje que ni siquiera era el adecuado para protegerse de un virus tremendamente peligroso. Una enfermera que no había recibido la formación necesaria y suficiente para desarrollar este trabajo y que, si de algo ha pecado, ha sido de exceso de valentía al prestarse voluntaria para una misión humanitaria de altísimo riesgo.

Me da la risa amarga cuando recuerdo a la ministra Ana Mato asegurando que estábamos preparados para el ébola cuando, al mismo tiempo, escucho esta tarde las declaraciones de un médico que asegura que el traje de protección que le habían dado no era de su talla –es un hombre alto- y que las mangas se le quedaban cortas. Se me caen las lágrimas cuando veo a una profesional sanitaria enseñando el rollo de cinta americana con el que se envolvían los bordes de los guantes para protegerse de la infección. Se me hiela el corazón cuando contemplo la foto de un biombo separando el mundo de los sanos de las áreas de máximo riesgo.

No señora Mato, no estábamos preparados para el ébola y seguimos sin estarlo. Lamentablemente el peligro sigue activo y por eso los sanitarios se están negando a jugarse la vida estúpidamente.

 

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Y ustedes callados, callados como muertos porque ya son muertos políticos. Porque saben muy bien que ha sido su política de privatización de la Sanidad Pública la que ha llevado a esta situación, porque ustedes desmantelaron las instalaciones del Carlos III para venderle la exclusiva a alguna empresa afín y ahora han querido recuperarlas, pero de una forma ratonera, sin siquiera proveerse de los medios, sin difundir los protocolos de actuación, sin tener a un equipo profesional entrenado. Toda esta historia del ébola, que acaba de empezar, ha sido un cúmulo de mentiras oficiales que nacen tanto de la ignorancia como de la falta de pudor político.

Ustedes le echan la culpa de esta situación a una enfermera para echar balones fuera, porque hay elecciones a la vista y eso es lo que realmente les importa. La verdad es que ya son expertos en el escaqueo, en cargarle el muerto al más débil: al capitán del Prestige le endosaron la crisis del chapapote, el piloto del Yak-42 fue su comodín para salir de aquel marrón, los conductores del AVE de Santiago y del metro de Valencia fueron otra dos de sus cabezas de turco. En cuanto a la crisis, ya nos dijeron a los ciudadanos que la culpa era nuestra porque habíamos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades.

Mintiendo, engañando, prevaricando, ocultando, culpabilizando de los errores propios, incumpliendo las promesas electorales, alardeando de logros inexistentes, prometiendo futuros imposibles, hundiendo el mundo laboral, la enseñanza, la sanidad y la ilusión de la gente es como hemos llegado a esta situación.

Pero a ustedes ya no les importa nada, ustedes siguen practicando la simonía más vergonzosa, olvidando la aconfesionalidad del Estado acordada en la Constitución, creando puestos de trabajo de chirigota, haciendo que los jóvenes se marchen fuera para buscar un futuro que les han robado, ignorando al mundo de la investigación científica, pasándose sobres para complementar sueldos ya escandalosos, inhabilitando a jueces que no se callan, golpeando, multando y encarcelando a ciudadanos por manifestar opiniones distintas a las suyas.

Ustedes han perdido su oportunidad y con ella están perdiendo miles de votos de ciudadanos que ya no están dispuestos a ser gobernados por mentirosos sin preparación, sin criterio y sin capacidad para comprender cuáles son sus necesidades reales.

Ustedes se encastillan en sus sueldos, en sus privilegios, en su poder, en su inmunidad, y llegan a creerse que son una clase superior intocable, que son una élite intelectual y moral cuando sólo son unos inútiles dispuestos a vender su alma por una tarjeta black. Ustedes practican el mercadeo de cargos, de contratos y de privilegios sin reparar en las consecuencias. Han logrado establecer en este país el estado del malestar y, probablemente hasta se sientan orgullosos de ello, tal es su descaro. Han logrado elevar el viejo caciquismo a la categoría de acción de Estado cuando eso sólo sirve para dividir a la sociedad en ricos y pobres.

Sí, ustedes son los ricos, los que tienen buenos sueldos y sobresueldos, los que compran cigarrales y pisos expropiados, los que van a hoteles de lujo y a restaurantes con estrellas Michelin. Nosotros somos los que morimos un poco cada día viendo la nevera tan vacía como la cuenta del banco, tratando de animar a unos hijos que no tienen mañana, atenazados por el futuro más incierto que recordamos.

Por eso, si les queda un atisbo de honestidad, por favor, se lo ruego, dimitan, dimitan en bloque, márchense, déjennos intentar arreglar este desaguisado. Cojan el dinero y corran, váyanse a disfrutarlo a otra parte, pero lejos, donde no podamos verles.

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~ por kalicom en 9 octubre 2014.

Una respuesta to “Donde no podamos verles”

  1. Mejor que no se vayan y menos con todo el dinero, nuestro, que han robado. Que intercambien sus zapatos por los de cualquiera que se halle en el polo opuesto de la situación general que ellos han creado, empezando por ese pobre perro, el de la enfermera a la que quieren cargar con el muerto de la propagación, si la hay, del ébola en Madrid y al que han asesinado, convirtiéndole en el primer chivo expiatorio, uno más, de todos sus desmanes. Que no se vayan, que se queden para que podamos verles y hacerles pagar todo lo que han hecho, que no es poco.

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