¡Hablad con ellos porque, probablemente, sí os estén escuchando!

•8 Febrero 2010 • 1 comentario

Hace unos años mi padre murió de un accidente cerebro vascular tras un mes en estado de coma. Durante aquellas cuatro semanas en el hospital yo estaba convencido de que sus oídos no me escuchaban, de la misma manera que su ojos no me miraban y no podía hablarme.

En algunos momentos, “por si acaso”, le hablaba, incluso llegué a leerle algún pasaje de su querido Quijote, aunque lo hacía más por darme unas palmaditas en la conciencia que por pensar que entre nosotros hubiera una mínima posibilidad de comunicación.

Pero el viernes pasado me topé en El País con una información que me ha dejado muy desasosegado. Trata de un estudio realizado simultáneamente en las universidades de Cambridge y de Lieja con un grupo de personas en estado vegetativo y aparentemente desconectadas de la realidad.

Según los resultados del ensayo, para el que se han empleado los equipos de resonancia magnética más modernos, el cerebro es capaz, incluso en algunos de estos pacientes, de activar las mismas zonas que se activan en un individuo sano y consciente cuando se le hacen preguntas que admiten contestaciones de “sí” o “no”.

Las respuestas se han obtenido registrando los cambios de actividad eléctrica de esas partes del cerebro, que son diferentes y muy concretas cuando se trata de una negación o de una afirmación. Lo cierto es que a los pacientes les preguntaron de viva voz y sus cerebros contestaron de forma coherente y correcta.

Lo que nos plantea este experimento es que entre la total desconexión y la vigilia absoluta hay un montón de posibilidades que habrá que estudiar con mayor ahínco y profundidad porque, de confirmarse los resultados obtenidos en Inglaterra y el Bélgica, se abre ante nosotros todo un abanico de posibilidades de comunicación con estos enfermos, que nos ayudarán a mejorar las condiciones de tratamiento y de trato, y que nos permitirán establecer un código elemental con el que podrán transmitirnos sus inquietudes o sus deseos, incluida la autorización de la eutanasia.

Yo, por desgracia, ya no puedo hacer nada, mi oportunidad pasó, pero os pido a todos los que ahora estéis en ese trance o lo hagáis en el futuro, que actuéis mejor que como lo hice yo: hablad con ellos, evitad a su alrededor conversaciones o discusiones familiares que les puedan herir o inquietar. No los tratéis como niños pequeños o como si no estuvieran.

Y cuando tengáis un momento tranquilo, de intimidad, coged su mano y decidles cuánto los queréis.

Si no te acuerdas es porque a tu cerebro le hace falta un poco de gimnasia

•5 Febrero 2010 • Dejar un comentario

Dicen los especialistas que a partir de los treinta nuestro cerebro tiende a sentarse en el sillón de la monotonía, de la inercia, de la rutina, del “lo mismo de siempre”, y entonces viene aquello de: “Sí hombre, cómo se llama este chaval, ¿no sabes quién te digo?, sí, verás, uno que es bajito y así como anchote… pero si lo tengo en la punta de la lengua”.

Pero lo cierto es que en la punta de tu lengua sólo hay papilas gustativa. Los recuerdos los tienes en el cerebro y es de ahí de donde tienen que salir.

Poco a poco se te olvida una password, piensas que te han robado el coche cuando en realidad lo aparcaste en otro lado, no recuerdas cómo se llama ese tío que te acaban de presentar, no sabes dónde has dejado las gafas, se te ha borrado cómo se hacía para sintonizar los canales de la tele…

¿Sabéis de lo que os hablo, a que sí?

Cuando pasa todo esto empezamos a preocuparnos, a pensar que con la edad se nos están muriendo neuronas a puñados y que pronto nos veremos en medio de la acera sin saber a qué casa tenemos que volver. Pero la pérdida de memoria no es necesariamente un problema de cumplir años.

Los neurocientíficos han comprobado que la pérdida de memoria a corto plazo no depende de la edad y no es una consecuencia de que las neuronas mueran o degeneren sino de que se interrumpen las conexiones que hay entre ellas, esas ramificaciones llamadas “dendritas” que hacen que la información circule con soltura por el entramado cerebral.

¿Por qué pasa esto?, sencillamente se trata de un problema de falta de uso. Cuando esos “cables” que unen las neuronas se tiran mucho tiempo sin trabajar se atrofian, así que las informaciones nuevas que llegan se pierden en el laberinto cerebral y no hay forma de llegar a ellas.

Una buena alimentación, vitaminas y ciertas medicinas ayudan en parte, pero nada es tan eficaz como las neurotrofinas, que son una familia de proteínas que el cuerpo genera de forma espontánea y que ayudan al buen funcionamiento y la supervivencia de las neuronas que ya tenemos, e inducen la generación de neuronas nuevas.

De hecho, aunque la mayoría de las neuronas del cerebro de los mamíferos se forman antes del nacimiento, las partes del cerebro adulto (el hipocampo por ejemplo) mantienen la capacidad de sintetizar nuevas neuronas a partir de células madre mediante un proceso llamado neurogénesis. Las neurotrofinas ayudan a estimular y controlar la neurogénesis.

Vale pero… ¿de dónde saco yo las neurotrofinas? Pues es muy fácil: Poniendo las neuronas a hacer gimnasia: levántalas del sillón, sorpréndelas, haz que saboreen, que vean, que oigan, que huelan, que toquen. El truco es romperles los esquemas, sacarlas de la rutina, obligarlas a hacer cosas diferentes a las habituales. Una vez estimuladas, una vez que tu cerebro deje de trabajar “en automático”, tu organismo generará neurotrofinas que, como brigadas de reparación, empezarán a crear nuevos tendidos dendríticos y a comunicar con eficacia todas las células de tu cerebro. Así es como recuperarás la memoria perdida.

Aquí traigo unos ejercicios sencillos que nos propone el Duke University Medical Center, que ayudarán a generar neurotrofina y a poner en forma nuestras dendritas:

1) Intenta, al menos una vez por semana, ducharte con los ojos cerrados. Emplea sólo el tacto, busca las llaves del grifo, ajusta la temperatura del agua, tantea hasta dar con el gel y el champú, y cuando termines busca la toalla y sécate. Te sorprenderá la variedad de texturas a las que nunca prestas atención.

2) Emplea tu mano no dominante, es decir, si eres zurdo usa la derecha y si eres diestro la izquierda. Coge los cubiertos con ella, trata de escribir, agarra el cepillo de dientes al lavarte. Eso hará que tu cerebro tenga que hacer un esfuerzo inesperado que pondrá a circular neurotrofinas por tu sangre.

3) Lee en voz alta, como hacen los niños, eso activa circuitos distintos de los que usas al leer en silencio.

4) Altera tus rutas habituales para ir a la tienda, al trabajo, a casa. Explora nuevas calles y medios de transporte.

5) Modifica tus rutinas. Haz cosas diferentes. Sal a la calle, alterna, habla con gente de distintas edades, de diversas ideología y con distintas profesiones que te aporten novedades. Haz cosas de forma inesperada. Usa las escaleras en lugar del ascensor. Sal al campo y percibe sus sonidos, su colores, sus olores.

6) Cambia algunas cosas de sitio para alterar el mapa que tu cerebro tiene de tu entorno. Si pones el cubo de la basura en otro lado, ya verás la de veces que vas a tirar las cosas al sitio antiguo.

7) Aprende a hacer algo nuevo. Da igual lo que sea: cocinar, practicar un deporte que desconoces, estudiar un idioma nuevo. También puedes hacer cosas que ya hacías pero de una forma distinta: arma un rompecabezas con un ojo tapado, por ejemplo, con lo que tu cerebro, al perder la percepción de profundidad, pondrá en marcha mecanismos compensatorios.

8) Identifica objetos con el tacto, sin mirar: pon por ejemplo varias monedas distintas en un cuenco y sólo con el tacto trata de identificar si son de euro, de cincuenta céntimos, de veinte, de cinco, de uno….

¿Y a qué venía todo esto?… Ah, sí, a que verás como con este pilates mental tu cerebro vuelve a funcionar.

¡Felices neurotrofinas!

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¿El gato negro es un ser demoníaco?

•29 Enero 2010 • 1 comentario

Hace un par de meses le regalaron a un amigo mío un gato, un gato negro, y su primera reacción fue de reparo: ¡Vaya, un gato negro!, ¿Eso no trae mala suerte? Se podría pensar que su comentario no fue más que un simple topicazo, pero la cosa es bastante más complicada y profunda.

El gato es el más hermoso e incomprendido de los animales domésticos y siempre ha sido motivo de controversia. Lleva con nosotros cerca de 9.000 años y hoy se cría en todo el mundo, donde se calcula que hay unos 200 millones de ejemplares de las distintas razas.

Su independencia, su carácter huidizo, la intensidad de su mirada, su aire acechante, su agilidad, sus afiladas garras y su rapidez de movimientos, que no son más que las características propias de un depredador eficiente, producen inquietud y desconfianza en muchas personas, que recelan de acercarse a ellos y mucho más de adoptarlos como mascotas.

Pero lo cierto es que los gatos fueron muy apreciados por las grandes civilizaciones, en particular por la egipcia, que veía en ellos cualidades sagradas dignas de la mayor veneración y respeto. De hecho, cuando un gato moría en Egipto sus dueños se rapaban las cejas en señal de duelo y lo embalsamaban respetuosamente. Tanta importancia tuvo el gato para la civilización del Nilo que incluso una de las diosas de su panteón, Bastet, símbolo de la belleza y la fecundidad, era representada con cabeza de gato.
Acabar con la vida de un gato en Egipto suponía la pena de muerte, porque estaban considerados como la reencarnación de los dioses, que venían a este mundo a comunicarse con los hombres y manifestarles su voluntad.
Los griegos pensaban que Artemisa, diosa de la caza, había dado vida al gato para poner en ridículo a su hermano Apolo, que previamente había creado al león para asustarla. El caso es que fueron los griegos los que introdujeron al gato en Europa y con los romanos se extendió por todo el continente.
También mereció especial respeto entre los celtas, que pensaban que los enigmáticos ojos del gato eran las puertas por las que se accedía al reino de las hadas. Entre los habitantes de la Galia, si alguien mataba un gato tenía que pagar como multa una oveja, un cordero o la cantidad de trigo necesaria para cubrir totalmente el cadáver del gato muerto, una vez colgado de la cola y con el hocico tocando el suelo.
En los países nórdicos era muy respetado, e incluso formaba parte de la iconografía religiosa ya que eran dos gatos los que tiraban del carro de Greya, diosa de la curación y el amor.

Los gatos llevaron pues una vida de lo más apacible hasta mediados del siglo XIII, cuando la medieval ignorancia de la Iglesia de Roma vio en ellos un símbolo del diablo y el cuerpo metamórfico de las brujas.
La persecución fue tan implacable que prácticamente se extinguieron. Al reducirse su número hubo un lógico crecimiento de la población de ratas, y con ellas vinieron la peste y la muerte de millones de personas en todo el continente.
A partir del siglo XVII, gracias a su habilidad para cazar roedores, el gato fue recuperando poco a poco su prestigio entre la población. De hecho, en el siglo XVIII los marineros embarcaban gatos en sus naves, tanto por su interés higiénico como porque los consideraban talismanes frente a los naufragios.
La tripulación solía estar muy atenta a los gatos que había a bordo, ya que se pensaba que cuando un gato corría, jugaba o saltaba era aviso de galerna o tormenta y, desde luego, el hecho de arrojar a un gato por la borda o ahogarlo era presagio de calamidades para el navío y su tripulación.

Todas estas creencias, ya fueran favorables o desfavorables, han tenido siempre mayor intensidad cuando se ha tratado de gatos negros, a los que tradicionalmente se consideró vinculados a lo divino o a lo demoníaco, según las culturas y el momento histórico.

La superstición más antigua relacionada con los gatos negros se remonta a la China de la dinastía Tiang. Cuenta la leyenda que el emperador Lyn Hi Tiang tenía una sola hija, muy amada para él, que poseía un hermoso gato negro que un día se le escapó. Ante el desconsuelo de su hija, promulgó un edicto según el cual toda persona que viera el gato de la princesa y no lo atrapase sería condenado a la horca. Como realmente es muy difícil cazar a un gato, nadie quería encontrárselo por miedo a la justicia de Lyn. Con esta base fue tomando cuerpo la famosa e infundada superstición de que ver a un gato negro trae mala suerte.

Hoy, en Europa, cruzarse con un gato negro es augurio de buena suerte en todos los países menos en España, Serbia y Montenegro, donde aún resuenan los ecos de la caza de brujas.
En Inglaterra, durante generaciones, las familias de los marineros han tenido un gato negro en casa, porque pensaban que era un potente amuleto que garantizaba que sus familiares embarcados no correrían peligro y regresarían sanos y salvos al hogar.
En Escocia, el hecho de que aparezca un gato negro en el porche de la casa anuncia prosperidad, y en Irlanda hay quien piensa que cruzarse con un gato negro a la luz de la luna es anuncio de epidemia.

Como vemos, las mitologías, supersticiones y obsesiones religiosas han ensalzado o denostado a los pobres gatos, especialmente a los negros, durante milenios.
Pero los que tenemos gatos, y en especial los que tenemos gatos de color negro –como es mi caso- sabemos que son unas preciosas criaturas, curiosas, dormilonas y juguetonas, capaces de dar mucho cariño, manteniendo siempre una envidiable dignidad.
Es la ignorancia y la incomprensión de los hombres la que ha puesto en ellos el toque demoníaco que algunos han querido ver en este magnífico cazador.

¡Dios mío, mándame una catástrofe terrible para que alguien se fije en mí!

•23 Enero 2010 • Dejar un comentario

Me resultó tremendamente doloroso leer el pasado día 16 de enero un titular de El País que decía: “Haití ya no existe”. Por un lado me molestó el tono sensacionalista de la frase, pero sobre todo me hizo pensar que, muy por el contrario, probablemente sea la primera vez que Haití existe de forma neta en la conciencia de los habitantes de este planeta.

Lo que pasa es que casos como el de Haití resultan vergonzosos para el próspero primer mundo, que prefiere mirar para otro lado y dejar en manos de unas cuantas oenegés la gestión de los problemas. Lo mismo que hacen las ciudades cuando dan la espalda a sus chabolas, a sus asentamientos de inmigrantes, a los hipermercados de la droga, a las favelas, a los sin papeles, a las minorías étnicas.
Los trapos sucios sociales se esconden bajo las vulnerables y raídas alfombras de la cooperación internacional y todos seguimos con nuestra visión de túnel, hablando de política partidista, del paro, del cambio climático, de ir de viaje, de cambiar de móvil.

Ha hecho falta un terremoto destructor para que en estos últimos días millones de personas hayan descubierto que Haití, un minúsculo país que está pared con pared con la República Dominicana, enfrente de La Habana y a dos pasos de Estados Unidos, es el más miserable del mundo, después de Zimbabwe.

Y hablando de miserables; en los miles de artículos de prensa escritos desde que la tierra empezó a temblar en Puerto Príncipe se han utilizado indistintamente los términos pobreza y miseria, pero lo cierto es que no tienen el mismo significado. Los pobres, aunque carentes de recursos para satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, educación, protección o salud, conservan cierto potencial de reacción, cierta capacidad para actuar que es inherente a todo ser vivo. Sin embargo, los que se ven arrastrados a la absoluta miseria pierden incluso esa capacidad y quedan avocados a la extinción salvo que reciban ayuda ajena, convirtiéndose así en seres dependientes.

Esa es la situación de Haití que, como consecuencia del determinismo geográfico, de la voracidad y el revanchismo colonialista y de la insensibilidad del capitalismo, ha caído en un pozo negro del que sólo la solidaridad internacional puede sacarla.
En este sentido, me hubiera gustado ver una movilización importante de la Francia del Sr. Sarkozy, que al fin y a la postre fue la potencia que exprimió Haití durante la época colonial. Pero temo que habré de conformarme con presenciar un teatrillo en el que los USA de Obama se enseñorean para evitar que lo haga la cercana Cuba o sus socios del otro lado del Atlántico.
Haití ha pagado con creces la rebelión de los esclavos no cabe duda, pero no es el único país que está para la UVI. Hoy, en este mundo de los cruceros, la alta definición y las sondas espaciales, hay más de 1.000 millones de personas que viven en una situación de pobreza extrema, y de ellas el 70 por ciento son mujeres.

Por cierto, ¿No es sangrante que una panda de políticos y economistas determinen, desde los mullidos sillones de sus climatizados despachos, que el umbral de pobreza es de un dólar diario por persona, cantidad que consideran “suficiente” para comprar los productos necesarios para sobrevivir? La realidad es que la mitad de los habitantes de este mundo, que se dice pronto, tienen que vivir con menos de dos dólares al día.

¿Qué le pasa a esta sociedad que no reacciona cuando hay más de 1.800 millones de seres humanos que no tienen acceso al agua potable. Cuando hay 1.000 millones que carecen de una vivienda digna. Cuando 840 millones están desnutridos. Cuando 2.000 millones padecen anemia por falta de hierro. Cuando 2.000 millones de personas carecen de medicamentos esenciales y 880 millones no reciben servicios básicos de salud?

La historia de Haití, la pobreza de Haití, su incapacidad para recuperarse por sí misma es el fruto de un montón de despropósitos sociales, económicos y políticos que ya son historia. Ahora hay que actuar, apoyar, poner dinero, expertos, recursos, proyectos, ilusión y esfuerzo.
A lo que parece, este pequeño país del Caribe va a convertirse en tribuna para quienes desean acallar conciencias y recuperar votos; para unos políticos que dentro de unos meses se harán la foto junto a los reconstruidos colegios y los flamantes hospitales, y entonarán cantos de generosidad y amor fraterno.

Me alegro muy sinceramente por los diez millones de haitianos que, quizá, si luego no hay racaneos y se cumplen las promesas hechas en caliente, van a tener una oportunidad histórica de recuperar su dignidad. Pero no puedo evitar acordarme del resto de los desheredados, del resto de los “miserables” que, a lo mejor, cargados de sentido práctico, ya están rezando: “Dios mío, mándame una catástrofe terrible para que alguien se fije en mí”.

¿Y ahora qué hacemos con las puñeteras vacunas?

•16 Enero 2010 • 2 comentarios

Se ha hablado tanto de la gripe, de la pandemia, de las vacunas, de las farmacéuticas, del Tamiflu y de la OMS, que el tema apesta. Pero es ahora, precisamente ahora, cuando hay que ser implacables exigiendo responsabilidades, cuando hay que desenmascarar a los culpables de esta peligrosa maniobra financiera que ha jugado con la vida de millones de personas y que sólo el sentido común de los ciudadanos ha conseguido parar.

Digo yo que, para ser gente normal de la calle, de esa que no conoce los grandes secretos, que no tiene asiento en los cenáculos del poder, resulta que no somos tan tontos.
De hecho, cuando escuchábamos antes del verano a la Señora Chan anunciarnos el sexto grado del apocalipis, poniendo con ello de los nervios a nuestros políticos, ya torcimos el gesto; y eso a pesar de que teníamos el reflejo de creer en la bondad de intenciones y en la solidez de criterio de la OMS.
Y cuando, ya metidos en harina, vimos que esta era la gripe de pin y pon, nos mosqueamos muy seriamente. Mientras, los gobiernos de todo el mundo se gastaban enloquecidos una pasta gansa –nuestra pasta gansa- en comprarle millones y millones de dosis a la mafia farmacéutica que, casualidades tiene la vida, cuenta entre sus más apreciados mentores con el señor Donald Rumsfeld, que no contento con lo que le produjo el petróleo ensangrentado de Irak, ahora se ha montado una vejez de oro con el miedo de todo un planeta.

Llegados a enero, y habiendo pasado de largo el ángel exterminador, ahora los cerebros pensantes se sienten defraudados, y la propia Comisión de Salud de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa impulsa a través de su presidente, el epidemiólogo alemán Wofgang Wodarg, una iniciativa para investigar el papel de los laboratorios en este gigantesco fraude sanitario, señalando que “Han incitado a destinar los recursos sanitarios a favorecer estrategias de vacunación ineficaces, exponiendo inútilmente a millones de personas con buena salud al riesgo de efectos secundarios de vacunas que no están suficientemente probadas”.

Bueno y… ¿Ahora qué? ¿Qué hacemos con las vacunas compradas? ¿Quién va a dar la cara ante este mayúsculo desatino? ¿Cómo recuperamos el dispendio realizado en plena crisis? Silencios, disculpas, vagas explicaciones… Nada de nada.

Ahí está nuestra Trinidad Jiménez, que se justifica diciendo que “España” (ahora no es el Gobierno sino España) actuó con proporcionalidad; y a renglón seguido trata de ponerse la medalla, jactándose de que vamos a ahorrarnos 170 millones de euros porque ha cancelado la compra de la mitad de las dosis contratadas. Y yo, cuando oigo esto, lo que pienso es que de hecho se ha gastado ya los 170 millones de la otra mitad de las dosis, las que sí compró que, por cierto, la mayoría están por ahí muertas de risa porque nadie se las quiere poner.

Pero eso no es lo peor: sabiendo como sabe ya la ministra que la vacuna es un peligro en sí misma por sus graves efectos secundarios constatados, que ha sido fabricada precipitadamente y vendida sin las necesarias cautelas médicas y con exoneración de responsabilidades legales (algo para mí tan incomprensible y vergonzante como sospechoso), resulta que doña Trinidad señala que las que ya están compradas no se destruirán -que es lo que procedería- sino que se usarán el año que viene. ¿Se imaginan lo temeraria que es la idea cuando los expertos ya han señalado por activa y por pasiva que esta es una vacuna peligrosa y además muy específica, que resulta ineficaz con otras cepas e incluso con una H1N1 mutada?

El día que los políticos se den cuenta de que el pueblo soberano no se llama así porque sea un soberano gilipollas sino porque tiene la soberanía, es decir “el poder “, que delega mediante el sufragio universal en sus representantes, quizá (sólo me atrevo a decir quizá), toda esta caterva de inútiles sea capaz de hacer algo como debe de hacerse, sin miedo a los americanos, ni a Sarkozy, ni a Berlusconi, ni al Papa, ni a la OMS ni a nadie, usando la cabeza y no la Visa Oro.

No soy muy amigo de teorías conspiranoides, pero lo cierto es que todo esto huele a chamusquina. Si no que se lo pregunten a la ex ministra de Sanidad de Finlandia, la doctora Rauni Kilde, que habla abiertamente de una conspiración y declara que todo esto de la peste porcina es “bazofia” y que lo realmente peligroso son las vacunas. Se trata de unas declaraciones quizá excesivas, pero ahí están. Que cada uno juzgue.

Lo que me preocupa ahora es la cantidad de niños, de embarazadas, de ancianos y de ciudadanos en general que se han vacunado inocentemente, confiando en su Gobierno, en la OMS, en las autoridades sanitarias, en lo que decía la tele…

¿No os gustaría tener la lista de los médicos que se la han puesto?. Me sospecho que cabrían en un folio.

Una galaxia muy lejana llamada “años sesenta”

•13 Enero 2010 • 4 comentarios

En ocasiones, cuando voy por la calle, tengo la sensación de proceder de una galaxia muy lejana, aquella que se llamó “los años sesenta” y en la que fui un niño con amigos, inocente, explorador, curioso, intuitivo, sensible y natural, que pasaba media vida en la calle.
Fuera de mi barrio eligieron a Kennedy, los rusos pusieron en órbita a Gagarin, se levantó el muro de Berlín, estalló la crisis de los misiles y se celebró el Concilio Vaticano II, pero en Madrid, en la calle del Oráculo, la vida de un niño de diez años era sencilla y feliz.

Con las cinco pesetas que nos daban a la semana, sabiamente administradas, tomábamos pastillas de leche de burra y raíz de palodú, que te dejaba toda la boca manchada de amarillo, circunstancia que aprovechabas para ir sacándole aquella lengua asquerosa a las niñas, que daban grititos y ponían cara de espanto.

Fumábamos cigarrillos de anís, hechos con planta de anís machacada, sin colorantes, ni conservantes, ni saborizantes… ¡A pelo! Aquel humo ecológico entraba por la laringe, la tráquea y los bronquios como si fuera el raspador del queso. Mareaba y sabía mal, pero era iniciático, porque los chicos, como nuestros padres, fumábamos.
El siguiente paso era el tabaco de verdad. El pipero vendía los cigarrillos sueltos: Bisonte, Luky, Celtas… Corría entonces un versillo sobre el tabaco que decía “Verde fue mi nacimiento, amarillo mi vivir, en una sábana blanca me lían para morir “
Los que fumábamos, para que nuestra madre no nos descubriera llevábamos un kit que consistía en una cajita metálica (las mejores eran las de aquellos cigarrillos turcos ovalados de la marca “Abdulah”) en la que metíamos los pitillos que teníamos (uno o dos a lo sumo), un caramelo Saci y un tubito de muestra de colonia. Todo eso nos permitía –al menos así lo pretendíamos- ocultar el olor a nicotina de la boca y de la cara. Esto último era importante, porque cuando yo era pequeño al entrar en casa le dabas un beso a tu madre, y cuando llegaba tu padre de trabajar también le dabas un beso a él.

Comprábamos manojos de diez petardos y los hacíamos explotar de uno en uno por los portales, después de haberles raspado la mecha para que tardara más en consumirse y así te diera tiempo a alejarte un poco. Había igualmente unos petardillos muy chicos (llamados garbanzos) que explotaban cuando los estrellabas sobre algo duro. Consistían en un pequeño hatillo de papel blanco que envolvía una mezcla misteriosa. Cuando lo tirabas, hacía una pequeña explosión que sonaba muy aguda. Lo típico era tirárselo a las niñas o hacer guerras entre los chavales. También vendían unos petardos de impacto con forma de paquetito (llamados bombas), hechos con papel de estraza marrón y atados con cuerda de bramante, que eran mucho más potentes. Esos sólo se hacían estallar tirándolos contra las fachadas. Producían una explosión enorme que te hacía pitar los oídos y dejaban un cerco negruzco de unos 10 ó 15 centímetros de diámetro… Imponían un poco de respeto.

Los cines daban sesiones dobles (ejemplo: “Esa voz es una mina” y “Mogambo”) y los actores eran dioses de los que se editaban fotografías muy retocadas que adoraban las adolescentes.
El cine era un espacio social y un sitio para matar la tarde (carecíamos de televisión, de consolas, de ordenadores, de móvil…). En el cine se hacían amigos y, sobre todo, se ligaba. Y cuando ya habías ligado y la cosa iba en serio, te alejabas un poco de la panda y te ibas atrás, a la fila de los mancos, para envidia de tus amigos. Bien es cierto que el acomodador pasaba de vez en cuando el foco de su linterna para preservar la moral.

La merienda consistía en un cacho de pan con algo dentro como fuagrás, chorizo, mortadela, queso… A mi me gustaba meterle una onza de chocolate de la marca “Vitacal”, cuyo trabajado eslogan decía: “Chaval, toma Vitacal”. Entre los amiguetes del barrio se hacía la versión: “Chaval toma Vitacal que tu culo huele mal”. Quiero aclarar aquí que entonces se decía “chaval” en vez de “tío”, pero era lo mismo.

Nuestro chicle era el “Bazooca”, que era un cilindro rosa, muy azucarado, con unas hendiduras que permitían que eligieras si te lo metías de una sentada o lo administrabas para varias veces. También estaba el Cheiw, más caro, que decían que venía de la base de Torrejón y que formaba parte de la cantinela de los piperos: “Piiiipas, carameeelos, chiiicle americanoooo”.
En aquellos tiempos no existía la palabra “chuches” como genérico, aunque sí se hablaba de “chucherías”, que en realidad significa lo mismo. Para vender chucherías estaban los puestos de pipas, que tenían en su menú caramelos envueltos, caramelos sin envolver, regaliz, pipas, cacahuetes, altramuces, palodú y tabaco. También solían vender peonzas y cuerdas de peonza, que se ajustaban a la mano con una moneda de dos reales (que tenían agujero central) atada en un extremo. Los horteras de la época (el equivalente a los frikis de ahora) se ponían las monedas de dos reales sujetas con tachuelas en el cinturón.

Los críos de ocho o diez años nos pasábamos el día en la calle sin miedo a los pedófilos ni a los violadores, especialmente en verano. De hecho bajábamos a jugar incluso después de cenar, y a eso de las doce de la noche siempre había alguna madre que se asomaba al balcón y llamaba a gritos a su Juanito, o a su Sergio, y entonces, conscientes de la hora, salíamos todos de espantada para casa.
Sí que había bandas, pero nunca llegaba la sangre al río. Si te habías metido con alguien y “te estaban esperando” procurabas no dejarte ver unos días hasta que se enfriara la cosa, y mandabas “emisarios” para que te contaran cómo estaba el patio o para que pactaran la paz.
Las disputas entre barrios o entre los de una calle y los de otra, se dirimían en los descampados, a terronazos, en lo que se llamaba una “drea”, que era una guerra en la que te tirabas tolondros de barro más o menos seco, entre los que siempre había algún cabrón que camuflaba una piedra. Entonces la cosa acababa en brecha, en sangre y en ir a la farmacia para que te cosieran. Pero a nadie se le ocurría presentar una denuncia. Todo lo más “no te ajuntabas” durante unos días con el que te había descalabrado.

Por mi calle, que era de adoquines, pasaba el tranvía, y una de nuestras diversiones era poner chapas de Cocacola o de Shweppes sobre los raíles, que se quedaban planitas al paso del vehículo. Pero lo que más nos gustaba era poner monedas de diez céntimos y ver cómo quedaban delgaditas, lisas y mucho más grandes. Bien es verdad que, pasado el momento de euforia, se te ponía cara de tonto por haber desperdiciado aquella moneda con la que podrías haberte comprado un caramelo o un regaliz.
En aquellos años las pipas eran un deporte nacional. Por una peseta tenías para echar la tarde. Las buenas eran las que venían con sal, pero luego te dejaban la boca acorchada. Cerca de la plaza de toros estaba el Cine Ventas, que era conocido como “el palacio de las pipas” por la alfombra de cáscaras que quedaba entre las butacas después de cada sesión.

En verano, cuando llegaba aquel calor que derretía el asfalto y te hacia ir saltando de sombra en sombra, pedías a tu madre “una pela para un polo de palo”, que si lo sorbías a conciencia, extrayéndole todo el colorante, se convertía en un cacho de hielo translúcido, incoloro e insípido.
Cuando no tenías pelas para comprarte helados, te acercabas al camión del hielo a pedirle un trozo al hombre poniendo carita de niño pobre. Solía hacerse el duro con un “Venga chavales, quitaros de aquí”, pero siempre tenía el detalle de picar algún trozo que estuviera suelto y dejar los fragmentos a nuestro alcance. He de aclarar que el camión del hielo llevaba unas barras de sección cuadrada, bastante largas, que la gente metía en el congelador de la nevera, que por entonces en su mayoría no eran eléctricas. Yo era un privilegiado porque en mi casa había una enorme Westinghouse americana que mis padres trajeron de fuera.
En todas las casas, incluida la mía, había otra cosa que era “la fresquera”, una especie de armario de cocina bajo que se abría al patio a través de una rejilla y que en invierno servía para conservar frescos los alimentos.

No sé si era un mundo mejor pero era más empático, más humano, más social, más real, y me alegro de haberlo vivido. Aunque quizá no era tan especial porque fueran los años sesenta sino porque yo era un niño y eso siempre es mágico.

FILOSOFÍA DE LA FOTOGRAFÍA: El fotógrafo es, fundamentalmente, un observador

•10 Enero 2010 • 2 comentarios

Alguna vez he leído que el ojo del fotógrafo es el objetivo de su cámara, pero eso no es más que una licencia poética. El fotógrafo tiene que saber bajar la cámara y mirar. El fotógrafo es en realidad un observador, un testigo. Luego ya vendrán el encuadre, la luz, la velocidad y todas esas cosas.

La mirada del fotógrafo tiene que ser tan intensa como extensa, tan objetiva como especulativa. El fotógrafo debe ver lo que otros no ven. No porque él se mueva en un ámbito distinto sino porque para los demás ciertas cosas forman parte del “ruido” del entorno y, estando ahí, no son capaces de verlas.

Para fotografiar a un fotógrafo que a su vez fotografía a un elefante, es evidente que tendrás que irte distanciando lo suficiente como para que todos entren en el encuadre. Si tu foto se limita a sacar al elefante, por muy bien enfocado que esté… ¡lo siento!

Todo esto se hace muy evidente en las gymkanas fotográficas, en las que participa un grupo de gente, cada uno con su cámara. Todos van a los mismos sitios, todos han tenido ocasión de ver lo mismo, pero siempre hay alguno que cuando ves las fotos que ha hecho piensas: ¿Pero dónde estaba eso, que yo no lo he visto?

Hay trucos, naturalmente. Por ejemplo, si ves que todo el mundo está mirando una acción y detrás de la gente hay un niño totalmente ajeno a ella. Ese niño determina un hecho diferenciador y quizá la foto, la auténtica foto, esté en ampliar el encuadre de tal manera en una esquina aparezca la acción y en la otra el niño que la ignora.

No es cuestión de frustrarse; el ojo de fotógrafo es manifiestamente mejorable y permanentemente evolutivo. Lo que hay que hacer es practicar y practicar.

Es sorprendente la cantidad de fotos interesantes que proporcionan las situaciones normales, las que ocurren a ras de suelo, a nuestro alrededor. Búscalas. Mira de esa manera diferente que te va a permitir encontrarlas.
Busca formas curiosas, sensaciones agradables, colores sorprendentes, situaciones simpáticas, encuadres novedosos, texturas, gestos…

Os propongo, como mero ejercicio para practicar, que pongáis vuestro tele más potente y hagáis fotos de reflejos en la pintura de los coches. ¡Habrá sorpresas!

NOTA: todas estas fotos pertenecen a mi último viaje por Europa.

¿Cuando comemos huevos de gallinas estresadas, comemos estrés?

•8 Enero 2010 • 3 comentarios


Como en España la forma de cría queda reflejada por imperativo legal en la cáscara de los huevos mediante un código alfanumérico, los ciudadanos, los consumidores, estamos hoy en disposición de discernir cuándo un huevo ha sido puesto por una gallina que vive hacinada de forma indigna y enferma de estrés, y cuándo por una gallina que vive plácidamente, con espacio para moverse y disfrutando de algo tan natural, tan elemental, como el ciclo de los días y las noches.
Meditando sobre la triste vida de los millones de gallinas ponedoras que son sometidas al régimen de producción industrial, intuíamos que todo ese sufrimiento y las alteraciones fisiológicas que implica, tenían que transmitirse al propio huevo, pero carecíamos de la necesaria base científica para poder afirmarlo.
Cayó entonces en nuestras manos un libro titulado “Plántale cara al estrés y acaba con él” obra del endocrinólogo argentino Horacio Verini, cuya lectura, además de resultar muy amena, nos puso en la pista de posibles respuestas a nuestras dudas.
Pero como no queremos especular y preferimos contar con la opinión autorizada del propio doctor Verini, nos hemos puesto en contacto con él en Buenos Aires, planteándole esta inquietante pregunta: “¿Cuando comemos huevos de gallinas estresadas, comemos estrés?”
Ni que decir tiene que su opinión es de un indudable valor ya que el Dr. Verini además de ser un especialista en el campo de la nutrición, en el que ha realizado una amplia labor docente, es un profesional de reconocido prestigio internacional en el estudio y tratamiento del estrés y experto en psiconeuroinmunoendocrinologia del estrés.
El Profesor Verini ratifica nuestras sospechas: “No es difícil pensar que las condiciones ambientales que tienen los sistemas de producción avícola intensiva generan estrés en las aves de corral.
Éstas viven hacinadas, con dificultades para la movilidad y sujetas a alteración de los ritmos de luz día/noche, ya que están iluminadas continuamente para incrementar su producción de huevos. Hasta se llega al extremo de arrancar sus picos para que no se lesionen.
Varios trabajos de investigación veterinaria lo han demostrado con mediciones químicas del estrés. Cuando éste se produce, se activan además del sistema endocrino -en especial su parte adrenal-, los sistemas nervioso autónomo e inmunitario.
Dichas modificaciones generan un aumento del glucagon, hormona pancreática que incrementa la glucosa en sangre a partir de las proteínas de los músculos.
Cuando el animal está estresado, los recursos biológicos se desvían para cubrir los requerimientos de órganos como el sistema nervioso central y los músculos esqueléticos. El glucocorticoide segregado por la glándula adrenal llamado corticosterona, tiene además un efecto inmunodepresor; eso implica, por ejemplo, una disminución del efecto de las vacunas que se administran a las gallinas, con lo cual se pueden presentar enfermedades como las de tipo vírico. Por otro lado, la corticosterona promueve una importante disminución de la masa corporal por pérdida de proteínas, que se transforman en glucosa por la acción del gucagon.
Estos factores bioquímicos, tienen también efecto en el ámbito conductual de los animales, dándose la aparición de crisis de pánico (la llamada histeria aviar), así como un estado permanente de alerta extrema, depresión, apatía, hipersensibilidad y conductas agresivas que llegan hasta el canibalismo. Todo ello nos permite afirmar que estos animales son víctimas de un extraordinario sufrimiento.
Sabido esto y centrándonos en su pregunta, es necesario precisar que lo que comemos como huevo, no es más que el óvulo de una gallina que ha comenzado a formarse en el ovario y el infundíbulo, para seguir luego un recorrido que termina con su calcificación y puesta.
Si pensamos que estos órganos para funcionar requieren una importante irrigación sanguínea, y que la sangre está sufriendo una serie de alteraciones causadas por el estrés, como es el caso de las variaciones en la composición de los glóbulos blancos y las variaciones en el contenido de hormonas que he referido antes, es fácil deducir que la producción y la calidad de estos productos, los huevos, se ve afectada por el modo de cría de las gallinas.
De igual manera, creo que estas mismas consideraciones son aplicables a la cría de gallinas para carne.
Como conclusión final diré que si puedo elegir, comeré huevos de gallinas que vivan sueltas en el campo, con una alimentación natural como el maíz y alejadas del estrés, porque creo que con el mío ya tengo suficiente.”
Como vemos, las palabras del Dr. Verini no hacen sino confirmar lo que sospechábamos: una gallina estresada es una gallina enferma y los huevos que pone están igualmente macados por el estrés.
Cuando compres huevos, rechaza aquellos cuyo código empiece por los números “3” o “2”. Por unos pocos céntimos más, consume sólo huevos camperos y huevos ecológicos, los huevos de las gallinas que no sufren.

Las dos españas se pelean por los cuernos

•30 Diciembre 2009 • 1 comentario

Este país siempre ha tenido un pálpito binario: izquierdas y derechas; republicanos y monárquicos… Incluso dentro de la cultura taurina hay toristas y toreristas.
Ahora vuelve el desgarro de las dos españas: una que reclama la conservación de vestigios culturales vetustos y trasnochados, y otra que apuesta por una sociedad más ética, más avanzada en lo social, más acorde con el siglo.

Vivimos un debate apasionado que tiene su epicentro en Cataluña y que confronta a los que desean la supervivencia de la “fiesta” de los toros y a los que exigen la supresión de una tradición obsoleta que banaliza el sufrimiento y reglamenta el martirio de uno de los mamíferos más hermosos e impresionantes del mundo.

La “fiesta” de los toros no es más que un enfrentamiento primitivo y desigual entre mamíferos: por un lado el toro, armado sólo con su nobleza, sus cuernos y su instinto; por otro los hombres, jugadores de ventaja que a pie y a caballo lo rodean, lo marean, lo engañan, lo hieren, lo desangran y lo matan con lanzas, con arpones y espadas. Una bacanal de la sangre, oscura como el lomo de las víctimas, que cada día se distancia más de la sensibilidad social.

¿La España actual está de acuerdo con esta masacre? La encuesta realizada en 2006 por la empresa Investiga (antes Gallup), indica sin lugar a duda que no lo está: sólo un 26,7% de los encuestados eran partidarios de las corridas de toros y en su mayoría se trataba de hombres de más de 45 años; la cota más alta de interés estaba en las personas de 65 o más años.
En dicha encuesta se puso de manifiesto que el 72,1% de la población de este país no quiere saber nada de la “fiesta”; desinterés que resulta especialmente acusado entre los jóvenes de edades comprendidas entre los 15 y los 24 años, de los que nada menos que el 81,7% rechaza el martirio y muerte de los toros.

Esta es la realidad de los números. La “fiesta” sobrevive por las subvenciones, por la tele, por el apoyo de ciertos medios de comunicación. La fiesta sobrevive por la cobardía de unos políticos que no se atreven a meterle mano a un tema incómodo y complejo que tanto dinero mete en las arcas locales, autonómicas y nacionales.

Ahora, Cataluña, que siempre ha sido una sociedad más avanzada en sus criterios que el resto de España, está a punto de declarar non grata esta tradición, y la gente del toro está inquieta y tiene el cuajo de decir que se ha politizado el tema y que todo esto no es más que una maniobra antiespañolista.
Pataleo desesperado de quienes saben que esto no es más que el principio, que poco a poco la semilla animalista dará su fruto y dejaremos de ser un país de divertimentos salvajes.

Pero lo que descalifica de forma más radical la vehemente defensa de las corridas de toros, son las propias ideas y palabras de quienes la realizan.
Para qué engañarnos, esperaba más nivel. Al principio incluso me preocupaba que alguien esgrimiera argumentos poderosos que me pudieran sembrar alguna pequeña duda. Nada más lejos de la realidad. He tenido que leer cosas tan ridículas, tan inconsistentes, tan sin fundamento, que mi convicción antitaurina ha quedado sólidamente reforzada.

He aquí, como ejemplo inicial, un comentario de Juan Manuel de Prada en el ABC de Sevilla, que se descalifica con párrafos tan delirantes como este: “Los toros sólo son comprensibles desde el genio católico, que es el único capaz de concebir una religión donde cuerpo y alma vayan juntos de la mano, paseándose con toda naturalidad entre el más acá y el más Allá”… “Los toros son, en fin, una sencilla catequesis con música de clarines; y sólo puede disfrutarlos quien es católico, aun sin saberlo.”
Creo que no hay mucho que añadir porque resulta patético.

La misma escasez de criterio encuentro en las palabras de don Diego Martínez González, presidente La Unión Taurina de Abonados y Aficionados de Sevilla, cuyas declaraciones son también de traca: “Se asiste estos días (¿) cómo se avanza un poco más en demoler la cultura y la tradición de la fiesta de los toros, que como toda cultura arraigada en un pueblo no puede ser suprimida de un plumazo, pero sí puede ir poco a poco, arrinconarse, derribarse y al final suprimirse mediante una manipulación perversa de la democracia por parte del poder político y una omisión vergonzante por quienes tienen más obligación que nadie, el defender con uñas y dientes algo consustancial con la misma historia de un país y con su propio ‘modus vivendi.” ¡Toma ya!

Por su parte, la Plataforma para la Defensa de la Fiesta se muestra muy preocupada porque estamos ante un problema de pérdida de libertad: “Quienes nos sentimos identificados con la Tauromaquia, y la entendemos como expresión cultural que hunde sus raíces en lo más profundo de nuestra historia, queremos defenderla empleando las armas de la razón, el poder de la verdad y la fuerza de la convicción de que merece la pena luchar por nuestra libertad”… “la Fiesta de los toros, patrimonio cultural del pueblo, arte entre las artes, paradigma ético de una verdadera relación con los animales, vive, y con ella, nuestra libertad.”

Especialmente incomprensibles las siguientes declaraciones de un político, el Conseller de Gobernación de la Autonomía de Valencia, Serafín Castellano: “Lo que queremos es compatibilizar, como lo estamos haciendo, la defensa de la fiesta y de las tradiciones, en este caso de los toros, dando las ‘máximas garantías de seguridad’ a los espectadores y que no se maltrate a los animales.”
Que alguien me explique cómo se puede alancear, arponear y estoquear a un animal sin maltratarlo.

A la defensas de matiz político y a las fundamentadas en las tradiciones “intocables”, se unen también las de base “científica”, como la orquestada por la Asociación Malagueña de Tauromaquia, que acude al catedrático de Fisiología Animal de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid, Carlos Illera del Portal, que junto a otros expertos, pretenden demostrar con estudios científicos que el toro no sufre durante la lidia.
Quizá por eso hay tantos veterinarios españoles (supongo que unos pobres ignorantes a los ojos del Dr. Illera) que llevan años pidiendo la abolición de las corridas y denunciando el sufrimiento de los pobres toros.
Acuden incluso los defensores de la barbarie a firmas de prestigio como la de Luis María Anson, quien solicita que la “fiesta” deje de ser competencia del Ministerio del Interior y pase a formar parte del de Cultura ya que, según dice el veterano periodista, que esgrime argumentos esteticistas, vacíos y absurdos para justificar lo injustificable: “Sin tauromaquia no existiría el arte de Goya, Picasso e incluso de artistas como Miquel Barceló o la pintora abstracta Mercedes Gómez Bau, ni existiría una parte sustancial de la poesía como el poema surrealista ‘Elegía por la muerte de Sánchez Mejías’, de Federico García Lorca.”

Me he encontrado en la edición de Tlaxcala del diario ABC un buen montón de frases que no tienen desperdicio por su estupidez y su insensibilidad:
- “Los opositores no entienden en lo más mínimo lo que es el toreo. Se fijan mucho en los accidentes, pero no en la esencia. El toreo es, ante todo, un arte, pues como todo arte posee dos características fundamentales: la estética y la técnica.”
- “El toreo no es toreo porque se pique y banderillee a los toros, sino porque el torero, provisto de muleta o capote, domina las temperamentales embestidas de un animal con sangre brava y crea belleza, ritmo y plasticidad, eso es lo que gusta.”
- “Para los que no sepan, los puyazos -ésta es buena- que dan los picadores tienen un objetivo claro. La carne del toro se come, es para comer. Sin embargo ésta se contamina por la adrenalina, lo que puede provocar graves enfermedades. Pues bien, el puyazo sirve para descongestionar al toro, y mientras sangra, se va purificando.” Alguien debería explicarle a este señor que toda esa adrenalina se genera por el tremendo estrés y el terrible sufrimiento que padece el animal durante la lidia. Pero ojo, porque no contento con lo dicho, el taurino remata con esta otra frase aclaratoria: “El toro produce en demasía esta sustancia porque está tenso desde que lo sacaron de su hábitat para llevarlo a la plaza. Lo mismo sucede con los puercos o las reses que llevan al matadero para que todos consumamos su carne, pero como no se descongestionan, muchas veces nos enfermamos por comerlos y ni sabemos por qué. Las banderillas sirven, además de adorno para el morillo, como medio se reavivar la bravura del toro, visiblemente calmado con el puyazo.” ¡Chapeau!

Y para el final he reservado la perla más brillante, más genuina y definitoria de quienes son y cómo respiran estos taurinos. ¡Disfrutad!:
Finalmente se habla de los derechos de los animales, bueno, esto suena bien pero es una falacia. Los animales no tiene derechos, el término de derecho es un concepto meramente humano, existen derechos porque existen seres humanos, ya que la dignidad humana deriva de que el hombre es fin, es decir, tiene fundamento en sí mismo.
El animal no puede tener derechos porque, como animal que es, su razón en la existencia es el de servir como medio a los hombres, medios para que el hombre viva mejor, ya sea que sirvan como alimentos, transporte o para la investigación científica; los animales están en un nivel inferior; en la escala biológica están por debajo, pero también en las escalas metafísicas. Por ello, importa la especie, no el individuo, ya que la especie garantiza el equilibrio ambiental y el recurso para los hombres. Se dice que hay que cuidar a los animales, y vaya que al toro se le cuida.

Señores políticos, señores veterinarios, señores periodistas, señores conciudadanos… Hay que prohibir y perseguir esta barbarie llamada fiesta de los toros, porque es inhumana, porque es injusta, porque es inmoral, porque es absurda y porque no tiene la menor justificación en un país occidental a estas alturas del siglo XXI.

¿Quieres un cachorrito enfermo de Europa del Este?

•27 Diciembre 2009 • 3 comentarios

La Navidad es una época de alegría, de familia y regalos. El problema es que hay gente que en vez de una Play Station, un libro o un portátil, decide regalar un animalito. Han visto en un escaparate ese precioso cachorrito y no han podido contenerse; se lo han envuelto para regalo y… ¡A casa!
Probablemente no lo habrían hecho si conocieran la trama de horror que hay detrás de esos pobrecitos.
Cada año llegan a España unos 200.000 procedentes de Europa del Este, después de un viaje de tres días en camión en condiciones penosas, deshidratados y enfermos.
Algunos, a pesar de que lo prohíbe la ley, son embarcados con apenas 20 días. Setenta de cada cien mueren víctimas del parvo, del moquillo y de diversas enfermedades congénitas cuando ya están viviendo con la familia que los ha comprado.
En sus países de origen las perras, sus madres, viven atrapadas en auténticas “baterías de cría”, donde paren camada tras camada. Son recintos oscuros, sórdidos, insalubres y estresantes, en los que la comida se mezcla con las heces y los animales viven sometidos de por vida a un sufrimiento inimaginable.
Estas expediciones de cachorros están financiadas por grandes tiendas, que luego abastecen a tiendas más pequeñas. Estamos ante una red en la que todos salen ganando excepto los pobres perros.
Según unas recientes declaraciones de Matilde Cubillo, presidenta de Amnistía Animal Comunidad de Madrid, se trata de un negocio generalizado: “La mayoría de las tiendas españolas de animales, venden cachorros procedentes de países del Este. Los compran por unos 60 euros y los ponen a la venta en 600, en 800 e incluso en más de 1 000 euros. El negocio es redondo. Poco les importa el bienestar de los animales y menos el saber que están entregando perros enfermos. La mayoría de las veces los animalitos mueren cuando ya están en casa de las familias que los han acogido, con el correspondiente drama familiar. Ya es hora de que nos neguemos a sostener este negocio despreciable gestionado por personas sin escrúpulos.”
Parece que las tiendas no son los únicos clientes de los exportadores del Este ya que también hay criaderos españoles que, al no dar abasto frente a la creciente demanda de ciertas razas, los importan.

Es importante que la gente sepa que cuando los perros vienen con menos de 20 días, por mucho que su cartilla sanitaria diga que están vacunados contra la rabia, la efectividad de esa vacuna es más que cuestionable, con lo que se plantea también la amenaza de un problema de salud pública.
¿Qué dice la administración de todo esto? Pues al parecer mantiene un “respetuoso silencio”. Supongo que reaccionarán cuando ocurra una desgracia… ¡Como siempre!

Lo terrible es que la gente no sabe nada de todo esto: del sufrimiento de los animales, de todos los que mueren, de los riesgos de que contagien enfermedades graves.

Resulta muy triste que en España tantas perreras municipales estén sacrificando animales constantemente y que, al mismo tiempo, se importen perros de otros países, alimentando un negocio de miles de millones.

Si quieres un compañero peludo, visita un centro de acogida de animales y seguro que encontrarás el amor de tu vida.

A mis amigos, lectores, perros, gatos y demás fauna del planeta, feliz Navidad y un 2010 tranquilo y saludable.

•24 Diciembre 2009 • Dejar un comentario

El manejo de la emociones

•21 Diciembre 2009 • Dejar un comentario

El año se acaba. Quizá ha ido bien, quizá ha sido un desastre o quizá ha resultado lamentablemente anodino. En cualquier caso este es un momento de balances y de previsiones, quizá de cambios.

Un 50% de nuestra capacidad para ser felices se encuentra inscrito en nuestro código genético y otro 10% viene impuesto por las circunstancias de nuestra vida. Eso nos deja un amplísimo 40% para decidir cómo queremos que sean las cosas, especialmente en nuestras relaciones con los demás, que son las que suelen provocar la mayoría de las frustraciones, complejos, desilusiones, tristezas, temores y depresiones.

Si practicamos el tipo de actitud adecuada, es muy probable que consigamos un correcto manejo de nuestras emociones y que logremos aceptarnos y aceptar mejor a los demás.

Aquí van algunos trucos que pueden ser útiles:

- Habla cuando sea realmente necesario y pensando bien antes lo que vas a decir; y procura ser breve y preciso, evitando hacer promesas que no puedas cumplir.

- Identifícate con el éxito porque si te identificas con el fracaso tendrás fracasos.

- Procura ser discreto con tu vida privada porque así evitarás las críticas innecesarias de los demás.

- Ten confianza en ti mismo y preserva tu paz interna evitando provocar a los demás.

- No juzgues ni critiques porque eso te hará perder energía y no te servirá para nada; además, juzgar es una forma de esconder las propias debilidades.

- Sé tolerante con los que te rodean.

- Recuerda que todo lo que te molesta es una proyección de lo que todavía no has resuelto de ti mismo.

- Conviértete en tu propio maestro y deja que los demás sean lo que son.

Dicho todo esto, no olvides dejar que la vida te hable y te transmita su código de emociones a través de las cosas que te pasen, de las experiencias diarias.

Frente al maltrato animal, sólo vale una justicia fuerte e igual para todos

•13 Diciembre 2009 • Dejar un comentario

España, que en tantas cosas ha evolucionado, que tanto se ha modernizado, sigue teniendo un gravísimo e inaceptable defecto: carece de sensibilidad hacia el sufrimiento animal.

Aquí, en este país tan europeo, tan progresista, todos los días se maltrata gratuitamente a perros, gatos, caballerías, cerdos, gallinas, reses bravas, vacas…
En este país tan avanzado, con tantos teléfonos móviles y ordenadores, se cuelgan docenas de pobres galgos que ya no satisfacen a sus dueños, que mueren por asfixia, aterrorizados, inmersos en un dolor indescriptible y sin comprender por qué.
En esta tierra de capitales culturales, hay salvajes que matan a tiros a decenas de gatos para luego exhibir su hazaña en Internet.
En este vivero de santos, de artistas y de emprendedores, miles de personas cada año deciden que ese animalito cuya compañía habían elegido, y al que habían concedido el rango de miembro de la familia, estorba a la hora de ir de vacaciones, o ha salido demasiado revoltoso, o es demasiado caro de mantener, o no saben cómo educarlo… y entonces lo abandonan a su suerte, sin plantearse toda la soledad, el desamparo, el miedo, el hambre y el dolor que van a tener que soportar.
En este país del AVE, del I+D+i, de las energías alternativas y la preocupación por el medio ambiente, cada año se martiriza y se da muerte a cientos de toros, novillos, becerros y vaquillas en nombre de un patrimonio cultural trasnochado, sanguinario y cruel, con el amparo y beneplácito de las autoridades, que no dudan en presidir las “fiestas” de la sangre.

¿Y qué hace la justicia para evitarlo?
Pues depende, porque la protección animal es una de esas responsabilidades transferidas a las comunidades autónomas, y se apoya en unas leyes lo suficientemente pobres y lo suficientemente ambiguas e interpretables como para que cada cual pueda aplicarlas a su antojo.
El resultado del batiburrillo es bien claro: en este país hay unos animales mejor protegidos por la ley que otros. Depende de dónde estén.
Si tiene usted la intención de reencarnase en perro o en gato, procure que sea en Cataluña, por ejemplo, pero ni se le ocurra hacerlo en Galicia.

Ya va siendo hora de que el Gobierno asuma esta responsabilidad; que se siente con veterinarios, protectoras de animales y técnicos jurídicos, y que desarrolle una buena ley, completa, progresista y avanzada que tenga ámbito nacional y que, siendo única para todos, a todos los animales proteja por igual. Una ley de la que podamos presumir en Europa, de la que podamos sentirnos orgullosos.

Ya va siendo hora señores políticos de que acuerden un endurecimiento de las penas del Código Penal aplicables a quienes maltratan a los animales.

¡Dejen de hacer política y empiecen a hacer justicia!
¡Sean ustedes más humanos para los que no lo son por su naturaleza!

De vuelta a la caverna

•6 Diciembre 2009 • Dejar un comentario

Cómo estará la cosa que hasta Obama ha pedido que para vestir de Navidad la Casa Blanca se empleen adornos reciclados. La crisis está echando unas raíces gruesas y profundas y nos va a costar mucho arrancarla.
Dice la experiencia que las vacas gordas y las flacas se suceden en el proceso eternamente ondulatorio de la historia. Lo que pasa es que hoy vivimos en un mundo de onda corta en el que lo bueno y lo malo se atropellan y se entremezclan de tal manera que es difícil determinar la realidad de cada ciclo.
De cualquier forma, no es necesario ser un experto para saber que estamos en la zona más profunda de la onda y que, de momento, carecemos de la inercia necesaria para remontar.

En la foto robot esta sociedad no sale muy favorecida: políticos ambiciosos que usan su poder y su influencia para llenarse los bolsillos como vulgares rateros, olvidando que quienes los pusimos ahí seguimos esperando que hagan algo útil; políticos que juegan a políticos, que convierten la política en una entelequia, perdiendo toda su energía en descalificar a los contrarios, en imponer sus colores, en creerse en posesión de la Verdad, en perpetuarse en el poder; banqueros y financieros corrompidos por el dinero que no están dispuestos a vivir en el mundo real y a los que sólo importa comparar las esloras de sus yates; empresarios que han perdido su capacidad de empatía social y ven en los trabajadores “recursos” que pueden coger o dejar, poner en marcha o parar sin ningún escrúpulo, y que encima se consideran salvadores de la economía y próceres de la patria.

Junto a ellos, debajo de ellos, lejos de ellos, está la mayoría que hace que todo se mueva, la mayoría que con sus ocho horas diarias engrasa la maquinaria, la mayoría que con sus impuestos sostiene todo el tinglado.

Y un poco más abajo estamos los “intocables”: los parados, los jubilados, los jóvenes que nunca han cotizado a la Seguridad Social, las castas más bajas de esta herida sociedad de la crisis, hija de la sociedad del bienestar que tantas ilusiones creó, que tantas expectativas generó pero que tenía los cimientos de barro, o quizá de ladrillo, y terminó desmoronándose dejándonos sin empleo, sin casa, sin sueldo, sin ilusiones, sin proyectos, sin futuro y sin ganas.

Con la que está cayendo fuera, los que no podemos navegar, ni bucear en las prístinas aguas del Mar Rojo, ni comer en los estrellas Michelin, ni ir de compras a New York, ni pasear en el BMW, ni vestirnos de Chanel, ni descorchar una botella de Château de Yquem del 75, estamos condenados a encerrarnos en casa porque, facturas aparte, es el único sitio medianamente llevadero. Y allí, en el seno protector de nuestra “caverna”, vemos pasar la vida resguardados de las inclemencias del tiempo laboral, social, político y económico, en los que resuenan los truenos de una tormenta que no cesa.

Allí, en casa, en la caverna, la generación “ni ni” ve alejarse la juventud con indolencia, sin trabajo, sin ambición por mejorar, sin proyectos ni perspectivas. Allí están sus padres prejubilados a los cincuenta y tantos, precisamente cuando estaban en plena madurez profesional. Allí están igualmente los hermanos mayores que, después de quince años en una empresa, han sido arrojados al agujero negro del paro.

Es la vuelta a la tele, a la radio, a la Play, a Internet… a los psicotrópicos de andar por casa. Porque salir a la calle para ver cómo viven los que viven bien es muy doloroso. Y cada vez son más los que renuncian a pensar, a protestar, a rebelarse, a buscar, a intentarlo.
Van dejándose llevar por la llamada cutre de los realitys, viven las miserias ventiladas ante la cámara por otros “don nadie” como ellos o se extasían con las intimidades de los telefamosos.

De todos estos nuevos cavernícolas los que más pena me dan son esos chicos y chicas entre los dieciocho y los treinta y tantos cuyos rasgos distintivos son la apatía, el todo vale y el mínimo esfuerzo.
Algunos han estudiado, incluso carreras superiores, pero ven cómo se menosprecia su preparación. Muchos han terminado el bachiller y ni se plantean el esfuerzo de ampliar sus estudios porque ven a amigos suyos, licenciados universitarios, que se presentan a oposiciones para barrendero.

Vivimos en una sociedad de la precariedad en la formación, en la vida de familia, en el trabajo, en los ingresos, en las perspectivas. Los buenos currículos ya no abren puertas y los que fueron alumnos distinguidos se sienten traicionados por una sociedad que banaliza su esfuerzo. Lo tremendo es que, según Metroscopia, nada menos que el 54% de los españoles entre 18 y 34 viven en esta parálisis en la que no caben proyectos, intereses ni ilusiones.
Las personas jóvenes no quieren ser eternos adolescentes, eternos dependientes, pero la crisis no les permite salir de casa de sus padres e incluso les obliga a volver a ella. Hemos pasado de hablar –no hace tanto- de un mundo futuro en el que pagarían a la gente por no trabajar, a un mundo en el que no se paga a la gente porque no hay trabajo.
¿Dónde está la combatividad, el espíritu de lucha de los jóvenes? ¿Cómo es posible que tiren la toalla y se sometan en el mejor de los casos al infraempleo y al mileurismo? ¿Quiénes serán entonces los emprendedores del próximo decenio?

Estos son los lodos de una sociedad en crisis económica y moral. Antes estudiabas, empezabas a trabajar, te situabas, te casabas, ibas progresando, formabas una familia… Eso suena a música celestial para nuestros “ni ni”, que sonríen con sarcasmo cuando sacas el tema, firmemente establecidos en la frustración, el aburrimiento, la desmotivación, la apatía y la incredulidad ante un mundo que les ha vuelto la espalda. La generación “ni ni” es una de las caras más tristes del fracaso social.

¿Os acordáis de los JASP (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados)? ¿Os acordáis de aquella pregunta recurrente en las discotecas de “¿estudias o trabajas?”, cuando querías empezar una conversación? Nuestros “ni ni” contestarían con gesto impotente: ¡Ni lo uno, ni lo otro!

Hemos creado una sociedad más rica y tecnológica, más moderna y tolerante, pero en la que poner en marcha un proyecto vital con futuro es realmente difícil. Hasta no hace tanto los adultos preguntaban a los niños: ¿Y tú que vas a ser de mayor? Y siempre había una respuesta, más o menos fantasiosa, pero una respuesta. Hoy posiblemente te miren a la cara, se encojan de hombros y vuelvan a la consola.

Para que cambie esta situación tendrá que hacerlo el modelo de sociedad, pero también será necesario que los jóvenes cambien algunos de sus valores y recuerden que la desesperanza se basa en lo que sabemos, que es muy poco, y la esperanza en lo que ignoramos, que es casi todo.

¡Desmontad vuestra frustración y retomad las viejas esperanzas! ¡Y si no encontráis el camino, trazad uno nuevo con vuestra imaginación y vuestra intuición!

Hasta comiendo somos insostenibles

•2 Diciembre 2009 • Dejar un comentario

El “desarrollo sostenible” es aquel que satisface nuestras necesidades de hoy sin que comprometamos con ello la capacidad que tendrán las futuras generaciones para satisfacer las suyas.

Se trata de un concepto básico que debe ser aplicado a todas las actividades humanas, porque son esas actividades las que están pisando el acelerador del cambio climático, del efecto invernadero y de la contaminación del agua, el suelo y el aire. Son esas actividades las que alarman a los científicos que estudian el delicado equilibrio de una biosfera que en cualquier momento puede dejar de ser un entorno habitable.

La sostenibilidad es un tema extraordinariamente complejo, con multitud de aspectos y enfoques. Veamos por ejemplo el de la alimentación humana.

Hablar de alimentación no sólo es hablar de lo que comemos, sino también de todo lo que hace falta para que podamos hacerlo. Se trata de un conjunto de normas, costumbres y modos de organización que denominamos “sistema alimentario”.

Con el paso de los siglos y de acuerdo con el espacio geográfico, los sistemas alimentarios se han ido configurando tomando como base las características ecológicas y sociales de cada entorno. Esta interacción es la que ha determinado el tipo de alimentos disponibles, las características de los paisajes y ecosistemas y las características de las estrategias organizativas y productivas de cada sociedad.

Y al parecer estamos inmersos en un sistema alimentario que necesita serias reflexiones.

Eso apuntan al menos los defensores del medio ambiente cuando hablan de la insostenibilidad de la producción de carne, por ejemplo, que requiere unos recursos desmesurados: para producir sólo 20 gramos de carne, son necesarios 400 litros de agua, lo que lleva a los ecologistas a denunciar que la carne está “secando el planeta”.
Lo cierto es que cada español se come una media de 52 kilos de carne al año (el doble de lo recomendado por los médicos), para cuya producción es necesario consumir 1.040.000 litros de agua. Si ese número los multiplicamos por los 46 millones de habitantes de este país, sale una cantidad de litros que mi calculadora es incapaz de concretar.

Si volvemos los ojos hacia la agricultura la cosa es casi peor: actualmente alrededor del 67 por ciento del agua disponible en España se destina a este sector, especialmente a cultivos como la remolacha, el maíz o las patatas. En su conjunto, los 3,3 millones de hectáreas con los que cuenta nuestro país generan una demanda hídrica de 24.094 hectómetros anuales.

La solución está una producción agrícola y ganadera más eficientes, que no contaminen el suelo, el agua y la atmósfera, y no sean nocivas para la biodiversidad.
Hay que comprar alimentos cultivados lo más cerca posible para reducir los gastos de transporte; hay que escoger frutas y verduras del tiempo porque exigen menos costes energéticos de cultivo y conservación. Además, hay que buscar productos ecológicos, que son cultivados sin plaguicidas ni fertilizantes y que, por ello, son más respetuosos con el medio ambiente.
El perfeccionamiento de los sistemas de cultivo ha logrado una reducción importante de la factura del agua de los agricultores en las últimas décadas, pero aún queda muchísimo por hacer.
¿Cuánto tiempo podemos seguir en esta línea sin que se colapse el planeta?